María José...
—¡Me gusta que las chicas se defiendan! —En su mirada apareció un destello del placer que adivinaba en la batalla, en la conquista, en el sitio. No quería entregarme a ella y, sin embargo, mi cuerpo entero se moría por acariciarla y por recibir sus caricias—. ¡Vamos, dime otra vez que no quieres, que me odias! —Se echó a reír. Su risa era cínica y provocativa.
—¡Te odio! —grité.
Era la verdad, pero eso no impedía que me consumiera de deseo. Y me odiaba a mí misma por obedecer su voluntad. Lo que menos deseaba era complacerla. Su deseo era cada vez más y más intenso. Cuando se acercó a mí, sus ojos centellearon. Separó los labios y vi el brillo de sus dientes. Sacudí la cabeza de un lado a otro, con la intención de zafarme de ella, pero la mujer me empujó contra la pared y me sujetó las muñecas con fuerza.
—¡No, no quiero, así no!
No me soltó, pero inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
—Eso es, defiéndete. Me encanta. —En su voz ronca se adivinaba la excitación.
Tensé el cuerpo y ella, rápida como el rayo, aprovechó la ocasión para plantarme un beso en los labios e intentar abrirse camino con la lengua entre mis dientes apretados. Me empujaba contra la pared con todo el cuerpo. No me quedó más remedio que abrir la boca para coger aire y fue entonces cuando ella me penetró con la lengua, cuando se apoderó de mí. La pasión y el placer casi me hicieron perder el conocimiento, aunque también noté las náuseas que me subían desde el estómago hasta la garganta.
Le di un mordisco y ella apartó rápidamente la cabeza, pero no me soltó las muñecas. Sus manos me apretaban con la misma fuerza que unas esposas. Tuve la sensación de que no era la primera vez que hacía aquello, de que ya estaba acostumbrada. Me observó con una mirada feroz, mientras se limpiaba con la lengua una gota de sangre del labio. Me resultaba imposible librarme de aquella mirada.
—Eres una gatita muy mala... A ver si al final va a resultar que me he equivocado contigo. Pensaba que eras una burguesita aburrida, de esas que lo único que hacen es tumbarse y abrirse de piernas... Vi un destello de esperanza.
—¡Sí, sí, eso es lo que soy, un burguesita aburrida! —A lo mejor así conseguía que me dejara en paz, pensé.
—No, no, no. —Se echó a reír de nuevo, con la voz ronca por el deseo— Ahora ya es demasiado tarde. Te he calado. Lo estás deseando. Quieres sentir miedo y dolor porque eso te excita. ¡Admítelo! —Seguía sujetándome las muñecas con fuerza. Me estaba haciendo daño y grité—. ¡Eso es, grita! ¡Grita todo lo que quieras! —Su voz era un jadeo ronco y apasionado.
Tuve miedo. El dolor no me había despejado, como yo esperaba, sino todo lo contrario: lo noté entre las piernas, exactamente como ella había dicho. Me pregunté si realmente era aquello lo que yo buscaba. Ella se dio cuenta de mi indecisión y me besó de nuevo, pero esta vez no traté de escapar: me metió la lengua casi hasta la garganta con una fuerza brutal. Pensé que iba a vomitar pero justo antes de llegar a ese extremo, ella retiró la lengua. Desde luego, era toda una experta. «¿Con cuántas mujeres lo habrá hecho?», me pregunté. Tal vez había más mujeres aficionadas a estos juegos de lo que yo creía. «¿Y yo? —me pregunté—. ¿Yo también soy así? ¿A mí también me gusta?».
Ella atacó de nuevo. Sentí que me vencía la necesidad de contraatacar, de participar, de no mantener una actitud pasiva y permitir que me utilizara. Pero no, nunca, eso era justamente lo que ella quería, y yo debía defenderme. Eso era lo que me decía mi cabeza, aunque el traidor de mi cuerpo opinara otra cosa. Ya casi no podía soportar el deseo, que cada vez era más fuerte. Me temblaban las rodillas; ella se dio cuenta y aflojó un poco la presión en mis muñecas.
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París
FanficUn encuentro casual será el inicio de una intensa historia de amor... Una prostituta lesbiana se ve obligada a replantearse sus relaciones cuando conoce a una ejecutiva sensual y apasionada. Una historia que explora los límites del amor y del deseo...
