Capítulo 8 Pecador del Alma

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( Un año después)

Un año había pasado desde aquel fatídico día en que Isaac hizo un trato con Benjamín, y desde entonces, su vida se había sumido en una espiral descendente de culpa y pecado. Ya no era un simple cómplice del matón de la escuela; se había convertido en su esclavo, obligado a robar cualquier cosa que Benjamín deseara. Empezó con pequeños hurtos: lápices, borradores, la colación de otros niños. Pero con el tiempo, los pedidos de Benjamín se volvieron más audaces y crueles. No necesitaba realmente esos objetos; lo que disfrutaba era ver a Isaac doblegarse ante su voluntad.

Isaac, quien había sido un niño devoto, respetuoso de las enseñanzas de su fe, ahora se encontraba atrapado en un ciclo de pecados que lo torturaban día y noche. Cada vez que robaba algo para Benjamín, sentía una punzada de dolor en el pecho, un nudo que se apretaba en su garganta, haciéndole difícil respirar. Era como si una cadena invisible lo atara, arrastrándolo más y más hacia el abismo.

El cambio no solo fue interno. Aunque a simple vista, Isaac seguía siendo el mismo niño reservado y obediente, aquellos que lo conocían bien notaron un cambio en él. Sus ojos, antes llenos de vida y curiosidad, ahora estaban opacos, vacíos, como si una sombra se hubiera posado sobre su alma. El Espíritu Santo, que antes le brindaba consuelo y guía, ahora se había vuelto su acusador más feroz. Ya no escuchaba palabras de aliento, sino constantes recordatorios de su pecado y de la ira de Jehová.

"Reza ocho veces al día", "No pises las líneas del piso", "Repite letras de canciones en orden alfabético" —las órdenes que le daba el Espíritu Santo se volvieron cada vez más insólitas y exhaustivas. Isaac no entendía por qué tenía que hacer esas cosas, pero no se atrevía a desobedecer. Temía que cualquier acto de rebeldía lo condenara aún más.

Durante las noches, los sueños de Isaac se tornaron en pesadillas. Soñaba con las llamas del infierno, el fuego consumiendo su alma mientras las carcajadas de Benjamín resonaban en sus oídos. Pero, por más aterrador que fuera, lo que más lo perturbaba era la creciente sensación de que, de alguna manera, había comenzado a disfrutar del robo. Al principio, lo hacía por pura supervivencia, por proteger a Sarah. Pero con el tiempo, algo cambió. La adrenalina que sentía al robar, el poder que experimentaba al tomar algo que no era suyo, comenzó a fascinarlo de una manera oscura y retorcida. Le daba un sentido de control en una vida que, de lo contrario, parecía completamente fuera de sus manos.

A medida que pasaban los días, Isaac se sentía más y más atrapado. Su salud empezó a deteriorarse. Comenzó a sufrir de fiebre, sudores fríos, y una constante sensación de náusea que apenas le permitía comer. Su abuela, siempre amorosa y atenta, notó su malestar y lo cuidó con sus remedios caseros, pero eso solo intensificaba el sentimiento de culpa en Isaac. Se sentía indigno de su cariño, indigno de cualquier bondad.

Una tarde, mientras tomaba mate en la casa de su abuela, la desesperación se apoderó de él. Quería contarle todo, confesar sus pecados y recibir algún tipo de consuelo. Pero el miedo a su reacción lo detuvo. No quería ver la decepción en sus ojos. En su lugar, formuló una pregunta que esperaba que no sonara sospechosa.

—Abuelita, ¿qué pasa si una persona no puede dejar de pecar porque si lo hace cometería un pecado aún mayor? —preguntó con voz temblorosa.

Su abuela lo miró con ternura y sabiduría, sin comprender del todo la magnitud de su pregunta.

—Mi pequeño, no hay que pecar y no existe ninguna excusa para hacerlo. Nunca nadie podría pecar en el nombre de Jehová, pues quien lo conozca de verdad nunca sería tentado de esa manera —le respondió suavemente.

Lejos de aliviar su carga, las palabras de su abuela solo empeoraron su culpa. Isaac sintió que su existencia misma era una ofensa a Jehová. El estrés y la presión comenzaron a pasarle factura: la fiebre y los sudores fríos se volvieron constantes, y cada bocado de comida se convertía en una lucha para no vomitar.

En medio de su tormento, Sarah vino a visitarlo. Notando la tristeza en los ojos de su casi  hermano, le trajo un pequeño chocolate, un gesto simple pero lleno de cariño. Fue entonces cuando Isaac, incapaz de soportar más, le confesó parte de la verdad.

—He pecado mucho, Sarah. Me siento muy culpable —le dijo, con la voz quebrada.

Sarah, siempre más perceptiva de lo que los demás creían, lo escuchó con atención y le ofreció un consejo.

—Ve a mi iglesia para confesarte con el curita —le sugirió, explicándole el proceso de la confesión en su fe.

La idea de confesarse le pareció tentadora, pero Isaac no se atrevió a hacerlo. No conocía al cura de la iglesia de Sarah y no estaba seguro de poder confiar en él.

El tiempo pasó y la desesperación de Isaac creció. El Espíritu Santo se volvió cada vez más agresivo, llenando su mente con órdenes confusas y contradictorias. Isaac estaba perdido, sin saber a quién recurrir.

Hasta que una noche, desesperado por encontrar una salida, decidió intentar algo diferente. Si Jehová no le respondía, quizás otros dioses lo harían. Recordó los rituales de su madre, que a veces rezaba a Olorun, el dios supremo del universo según sus creencias. Así que, tímidamente, le pidió a su madre que rezara junto a él.

Esa noche, con los ojos cerrados y el corazón lleno de súplica, Isaac le rezó a Olorun el Dios supremo de la Santería, pidiéndole desesperadamente un milagro. Cualquier cosa que lo pudiera salvar de la pesadilla en la que vivía. Pero mientras pronunciaba esas palabras, una pequeña parte de él, la parte que había comenzado a disfrutar del robo, se preguntaba si realmente quería ser salvado.

Si quieres puedes Volar ( Sarah , Isaac,  Yael  ) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora