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Febrero del 2007

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Febrero del 2007

—¡Papá! —el niño corrió con todas sus fuerzas apenas lo vio entrar por la puerta, sus pequeños pies golpeando el suelo de madera con un ritmo alegre.

—Jaemin, estás más alto —su padre lo levantó en brazos con una sonrisa cansada—. ¿Cuánto tiempo me fui para que crecieras así?

El abrazo fue cálido, de esos que parecían borrar los días de ausencia.
Detrás de él, la madre cerró la puerta suavemente, con la misma sonrisa que solía poner cuando los tenía juntos, completos.

—El abuelo está en la habitación —dijo Jaemin con entusiasmo, agarrando la mano de su padre—. Ha estado preguntando por ustedes.

Su padre no respondió de inmediato. Hubo una sombra fugaz en su mirada antes de sonreír y dejar que su hijo lo guiara. El pequeño abrió la puerta con prisa, pero su madre alcanzó a detenerlo.

—Jaemin, ¿puedes dejarnos solos un momento? —pidió su padre en un tono bajo, casi quebrado.

—¿Pasa algo? ¿El abuelo está bien? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Vamos, cariño —su madre lo tomó de la mano—. Te prepararé un chocolate caliente.

El niño obedeció, aunque su mirada se quedó fija en la puerta cerrada del cuarto. Mientras removía distraídamente la taza, preguntó con voz temblorosa:

—Mamá… ¿mi abuelo se va a ir al cielo, verdad?

Su madre lo miró con ternura, sintiendo el nudo en la garganta.

—Mi amor, tu abuelito siempre estará contigo, esté o no en el cielo. Lo tendrás aquí —le tocó el pecho suavemente—, en tu corazón.

Él asintió, sin entender del todo, pero creyéndole.

El silencio llenó la casa. Solo se oía el viento rozando las ventanas. Hasta que un sonido débil, un llanto contenido, se filtró desde la habitación del abuelo.

Jaemin levantó la cabeza.

—Papá está llorando —susurró, bajando de la silla antes de que su madre pudiera detenerlo.

Corrió hacia el cuarto y empujó la puerta.

—Jaemin, por favor, ve afuera —pidió su padre, con la voz rota, el rostro escondido entre las manos.

—Papá… no llores —el niño se acercó, abrazando su cuerpo—. El abuelo estará bien.

Su madre apareció en la puerta, inmóvil, viendo a su marido desmoronarse por completo. Entendió, sin necesidad de palabras, que el señor Na se había ido.

—No, quiero estar con papá —dijo el pequeño, aferrándose con más fuerza. Subió sus manos pequeñas al rostro del hombre, obligándolo a mirarlo—. El abuelo nos observará desde esa estrella que me mostraste, ¿recuerdas? No llores, papá.

²𝐒𝐏𝐀𝐑𝐊𝐒 𝐅𝐋𝐘 [𝐄𝐃𝐈𝐓𝐀𝐃𝐎]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora