CAPÍTULO 10

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—Ha llegado su majestad Marcos, malditos plebeyos —anuncia Marcos con voz de locutor de circo, extendiendo los brazos como si el campamento entero le perteneciera.

Se gana miradas de desaprobación de un grupito de chicos que están cerca, riéndose por lo bajo y señalándolo. Yo giro la cabeza rápido, clavándoles la mirada fija. No digo nada. Solo los miro. Amenazante. Mis ojos deben decirlo todo porque sus risas se cortan de golpe. Tragan saliva, se miran entre ellos y salen disparados como si les hubiera prendido fuego en los pantalones.

Puede que eso ocurra si se vuelven a burlar.

—Tranquila —me susurra Marcos al oído, sobresaltándome.

—No sé a qué te refieres, Marc —respondo, apartando la vista del lugar vacío donde desaparecieron esos idiotas.

Él sonríe de lado, esa sonrisa que dice “no me engañas”, y empieza a caminar detrás de Diego sin insistir más.

No me cree nada.

Avanzo arrastrando mi maleta por la tierra, el ruido de las rueditas contra las piedras me pone los nervios de punta. La multitud ya está reunida, el maestro sube la voz para que todos escuchen.

—¡¿Están listos para la diversión?! —grita, y el coro de estudiantes eufóricos responde con un ¡Sí! que retumba en el claro.

Desconecto. Su voz me da migraña. Siempre ha sido así. Me pierdo en el olor a pino y tierra húmeda, en el sol que todavía calienta pero ya no quema.

—La siguiente cabaña será compartida por Marcos, Elizabeth, Diego, Diana y Michelle —anuncia el maestro.

Nos miramos felices, como si nos hubieran dado el premio gordo. Diana me agarra del brazo y salimos corriendo hacia la cabaña, dejando a los chicos atrás con las maletas más pesadas.

Tengo que sujetar fuerte mi maleta para que no se caiga, o peor, para que yo no me caiga con ella.

—Jajajaja —escucho a Marcos reírse atrás—. Deberías correr más, Dian, si quieres ganarme.

—Malditos jugadores de fútbol —brama ella, respirando pesadamente, pero sin soltarme.

—La cama más grande es mía —grita Marcos, acelerando el paso.

Esa clase de competencia absurda solo podía salir de él.

—Malditos traidores nos dejaron cargando todo —se queja Elizabeth cuando por fin llegamos.

—Dices eso, pero viéndote, la que lleva más soy yo —responde Diego con una media sonrisa, cargando dos mochilas gigantes.

—Ese no es el punto, Diego.

—Como digas, loca.

Avanza y la deja atrás murmurando insultos bajito.

—Es hora de hacer un tour —anuncia Marcos abriendo la puerta de un empujón.

Winter Breath (Borrador)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora