CAPÍTULO 11

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—El día de hoy, me complace informarles que inician los juegos —anuncia el maestro, su voz retumbando por los altavoces y rebotando entre los árboles.

—Esto me parece ridículo —se mofa Diego, recorriendo con la mirada a la multitud de adolescentes sudados, oliendo a vómito y desodorante barato.

A excepción de uno.

Ese simple “uno” me deja pensando mil cosas que no quiero pensar.

¿Por qué le molestaría que no le hablara? ¿Por qué le importaría que lo ignorara?

Preguntas estúpidas a las que no encuentro respuesta. Todas mis conclusiones me parecen ridículas.

—Por favor, escoger una pelota de las presentadas en la caja y buscar a su compañero —ordena el maestro.

Una fila abrumadora se forma frente a las cajas. Todos sacan pelotas, buscan números, gritan cuando coinciden. Como buenos estudiantes obedientes. Muy ridículo.

Nos quedamos quietos, sin movernos, viendo cómo todos se divierten como si esto fuera lo más emocionante del mundo.

—Espero quedar contigo —susurra Diana con un hilo de tristeza, mirando las parejas que ya se forman.

—Podemos tener suerte —respondo, animándola aunque no me lo creo ni yo.

Sonríe débil y me arrastra hasta la caja. Ella mete la mano primero, saca su número y me anima con los ojos brillantes.

Suspiro. Meto la mano. La expectativa me hace sudar la palma. Saco la pelota despacio, con temor.

Número diferente al de Diana.

Giro la vista hacia mis amigos. Ninguno coincide. Todos tenemos números distintos.

Ni siquiera tengo que buscar quién tiene el mío.

El 13 aparece pequeño en su mano.

Trago saliva. Una corriente eléctrica me recorre la espalda al verlo. Alto. Vestido completamente de negro. Peligroso. Su perfume me llega antes que él, intenso, oscuro, asfixiante de una forma que odio admitir que me gusta.

—Creo que tus desgracias me persiguen —habla seco, mirando mi mano sin emoción.

—¿Qué haces aquí? —la voz malhumorada de Diego me sorprende.

Su mano me sujeta el brazo y me lleva detrás de él en un movimiento rápido. Mi vista se reduce a su espalda ancha, bloqueándome todo.

No necesito ver para sentir cómo me pica la piel donde nuestras manos se unen.

—Si estoy aquí es porque tengo el mismo número que ella. No porque desee verla —responde Felix cortante.

Me inclino un poco para verlo. Sus ojos oscuros fulminan a Diego. Está molesto. Otra vez.

—Podemos intercambiar si tanto te molesta —propone Diego, empujando su pelota contra el pecho de Felix.

Una sonrisa maliciosa le cruza la cara. Quita el brazo de Diego de un golpe seco.

—He cambiado de opinión —finge una sonrisa inocente. Su cabeza gira hacia mí, escudriñándome de arriba abajo. Por reflejo aprieto el puño—. Deberías venir rápido, antes de que nos hagas perder.

El semblante de Diego se endurece. Aprieta levemente mi muñeca.

Toco su mano tres veces. Sus ojos buscan los míos. Le sonrío suave, demostrándole que estoy bien. Su mano se desliza fuera de la mía, confiando aunque no quiera.

Camino a pasos grandes, alcanzando a Felix.

No pienso.

No dudo.

Winter Breath (Borrador)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora