Michelle tras sufrir una humillacion se encuentra con un chico, cuyos ojos pueden hacerte sentir atraida como un iman, pero jamas sabras que esconden detras de esos hermosos ojos
Perversion, romance, dolor, furia, bipolaridad, jamas lo sabras, hasta...
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¿Por qué estoy de pie frente al centro comercial y no en mi casa leyendo?
No estaría aquí si no fuera por el campamento. Si, eso es lo que Eli quería decirme con tanto entusiasmo.
No me desagrada la idea en absoluto. Es divertido.
En el momento que termino de decirlo, Marcos estaba proponiendo de que buscáramos que llevar, “algo único de nosotros”, así que Dian propuso que fuéramos de compra
Y aquí estamos
—Primero deberíamos buscar ropa. —comenta la rubia con una sonrisa de oreja a oreja, no es un misterio que le fascina ir de compras
—Yo opino lo mismo. —afirma agarrando a Dian del brazo, jalandola, dejando a los chicos sin otra opción más que seguirlas
Yo sonrió divertida al ver como hacen mala cara al unísono.
Estamos subiendo por las escaleras eléctricas, cuando las tiendas comienzan a alzarse gigante mente mostrando todo tipo de ropas en colores brillantes
Será un día muy largo.
Entramos a la primera tienda y, en menos de tres segundos, ya parecía que nos habían soltado en un mercado en liquidación. Los chicos se dispersaron como si cada uno tuviera su propia misión secreta: Diego directo a las sudaderas con capucha (porque según él “un capitán siempre debe verse serio aunque esté comiendo malvaviscos quemados”), y Marcos… bueno, Marcos ya estaba sosteniendo unos bóxers con estampado de piñas y gritando:
—¡Miren, cabrones! ¡Ropa interior tropical para conquistar la naturaleza… y a las osas si se ponen celosas!
Puse los ojos en blanco tan fuerte que casi me mareo.
Mientras tanto, las chicas me tenían agarrada cada una de un brazo como si fuera una muñeca inflable a punto de escapar. Diana, con esa sonrisa de comercial de Black Friday, ya llevaba un montón de prendas colgando del antebrazo como si fuera un perchero humano.
—¡Michelle, prueba esto! —me empujó hacia el vestidor casi con violencia cariñosa, metiéndome en las manos una camisa de cuadros gigantes, unos shorts caqui ridículamente cortos y una sudadera con orejas de oso en la capucha.
—¿En serio, Diana? ¿Orejas de oso? —protesté mientras me miraba en el espejo del pasillo—. Parezco un peluche que se escapó de la guardería.
—¡Exacto! Vas a ser la más adorable del campamento —respondió ella, juntando las manos como si ya estuviera imaginando fotos para Instagram—. Además, los chicos van a morir cuando te vean.
—¿Morir de risa o de pena ajena? —murmuró Elizabeth a mi lado, cruzada de brazos. Ella tenía esa calma mortal de quien sabe que todo le queda bien sin esforzarse. Se había probado solo una chaqueta militar verde oscuro y ya parecía lista para protagonizar una película de supervivencia.