La señorita Blanca, la psicopedagoga del colegio, observaba a Yael con preocupación. Había notado que el chico evitaba las sesiones que tenían programadas dos veces por semana, y aunque siempre trataba de acercarse a él, Yael solía mostrarse distante y hostil. Ese día, sin embargo, algo en su semblante la hizo preguntar:
—Yael, ¿estás bien?
En ese momento, Yael sintió una punzada en el pecho. Por un instante, deseó derrumbarse frente a ella, llorar hasta que sus lágrimas se sintieran como un torrente incontrolable. Pero en lugar de hacerlo, reprimió esos sentimientos y su mente comenzó a llenarse de pensamientos oscuros. De repente, pudo entender por qué su madre lo había abandonado. Creyó que no solo era la razón por la que su esposo había muerto, sino que también representaba un espíritu de maldad que arruinaba la vida de todos los que lo rodeaban. Para Yael, no era el déficit atencional ni la hiperactividad lo que provocaba sus problemas; sentía que él mismo era el origen de toda la miseria en su vida.
Sus ojos se cruzaron con los de la señorita Blanca, y en esos ojos cafés, Yael no pudo evitar ver un reflejo de los de su prima Camila. Pensó en lo diferentes que eran y, sin embargo, en cómo ahora sus vidas estaban igualmente destrozadas. Recordó aquella noche, hace un mes, en la que había vendido su felicidad y su alma.
Esa noche, Pedro los había llevado en su auto a un hostal. Camila mencionó que realizarían un "trabajo especial". Yael, mientras miraba las estrellas a través de la ventana del auto, intentó encontrar consuelo en la belleza del cielo nocturno, una belleza que siempre parecía desvanecerse justo antes de que comenzara el infierno.
Cuando llegaron al hostal, todo lo que Yael pudo recordar fueron las tinieblas. Despertó en una cama que no era la suya, en un lugar que no reconocía. Tenía solo 15 años y estaba en una habitación sucia, con paredes de un rosa salmón gastado y entre sábanas que apestaban a tabaco y lujuria. A su lado, un hombre de mediana edad, con el cabello castaño y el rostro arrugado, dormía profundamente. Yael miró sus manos y brazos, cubiertos de moretones y mordidas, y cuando intentó incorporarse, sintió un dolor punzante en las caderas. Al apoyar su mano en la mesita de noche, sus ojos se posaron en un fajo de billetes considerable. De repente, todos los recuerdos de la noche anterior lo golpearon como un torrente.
Pedro los había llevado a él y a Camila al hostal, donde dos hombres mayores los esperaban. Las reglas eran claras: si hacían todo lo que esos hombres querían, recibirían mucho dinero. Yael había aceptado, aunque no entendía por qué lo había hecho. Recordaba los jadeos repulsivos del hombre que lo asaltó, cada embestida brutal que lo hacía llorar como un bebé. No entendía por qué había aceptado, pero lo que más lo atormentaba era el saber que su prima había pasado por lo mismo, y que si él no hubiera aceptado, probablemente ella tampoco lo habría hecho. Pedro los había vendido a ambos.
Desde esa noche, Yael se consideraba un demonio, un ser repugnante y un pecador sin redención.
—Yael, ¿qué te pasa? —insistió la señorita Blanca, notando la tristeza en sus ojos.
Yael no pudo contener las lágrimas. La señorita Blanca le ofreció un pañuelo, pero en lugar de aceptarlo, Yael se levantó bruscamente y corrió hacia el baño. Al llegar, se encerró en uno de los cubículos, deseando nunca más tener que salir de allí.
Con el paso de las semanas, tanto Yael como Camila se vieron obligados a venderse repetidamente. Ya no eran niños; ahora solo eran cáscaras vacías de lo que alguna vez fueron.
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Si quieres puedes Volar ( Sarah , Isaac, Yael )
Teen FictionResumen del Libro **"Lo que no te cuentan: Historias entrelazadas"** es una novela que entrelaza las vidas de cinco jóvenes que enfrentan profundas luchas internas en un mundo que no siempre comprende sus desafíos únicos. Isaac, un joven con TOC, e...