Ese fin de semana, Isaac se sumergió en la lectura del evangelio según San Mateo, con la esperanza de entender mejor las palabras de Yael. Pero en lugar de encontrar respuestas, se enfrentó a más preguntas. La lectura lo hizo reflexionar sobre una inquietante posibilidad: ¿de verdad había personas que utilizaban a Jesús como una herramienta de manipulación? ¿Era posible que algunos viesen la fe más como una carga que como un alivio? Estos pensamientos lo llenaron de una inquietud profunda, como si algo en su mente estuviera rompiéndose, incapaz de encajar. Durante toda su vida, Isaac había luchado por mantenerse en la luz del día, pero ahora, inexplicablemente, se sentía perdido en la oscuridad de la noche, en un mundo donde las estrellas ya no brillaban.
En medio de esta tormenta interna, una voz conocida y omnipresente resonó en su mente, una voz que lo había acompañado durante mucho tiempo. El Espíritu Santo le habló con firmeza: "¿Qué pasa, Isaac? ¿Estás cuestionando a Dios?".
"¡No!", exclamó Isaac con desesperación, su voz temblorosa. No podía permitirse cuestionar a Dios ni a Jesús, pues su fe era todo lo que le quedaba.
"Entonces, ¡pruébalo!" La voz retumbó en su mente como un grito ensordecedor.
Isaac, sintiéndose atrapado y acorralado, murmuró con voz temblorosa, "¿Qué tengo que hacer?".
Las instrucciones llegaron como una orden ineludible: "Debes rezar el Padre Nuestro cuatro veces mientras das tres vueltas por la habitación. Luego, lee el pasaje 5 del evangelio seis veces, después arrodíllate y pide perdón a Dios ocho veces, y repite todo desde el principio diez veces". Las demandas eran precisas y severas, y Isaac sabía que no tenía alternativa; la obediencia era su único camino.
Al día siguiente, Isaac se encontró de nuevo en la escuela, exhausto tanto física como emocionalmente. Sabía que debía reunirse con Benjamín en el patio. Benjamín, que ahora parecía ser el dueño de su vida, le pediría algo importante. Isaac estaba ansioso por terminar rápido, pues Sarah, su amiga, había mencionado algo importante que tenía que hacer ese día y quería que él la acompañara. No sabía de qué se trataba exactamente, pero sentía que era crucial estar a su lado.
Cuando se acercó a Benjamín, su agotamiento y frustración eran evidentes. "¿Qué quieres que haga hoy? Dímelo rápido, por favor", dijo con un tono de impaciencia.
Benjamín, visiblemente molesto por la actitud de Isaac, le lanzó una mirada severa. "¿Qué pasa con ese tono?", preguntó con una amenaza latente en su voz.
Isaac, sintiendo la presión, insistió: "Solo dime lo que quieres hoy". Su tono reflejaba más fastidio que súplica, lo que enfureció aún más a Benjamín.
Sin previo aviso, Benjamín le dio un golpe ligero en las costillas. El dolor se intensificó debido a su debilidad física. Isaac había dejado de comer y dormir adecuadamente desde que comenzó esta pesadilla, y su cuerpo estaba agotado. Estaba demacrado y pálido, pero nadie parecía notar su deterioro.
"¿Recuerdas a Luis García?", preguntó Benjamín con una sonrisa cruel.
"Sí", respondió Isaac, temblando. Luis García era un matón de un curso superior, conocido por su brutalidad.
"Él me molestó hoy. ¡Quiero que vayas y le partas la cara!", exigió Benjamín con una intensidad que hizo que el miedo se apoderara de Isaac. El solo pensamiento de enfrentarse a Luis lo paralizaba. Luis era mucho más fuerte y tenía una reputación temible. Isaac temía que un enfrentamiento con él podría terminar en tragedia.
"No puedo hacer eso", exclamó Isaac, su voz llena de pánico. "Él me podría matar", intentó razonar, buscando un atisbo de piedad en Benjamín, pero su súplica fue ignorada.
"Más te vale que lo hagas si no quieres que yo te parta la cara", amenazó Benjamín con frialdad.
"Pero, Benjamín, él me podría matar y además me metería en problemas con los maestros", trató de explicar Isaac, desesperado por encontrar una salida.
"Solo hazlo, idiota", dijo Benjamín antes de darle una patada y alejarse, riéndose de su miseria.
Isaac se quedó allí, abrumado por la desesperación. No había solución, no había escapatoria. Caminó de regreso al interior de la escuela, vagando por los pasillos sin rumbo, su mente un torbellino de angustia.
Finalmente, agotado emocionalmente, se dejó caer en el suelo del pasillo, abrazando sus rodillas mientras las lágrimas corrían libremente. Se sentía completamente desolado, y aunque su llanto lo hacía parecer ridículo, era incapaz de detenerlo.
De repente, sintió una mano cálida sobre su hombro y escuchó una voz suave que lo consolaba. Era Yael. Sin mirar, Isaac supo que era él.
"¿Qué quieres?", murmuró Isaac, su voz quebrada y llena de enojo, tratando de mantener a todos a distancia.
Yael se sentó a su lado, desestimando el tono cortante de Isaac. "Primero, dime qué te pasa", dijo con una calma que contrastaba con el tumulto interior de Isaac.
"¿Por qué lloras?", preguntó Yael con preocupación genuina.
"Por nada", respondió Isaac, tratando de desviar la atención.
Yael, sin embargo, no se dejó engañar. "Solo los llorones lloran por nada", dijo con una leve sonrisa. "Y tú no eres un llorón. Las personas fuertes solo lloran si tienen miedo. ¿Le tienes miedo a alguien?".
"¡Déjame!", gritó Isaac, la frustración y el miedo mezclándose en su voz.
"Lo haría", dijo Yael, sin inmutarse. "Pero estoy aprendiendo a ayudar a las personas, y cuando alguien se ve tan perturbado como tú, es mi deber ofrecer ayuda. Primero, debes decirme cuál es tu problema".
Las palabras de Yael, su tono amable y sincero, hicieron que Isaac sintiera una conexión inesperada. Había algo en Yael que transmitía una confianza y comprensión que lo atrajo.
"¿Tiene algo que ver con Benjamín te vi hablando con el ?", preguntó Yael con una curiosidad natural.
El corazón de Isaac se aceleró. "¿Me estabas espiando?", preguntó, su paranoia tomando el control.
Yael soltó una risa cálida. "No, no soy un acosador. Solo te vi hablando con él desde la ventana del salón. Por la forma en que se mueve, es obvio que te estan amemazando .
"Sí que lo es", admitió Isaac, bajando un poco la guardia. "Pero no le digas a nadie que te dije eso", añadió rápidamente.
"Entonces, ¿te da miedo?", insistió Yael con una mirada penetrante.
Isaac no pudo responder. No quería admitir su miedo, pero estaba claro que el terror que sentía hacia Benjamín lo estaba consumiendo.
"Las personas como él no tienen futuro", continuó Yael con una sabiduría que parecía ir más allá de su edad. "Son parásitos, no hay que temerles, solo hay que eliminarlos".
Isaac miró a Yael, asombrado por la certeza en sus palabras.
"Dime, ¿él te molesta?", insistió Yael.
"No te lo quiero decir", respondió Isaac, casi gritando, incapaz de soportar más presión.
"Solo no le digas a nadie que te hablé de él", dijo Isaac, su voz más calmada pero aún llena de ansiedad.
Yael se levantó, dejando a Isaac en el suelo. "Algún día descubriré todos tus secretos, Isaac", dijo con una sonrisa enigmática.
"¡Jamás!", gritó Isaac, temeroso de lo que Yael pudiera hacer.
"Como tú quieras", respondió Yael con indiferencia mientras se alejaba. "Pero te aseguro que algún día sabré todo sobre ti, y no tendré que obligarte a que me lo digas. Tú mismo me lo contarás con gusto".
Isaac lo observó mientras se iba, su mente un torbellino de confusión y preocupación. Yael era sin duda un enigma para el .
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Si quieres puedes Volar ( Sarah , Isaac, Yael )
Fiksi RemajaResumen del Libro **"Lo que no te cuentan: Historias entrelazadas"** es una novela que entrelaza las vidas de cinco jóvenes que enfrentan profundas luchas internas en un mundo que no siempre comprende sus desafíos únicos. Isaac, un joven con TOC, e...