Se despertaron a la mañana siguiente, cerca de las diez de la mañana. El primer en hacerlo fue Ryu, que sin pensárselo, a hurtadillas y tratando de hacer el mínimo ruido posible, cogió una de las fotos y consumió el Eco.
Había sido él quien había propuesto hacer uno nuevo al llegar a la caravana, pero Ima se había negado, apelando a que no era necesario, no después de la noche vivida. Quiso replicarle, pero hacerlo hubiera dado pie a una discusión estúpida y sin sentido, así que le dio la razón y se fueron a dormir.
Poco a poco los Ecos le iban consumiendo, convirtiéndole en un esclavo. A cada día que pasaba se le hacía más complicado combatir esa necesidad latente en su interior. Lo peor de todo, es que una parte diminuta de él era consciente de lo que estaba pasando, pero casi sin querer, su mente la silenciaba. Su reticencia inicial se había ido convirtiendo poco a poco en un placer culpable, un placer que se había visto potenciado por el Eco compartido de la mañana anterior.
Mientras disfrutaba del Eco, Ima se despertó. Ryu pudo ver como se desperezaba fuera de la burbuja, emborronada por la distorsión del Eco, y lo cerró de golpe, como un niño al que hubieran pillado haciendo algo que no debía.
Ima bostezó, aún somnolienta. ¿Dónde estaba Ryu? Palpó la cama casi a ciegas, con los ojos todavía enfocando el mundo. Se sobresaltó al escuchar el sonido de la cafetera. El aroma a café empezó a brotar poco a poco, inundado la caravana. Ryu se le acercó, ya con la taza preparada y humeante.
—Buenos días, dormilona, hay que espabilar, que tenemos un viaje pendiente.
Ima cogió la taza mientras hacía una mueca de disgusto
—Yo me quedaría aquí, para siempre.
Luego le plantó un suave beso a Ryu.
A raíz de aquel comentario, Ryu se planteó si el viaje iba a ser realmente útil. Un miedo irracional se apoderó de él. ¿Y si encontraban a la anciana? ¿Cómo acabaría todo aquello? ¿Realmente quería que todo aquello acabara, incluidos los Ecos?
En ese momento Ryu era una contradicción con patas. Debían seguir adelante, sabía que tenían que seguir adelante, pero no quería.
—Ya somos dos, pero hay que seguir.
—¿A cuánto está el siguiente destino?
—A otras cuatro horas más o menos. Si salimos ahora llegaremos para la hora de comer.
—Podemos pasar medio aquí.
—¿Por? Si no hay mucho más que ver.
—Realmente el templo no lo hemos visto.
Ryu hizo como que se lo pensaba, pero al final asintió con la cabeza.
—Está bien, llevas razón, pero es posible que no hayan recogido los puestos aún.
—No seas aguafiestas.
Ima salió de la cama a trompicones, estuvo a punto de tirar el café. Se acercó a Ryu y le besó en la mejilla. Media hora más tarde estaban de vuelto hacia el templo, en el sendero que llevaba al templo.
Para sorpresa de los dos, la explanada estaba vacía. Los organizadores del festival se habían dado prisa y en apenas dos o tres horas, por la noche, justo al acabar, habían recogido y desmontado todo.
Los alrededores del templo eran bastante frondosos. Pinos de finos troncos, finas ramas y hojas verdes se alzaban inertes, como una muralla de naturaleza.
El templo volvía estar abierto, aunque solo se podía acceder a la planta baja. Allí, empotrada en una de las paredes, una estatua dorada enorme de un dragón se erigía, amenazante y mostrando sus fauces.
Ima y Ryu accedieron poco a poco, mostrando el respeto debido. Antes de entrar se descalzaron y dejaron los zapatos en una pequeña taquilla, situada en un lateral de la puerta. Por suerte, de momento, eran los únicos visitantes.
Subieron por unas pequeñas escaleras y entraron por fin a la primera planta. En el interior se podía respirar el mismísimo tiempo, además de la barrita de incienso encendido. Fue como transportarse a otra época, remota y ancestral. El suelo era de madera, y las tablas crujían a cada paso que daban. La sala era bastante amplia, con el techo alto y vigas de madera que parecían estar recién barnizadas. Tapices y cuadros se repartían por todas las paredes. El dragón dorado estaba sobre un altar, de pie e imponente. Una decena de columnas de madera pintadas de rojo y con detalles metálicos dorados se repartían por toda la estancia.
La pareja se acercó al altar, embobada y sobrecogida. Era increíble lo mucho que podía uno sorprenderse sobre su tierra si se daba el placer de explorarla y descubrirla. Ya habían estado antes en templos como aquel, sobre todo en su infancia y a insistencia de sus padres. No era algo a lo que le dieran mucha importancia y acabaron dejándolo de lado.
Rezaron y oraron como en sus recuerdos de cuando eran pequeños y encendieron una barrita de incienso cada uno para espantar los malos augurios. Después de eso, no tardaron mucho en marcharse.
—Ha sido bonito —reconoció Ima de camino a la autocaravana.
—Sí, hacía tiempo que no iba a un templo.
—Yo igual.
—Ha sido como reconectar con mi yo de hace años.
Ima le miró e instintivamente se ovilló en torno a él. Ryu no se opuso.
—¿Puedo confesarte algo?
—Claro, ¿qué pasa? —preguntó Ryu tratando de esconder su preocupación.
—Cuando te conocí, jamás pensé que acabaríamos así.
—Yo tampoco.
—Cuando descubrimos que teníamos la misma cámara y el mismo poder, tuve miedo. No entendía qué pasaba, ni qué significaba, pero después del parque de atracciones, después de nuestra primera cita, ese miedo se ha ido desvaneciendo, todavía queda un poco de eso, siempre lo tendré.
Ryu la miró extrañado. ¿Parque de atracciones? ¿A qué se refería? ¿De qué estaba hablando? No recordaba... Había una reminiscencia, como un dibujo emborronado de mala manera. Era más una sensación que un sentimiento. Algo incierto, indefinido.
—Pero lo que estoy viviendo, lo que estamos viviendo, está siendo una de las sorpresas más agradables que he tenido en los últimos años.
Ryu no supo qué decir. Sabía que Ima decía la verdad, pero era incapaz de recordar al completo ese día que comentaba en el parque de atracciones. Una aprensión enorme brotó en su interior. No obstante, aquello no era lo más trascendental. Las palabras de Ima, eran las palabras más bonitas que alguien le había dedicado nunca.
Respondió con un abrazo. El abrazo más sincero que fue capaz de dar, y aun así, no le pareció suficiente.
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Entre dos realidades
RomanceIma Otsuka, una chica japonesa aparentemente normal, que trabaja como fotógrafa en una agencia de talentos, descubrirá que su pasión por la fotografía esconde más de lo que parece, hasta el punto de poner en peligro su realidad.
