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Terminamos de cenar en familia. Jungkook habló con más calma con Seokjin; yo, en cambio, sentía un cansancio distinto, pesado, como si el cuerpo ya no me perteneciera del todo.

—Amor… —Jung se acercó con cuidado, como si temiera romperme— no te duermas todavía. Hay muchas cosas por hacer.

—Es de noche y estoy cansado —murmuré—. Quiero dormir un rato y mañana podemos…

—No —su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Por favor… miremos una película.

—Jungkook —intervino Seokjin—, ya es hora de que tome sus remedios. —Él frunció el ceño al ver las pastillas.

—Son más de lo normal. Conmigo solo tomaba tres… ¿por qué ahora hay tantas?

—Es que… —Seokjin habló rápido, para cubrirme— el doctor lo revisó y, por su condición, le recetó otros medicamentos.

—Tu nariz… —dijo Jungkook alarmado. Ambos me pasaron un trapito. La sangre no paraba. —Agarra el de Seokjin.

—Puedes descansar y…

—No —Jungkook negó con desesperación—. No quiero que duerma. Leí que a veces… ya no se despiertan.

—Déjalo dormir —intentó tranquilizarlo Jin—. Mañana lo despertamos y hacemos un día de campo.

—¿Y si él…?

—Lo haré —dije, forzando una sonrisa—. Haremos juntos ese día de campo.

Le hice una seña a Jungkook para que se acostara a mi lado. Lo hizo de inmediato, como un niño que teme perder lo que ama.

—Yo también me iré a descansar —anunció Seokjin—. Mi puerta está abierta. Si pasa algo, golpeen… y si no escucho, entren.

—Gracias… aunque no quisiera interrumpir un momento privado.

—No hay drama —sonrió—. Cuando lo hacemos, cierro la puerta con llave.

—¡Seokjin! —reí débilmente—. Si tu novia escucha eso, te mata.

—Que descansen. —Cerró la puerta. Jungkook se acomodó mejor, aferrándose a mí.

—Lo siento —me tomó la mano—. No sabía cómo decirte… tenía miedo.

—Ya —acaricio su piel—. Si lloras, después te dolerá la cabeza. No quiero eso.

—Vas a tener que buscar a alguien más… para adoptar un bebé.

—No —apagó la luz—. Abrázame. Descansemos. Mañana será un día largo.

Sabía que no durmió casi nada. Cada tanto revisaba mi pulso, mi respiración. Sentía cómo se limpiaba las lágrimas en silencio.

—Despierta —me movió suavemente—. Ya está el desayuno… y tus remedios.

No me sentía bien. La vista borrosa, náuseas, un hormigueo extraño recorriendo mi cuerpo.

—¿Qué pasa? —se acercó. No llegué a responder. Vomité sangre.

—¡Mierda! —gritó—. Voy a llamar a tu hermano. Él sabrá que hacer.

Dejó un balde a mi lado y salió corriendo. El zumbido en mi cabeza era insoportable.

—¡Mierda! —Seokjin llegó con trapos y pastillas—. Respira… despacio.

Me dio una pastilla que calmó las náuseas y limpió mi cara con cuidado.

—Listo —una empleada se llevó el balde—. ¿Cómo te sientes?

—Como si cien elefantes me hubieran pasado por encima… y necesito ir al baño.

—Te ayudo —dijo Jungkook.

—No —negué—. Tengo un hermano. Tú preparas el desayuno.

Seokjin me acompañó hasta la bañera. El agua tibia fue un alivio momentáneo.

—¿Por qué no querías que entrara contigo? No te iba a decir nada por eso.

—No quiero que me vea así —susurré—. Perdí peso… estoy pálido… me veo horrible.

—Es tu esposo. Juraron estar juntos en las buenas y en las malas.

No respondí. Más tarde bajamos a desayunar, Jungkook sonrió al verme.

—Tío —mi sobrina se acercó—. ¿Quieres bailar el vals conmigo? Sé que quizá no llegues a mi cumpleaños… pero quiero un recuerdo.

Seokjin me prestó un traje. Sonó la música. Jungkook sacaba fotos sin parar.

—Sonrían y finjan que no estoy. —Reímos. Bailé con mi sobrina y ella estaba radiante.

—Tenemos que ir a la playa —dijo Seokjin—. Hay un recital privado.

Mi cuñada me maquilló. Me borró las ojeras, me devolvió el color.

—Me encanta —abracé a Jungkook mientras veíamos el recital—. ¿Hace cuánto no veíamos algo tan hermoso?

—Estar contigo es ver algo hermoso todos los días.
Las náuseas volvieron.

—¿Y si vamos a pescar? —propuso Hoseok—. Está cerca del lago en dónde pescamos.

—¿Te dan ganas? —me miraron todos—. Tenemos unos  10 minutos en auto

—Sí… mientras haya poca gente. Sería bueno disfrutar de un bonito atardecer.

—Es privado —aseguró Jin—. Son pocas las personas que logran pagar un lugar.

—Vida de ricos —bromeé—. Nosotros casi nunca encontramos un lugar.

—Vamos todos los fines —dijo mi sobrina entusiasmada—. A veces sacamos muchos peces y otras veces no.

Jungkook reía. Quería grabar ese sonido para siempre.
Sabía que algún día él encontraría otro amor… pero me dolía pensarlo.

—¿Estás bien? —preguntó—. Si quieres volvemos y pedimos Sushi.

—Estoy bien —mentí—. Solo me duele el cuerpo,pero no es molestia

—Cuídalo —dijo mi sobrina antes de irse—. En un rato volvemos.

Pasaron menos de 20 minutos y Seokjin no paraba de mirarme, él lo sabía.

—No te ves bien. —Se levanto agarrando su mochila—. Vayan juntando las cosas que ya volvemos a casa.

—Perdón por arruinar la salida. Juro que para la próxima se quedarán el tiempo que quieran.

—No importa —sonrió el niño—. Sacamos un pescado. Y no nos iremos con las manos vacías.

El dolor aumentó en el auto. Cada toque que Jungkook me hacía era como mil clavos en mi cabeza.

—Apúrate —dijo Jungkook—. Su respiración está disminuyendo.

—Ya llegamos. —Me acosté. Los remedios ya no hacían efecto.

—¡Duele! —grité—. ¡Por favor!

Seokjin sacó a los niños.

El dolor era tan intenso que solo quería dormir…
aunque quizás no despertara.

Mi Último Respiro Donde viven las historias. Descúbrelo ahora