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A pesar del sinsabor que ha quedado en mi boca tras el encuentro con Tori, me propongo continuar con mi vida y rogar porque el bebé de Grace Dunne no sea mío

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A pesar del sinsabor que ha quedado en mi boca tras el encuentro con Tori, me propongo continuar con mi vida y rogar porque el bebé de Grace Dunne no sea mío.

Sin embargo, que mi padre pueda estar implicado y que todo haya sido producto de una maniobra para quitarme de su empresa y quedar bien con su aliado político, no me resulta indiferente. ¿Y si Grace no fue aleatoriamente al bar la misma noche que yo?¿Si acaso ya estaba embarazada y pasar la noche conmigo solo le permitía afianzar su coartada?

Estaba acostumbrado al destrato y manipulación de Henry Nash, pero ¿inventar que puede ser mi hijo? Esto supera cualquier nivel de cinismo.

Especular con la red de voluntades compradas por él me asfixia, me asquea. ¿Mi cuñado? Un hipócrita con mayúsculas, un inescrupuloso que no ha dudado en jugar con mi hermana y con su deseo de ser madre.

Las luces en la parte delantera del hotel están bajas, lo que me indica que no hay nadie en la recepción; se me ha hecho tarde, sobre todo porque me he detenido más tiempo del previsto eligiendo un ramo de flores para Angie.

Camino rodeando este emblemático edificio de Avon y encuentro a su preciosa dueña sentada en el banco de madera exterior situado bajo la ventana de la sala, encolumnado entre dos maceteros con algunas de las flores que ella misma cultiva.

Sin dudas, Angie es la verdadera joya del mar.

Mantiene los pies en alto sobre un banquito de dudosa estabilidad y sus manos descansan sobre su gran barriga.

En otro momento, hubiera apelado al susto. De seguro me hubiera insultado entre risas, yo le hubiera hecho cosquillas y terminaríamos dentro dándonos besos calientes.

¿Ahora mismo? No quiero alterar su paz, su perfil sereno y...

¿Esa es una lágrima?

Una pequeña perla de agua brota de la comisura de sus ojos.

¿Llora en sueños?

―Me mentiste...me mentiste ―su gimoteo se filtra entre sus labios apretados. Tomo asiento a su lado sin hacer ruido, sin entender.

Abre sus bellos ojos, enrojecidos. Sorbe su nariz y presiento que esto no es algo improvisado: no solo está despierta sino que su llanto no es algo de último momento.

―Angie, ¿de qué estás hablando? ―Su rostro es esquivo en cuanto intento tomarlo con mis manos. Su mandíbula está comprimida y sus brazos cruzados buscan apoyo sobre su barriga.

―¿Me estás tomando el pelo? ―su tono de voz se eleva. El choque de las olas a lo lejos solo aumentan la tensión y la luz del porche de su casa apenas ilumina la escena.

―Angie, dime...no entiendo...―y realmente no lo hago.

―¿Qué quieres que te explique? ¿Qué sé que no te has ido a una entrevista en Elizabeth City o que sé que me has mentido para encontrarte con una mujer? Elige tú.

Joya del mar - CompletaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora