13. Las dudas

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Fina se despertó lentamente con una sensación de confusión, pero también de extraña calidez. Durante unos segundos no tuvo del todo claro dónde estaba. Sus ojos recorrieron la habitación que la rodeaba, buscando pistas para situarse, hasta que recordó que estaba en casa de Marta y cómo la noche anterior se habían dejado llevar por la pasión. El eco de los momentos compartidos con la inspectora la envolvió como una manta cálida y una chispa de felicidad cruzó su rostro.

Parpadeó, todavía un poco adormilada, y se extrañó al encontrarse sola en la cama. Le llegó un sonido distante, probablemente de la cocina, y tras desperezarse, se puso la camiseta que seguía abandonada en el suelo desde la noche anterior y se levantó con una sonrisa que se fue ensanchando por el pasillo, a medida que percibía con más claridad el olor a café y tostadas.

Al llegar a la puerta de la cocina, se detuvo a observar la figura de Marta de espaldas. La inspectora estaba ocupada preparando algo sobre la encimera, completamente ajena a la presencia de la periodista, a la que invadió una oleada de ternura, pero también de deseo al no poder evitar los recuerdos de esa noche.

Con una sonrisa pícara, se acercó sigilosamente y apoyó con suavidad sus manos en las caderas de Marta.

—Buenos días —le susurró al oído, inclinándose sobre su hombro y sonriendo ante el pequeño sobresalto que provocó a la inspectora—. Qué bien huele.

—Buenos días —le respondió Marta, con la voz algo temblorosa, pero cálida. Al girar un poco la cabeza para mirarla, no pudo evitar pensar en lo espectacular que estaba Fina recién levantada—. Pensé que tendrías hambre, pero no sabía lo que sueles desayunar, así que... he sacado un poco de todo.

Mientras lo decía, Marta evitaba la mirada directa de Fina, como si la situación la pusiera algo nerviosa, aunque no podía contener la sonrisa que se dibujaba en su rostro. La periodista se dio cuenta de esta ligera incomodidad de la mujer, de cómo sus ojos se escapaban para no enfrentarse directamente a los suyos, y decidió darle algo de espacio, devolviéndole la sonrisa con suavidad.

—¿Dónde quieres que me siente? —Preguntó, manteniendo un tono ligero para destensar la situación.

—Donde quieras, me da igual —le dijo encogiéndose de hombros, pero sin perder esa sonrisa que ahora parecía un escudo.

Fina asintió, eligiendo una silla al azar antes de aceptar el café que Marta le ofrecía. Mientras la inspectora se lo servía, la periodista recorrió con la mirada la mesa que le había preparado.

—Madre mía, Marta, qué despliegue. Mis desayunos no suelen pasar de un café rápido, y a veces me lo tomo ya en la redacción.

—Pues muy mal —le replicó con un tono suave pero firme mientras se sentaba a su lado con otra taza de café en mano, intentando disimular el leve temblor que la embargaba—. El desayuno es la comida más importante del día.

A pesar de la cercanía y la intimidad del momento, un silencio algo incómodo se instaló entre ambas. La tensión de lo que compartieron la noche anterior flotaba en el aire, palpable, pero ninguna de las dos se atrevía a abordarlo directamente. Fina miraba su taza, revolviendo el café sin mucha convicción, mientras su mente se llenaba de recuerdos de las últimas horas. Se sintió algo insegura, preguntándose qué pensaría Marta, sobre todo porque la notaba algo esquiva. Antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, la inspectora rompió el silencio.

—Si quieres, puedo acompañarte a tu casa a buscar algo de ropa para que puedas quedarte aquí unos días —ofreció Marta, con un tono amable, aunque un poco nervioso.

—Estaría bien, sí. Además, ayer dejé la moto muy lejos, quiero ir a buscarla y comprobar que está todo bien —respondió, tratando de mantener la conversación ligera.

Fórmula ocultaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora