《Dentro de mi pecho late lo que pensaba estaba roto y se detiene el tiempo cuando estoy contigo ¿Significa esto amor?》
- Libro #2 de la saga: Taylor Swift
- Esta historia es solo una inspiración a la letra o al título de la canción, no es literal un...
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—¿Recibiste mi mensaje? —pregunta Haechan, aún jadeando por haberme alcanzado.
—Ah, sí. De hecho, recibí el de todos ustedes —respondo, y mis ojos se encuentran con los de Shuhua, que se para justo frente a mí.
—Lo siento, pero si somos amigos deberíamos tener nuestros números. ¿Qué tal si pasa algo y necesitamos ayudarnos? —dice.
—Bueno… que no vuelva a pasar —murmuro, más para mí que para ella.
—Está bien —responde, bajando la mirada, algo desanimada.
Chenle, que ha estado observando, se acerca y le pasa un brazo por los hombros.
—Ya no estés así, ¿ok? ¿Qué tal si vamos a tomar helado? —le guiña un ojo, sonriendo con su natural encanto.
Algo en mí se retuerce al ver esa escena.
—¿Todos juntos, verdad? —pregunta Renjun desde un costado.
—Claro —responde Chenle, soltando a Shuhua para caminar al lado de Jeno.
Las risas resonaban en mi cabeza incluso cuando ya no estaban ahí. Caminábamos hacia la heladería, pero mis pasos eran arrastrados por una incomodidad que no entendía del todo. Shuhua había sonreído con dulzura. ¿Por qué me molestó tanto? No tenía ningún derecho, ¿verdad? Pero algo dentro de mí se retorció, una punzada silenciosa que me obligó a mirar a otro lado.
Apenas unos metros después, todo cambió. Los vi. A Jaehyun y los otros, como una sombra que ensucia el día más soleado. Quise seguir de largo, fingir que no existían. Pero su voz me detuvo, como siempre. Esa maldita voz.
—Nana, ¿vienes un momento? —la forma en que Jung decía mi apodo me revolvía el estómago.
—No, gracias —contesté con firmeza, pero apenas me moví, ya estaban bloqueando el camino.
El aire se volvió denso. Las palabras de los secuaces, las risas burlonas, el cigarro de Jaehyun encendido como si no tuvieran otra cosa más que hacer que joderme la vida. Y lo peor era que podían. Lo habían hecho tantas veces que ya ni me sorprendía.
—¿Tienes miedo? —la voz de Jungwoo perforó mis pensamientos mientras retrocedía un paso.
Claro que tenía miedo. Miedo de ellos. Miedo de todo.
Jeno, como siempre, apareció entre nosotros al darse cuenta, como un escudo. El chico que no tenía por qué hacerlo, pero lo hacía igual. Me dolía. Me dolía que tuviera que protegerme. Me dolía no poder hacerlo yo mismo.
—Déjalo, Jeno —dije, con una voz que apenas reconocía como mía. Fingí seguridad. Fingí control. Mentí.
Cuando se marcharon y me quedé solo con los tres, supe que vendría lo de siempre. No necesitaba ver sus rostros para saber qué pasaría. El guion no cambiaba nunca. Siempre era el mismo final.
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Las lágrimas no se hicieron esperar. Apagué el teléfono tras decirle a Shuhua que estaba bien, que no necesitaba nada, que tenía cosas que hacer. Mentira tras mentira. Pero ya me había acostumbrado. Era más fácil mentir que admitir lo roto que estaba.
Me encerré en mi habitación, me dejé caer contra la puerta. El ardor en el cuerpo palidecía frente al ardor del alma. Me sentía vacío, como si cada golpe físico solo sirviera para recordarme los que no se veían.
—¿Por qué naciste, Jaemin? —me dije, una vez más.
Las palabras de mi madre se repetían como un eco: "Hubiera sido mejor que murieras tú en vez de tu padre." Las había escuchado tanto que ya no necesitaba que ella las dijera. Yo mismo me las repetía cada día.
Lloré mirando la luna, creyendo —o queriendo creer— que papá me miraba desde allá arriba. A veces me gustaba imaginar que seguía cuidándome, que todavía estaba conmigo. Pero la verdad era más cruel: él se fue. Me dejó solo. Y aunque quisiera odiarlo por eso, lo que más odiaba era no haber llegado a tiempo. Si tan solo hubiera sido más rápido ese día…
...
Desperté en el suelo, con el cuerpo hecho pedazos. El zumbido del teléfono me sacó del entumecimiento. El nombre en pantalla me hizo parpadear: Señor Min.
—¿Hola?
—Jaemin, disculpa la hora. No viniste a la consulta. Te estuve esperando.
—Lo siento, lo olvidé. He estado ocupado, con la escuela, mi abuela…
Mi voz sonaba frágil. Incluso yo podía notarlo.
—¿Estás bien?
Mentí otra vez.
—Sí, solo tengo sueño.
El señor Min no insistió mucho, pero antes de despedirse, su voz cambió.
—Recuerda lo que te dije… No siempre tienes que decirle al mundo que estás bien cuando sabes que no es así. Expresa tus emociones, Jaemin. Nadie se va a alejar por eso.
Apreté los labios con fuerza. Tragué el nudo en la garganta. Y le respondí con un simple:
—Sí, hyung.
Colgué. Cerré los ojos. Me sentí por un instante comprendido… y eso fue suficiente para romperme aún más.
Me duché en silencio, el agua cayendo sobre mis moretones, sobre mi tristeza, como si pudiera lavarse. Le di de comer a los gatitos. Mientras yo me acostaba sin cenar. No tenía hambre. Solo quería dormir, olvidar, y no despertar si fuera posible. Pero sabía que vendrían más días, más rutinas, más máscaras. Porque eso era mi vida ahora: una actuación constante.
Y aun así… todavía quedaba una chispa. Una minúscula esperanza de que quizás alguien, en algún momento, realmente se quedaría cuando dijera que no estaba bien.
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