Capitulo 15: Sin opción

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|Narra Chloe|

Inmediatamente después de terminar la discusión, Carl se fue de la enfermería como una exhalación, dejando tras de sí un vacío cargado de electricidad. Sus palabras daban vueltas en mi cabeza sin parar: el peso de las traiciones que había sufrido, la desesperación que lo había endurecido. "No tienes ni puta idea." Acepté frente a él que tenía razón, la vida por cinco años fuera y dentro de un lugar que te protege son totalmente diferentes. La supervivencia brutal y la seguridad ilusoria. Sin embargo, él no podía estar seguro si realmente habíamos estado a salvo aquí adentro. La burbuja de Alexandria era gruesa, pero no impenetrable.

Me dolía el tobillo, pero dolía más el nudo en el pecho por la pelea. Sentía la necesidad de levantarme, de salir, de encontrarlo y terminar de hablar, pero me obligué a la calma. La enfermería, en pleno corazón de Alexandria, se sentía de repente como la jaula que Carl había sugerido que era.

El sueño por fin estaba apropiándose de mí, una paz frágil, hasta que un sonido me hizo levantarme de golpe. Un estruendo sordo y metálico, inconfundible, proveniente del muro principal, seguido casi inmediatamente por el sonido seco de disparos y, lo que era peor, un par de gritos humanos de pánico. Mi corazón se disparó. La burbuja se había roto.

El dolor en mi pie era punzante al tocar el suelo, pero lo ignoré. Tomé las muletas que Eugene había dejado junto a mi cama. No las necesitaba para andar rápido, sino para mantenerme en pie. Con un movimiento brusco, tomé mi arma. La adrenalina era un anestésico temporal. Me puse la bota en el pie bueno y salí cojeando lo más rápido que pude de la casa.

La escena al aire libre era de caos limitado. Las luces de emergencia parpadeaban y se veían sombras moviéndose cerca de la entrada. Un grupo de personas de la comunidad corría, confundidas y asustadas. Y allí, en el centro de la calle principal, estaba él.

—Chloe, querida, por fin te encuentro. Parece que la noche te ha tratado mal —La voz, aunque melosa, tenía un matiz de superioridad y decepción calculada. Saúl había hecho acto de presencia en la comunidad. Llevaba una chaqueta de cuero impecable y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos fríos.

—Pero ¿qué te pasó? Parece que te has peleado con un par de Caminantes —fingió angustia, haciendo un gesto exagerado hacia mi tobillo. Su presencia, tan repentina y arrogante, me tomó por sorpresa, pero al mismo tiempo confirmó mi peor temor. Todo lo sucedido estos últimos días, la mentira de Carl, la discusión, habían hecho por completo que olvidara nuestra cita. Javier pudo haberme engañado, sí, pero sabía que nunca pondría a la comunidad y a sus padres en peligro. La culpa era solo mía.

Me apoyé firmemente en mis muletas, levantando el mentón.

—Teníamos un pacto, Saúl. ¡No debías venir aquí! —grité, aunque el dolor de mi pie era un eco constante bajo mi voz.

—Tú lo has dicho, querida. Teníamos un pacto. Tiempo pasado. —habló Saúl, acercándose un paso, mientras sus hombres, fuertemente armados y tensos, rodeaban la pequeña plaza. Eran al menos diez, y se veían hambrientos. —Te recuerdo que no fuiste a nuestra reunión de negocios, y por lo que veo, ahora entiendo por qué. Una líder debe saber priorizar, ¿no crees? —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la muleta.

—No tienes justificación para irrumpir. Habríamos cumplido. Solo pedíamos un par de días más. —

Saúl ladeó la cabeza, su sonrisa se expandió. Levantó su rifle de asalto con una facilidad casual y, antes de que pudiera parpadear, disparó. El sonido fue ensordecedor en el silencio forzado de la noche. Un hombre de Alexandria, uno de los que estaba corriendo, cayó al suelo con un grito sofocado. La sangre salpicó el pavimento. Muerte instantánea.

—¡Saúl, para! —rugí, sintiendo una ola de furia helada.

—Mi gente tiene hambre, Chloe. Y ya que tú no puedes darme lo que necesito y no mantuviste tu palabra... me llevaré a alguien. O a varios, si es necesario. Alguien que pueda pagar por ti, alguien que me dé lo que merezco. —Su voz era un ronroneo siniestro. Comenzó a observar a la poca gente que, paralizada por el terror, se había quedado fuera de sus hogares. Una madre protegía a su hija detrás de un buzón.

—¡No puedes llevarte a nadie, Saúl! ¡Tenemos un trato! —grité nuevamente, apoyando el peso en el pie sano. No iba a permitir una baja más. El trato era con la comunidad, no solo conmigo.

—Trato que no cumpliste, corazón. Si me hubieras dado lo que pedi, solo habríamos tomado lo acordado. Ahora, me debes una vida, y algo más —dijo. Levantó sus hombros y empezó a reír, un sonido seco y cruel.

En ese momento, Eugene salió de la enfermería tras de mí, con la cara congestionada y la bata de médico. Llevaba un pequeño botiquín, pensando que se trataba de un herido menor. Vio la escena: el hombre muerto en el suelo, Saúl y sus matones, y mi pie vendado. Su rostro pasó del desconcierto al terror en un segundo.

Me giré lo suficiente para que solo él pudiera escucharme, aunque Saúl nos miraba con curiosidad.

—Eugene, escucha bien. Ve a buscar a Rick. Dile que cuide a todos, que cierre el perímetro y se mantenga en calma. Él tomará mi lugar en la toma de decisiones por ahora. —Mis ojos no se apartaban de Saúl. Sabía lo que iba a hacer. Era la única manera de detener el baño de sangre.

Eugene, temblando, asintió con la cabeza, comprendiendo la gravedad de la orden y lo que implicaba.

—¡Yo iré contigo! —dije, elevando la voz para Saúl. Lancé mis muletas lejos, la punzada de dolor fue como un rayo en mi tobillo. Me obligué a pararme derecha. —No te lleves a nadie más. Yo me encarga a de darte lo necesario, yo fallé en el acuerdo. Cúbrete con mi vida, pero deja a la comunidad. —

Saúl sonrió inmediatamente, la victoria brillando en sus ojos oscuros. Se acercó un paso más, lo suficiente para susurrar:

—Eres muy valiente, Chloe. O muy estúpida. Pero me gusta. Nos vamos a divertir mucho en el camino. Así que sonríe —Me tomó bruscamente del brazo, asegurando su agarre.

—Mi gente cumplirá el trato, Saúl. Te darán la comida y las provisiones, lo prometo. Solo no les hagas daño —le dije, mi voz tensa.

—Eso depende de lo mucho que te valoren, querida —dijo, dándome un empujón hacia donde una camioneta negra esperaba con el motor encendido.

Saúl vio a todos sus hombres, y con sus manos les hizo un gesto conciso: era hora de irse. Mientras avanzaba, forzada por Saúl y cojeando por el dolor, busqué desesperadamente con la vista a Carl. Era probable que nunca más lo volvería a ver, y lo último que hicimos fue discutir y gritar sobre quién había sufrido más. Quería verlo, aunque fuera una última vez, para decirle que lo sentía. Que su dolor era real y que esperaba que volviera a confiar. Pero no estaba allí. El tiempo para buscarlo antes de llegar a la camioneta se agotó, y la puerta se cerró con un golpe seco, dejándome a solas con la noche y la incertidumbre..

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Editado 28/08/2023

El viaje más largo | Carl Grimes |Donde viven las historias. Descúbrelo ahora