Él es de los que huyen.
Ella, de las que se quedan.
En el medio, un hotel en bancarrota.
¿Cómo marcharte si quieres quedarte?
¿Cómo quedarte si debes marcharte?
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Spencer me da un tierno beso en la boca antes de irse. Yo me quedo en la cama un rato más, rogando porque me abduzca una fuerza externa que logre eyectarme del colchón. Mi cansancio es cada vez mayor, mis tobillos se ven como dos troncos de palmeras y mi barriga pesa como un autobús escolar.
Aparentemente, la niña no será tan pequeña como yo.
Ese pensamiento me da una idea: en pijama, me levanto arrastrando los pies y voy a la caja dentro de mi armario que alberga los pocos recuerdos que tengo de mi madre.
Voy directamente al álbum amarillento y repleto de pegatinas con brillos que me recuerdan que alguna vez Viola Latwicki me amó y no fue solo mi padre el centro de su universo.
Paso las fotografías familiares una a una, en las cuales soy la protagonista casi exclusiva. Veranos con mis abuelos aquí en Avon, unas vacaciones en Virginia con los padres de mi papá y otras tantas haciendo muecas graciosas junto a la batería de mi padre, son las rescatables.
Nunca fui una gran fanática de la música pese a que mi papá siempre me sentaba frente a su ruidoso instrumento.
Una sonrisa tira de mis labios al verme con las mallas de baile y el esponjoso tutú rosa durante mis días como bailarina. Fueron dos años hermosos, pero también, tumultuosos.
No había suficiente dinero en casa para mis clases, las discusiones entre mis padres eran muy frecuentes y mi espíritu solitario se arraigó dentro de mí profundamente. Pasaba horas dentro de la pequeña habitación de nuestra casa en Jacksonville, rodeada por las mismas cuatro paredes repletas de imágenes de la banda del momento, de fotografías junto a Sammy -mi amiga de la infancia- y con estantes saturados de botellas pequeñas de cristal con arena de mis vacaciones en Avon.
Los momentos felices han sido pocos y breves. Cuando papá llegaba después de varias giras por el país, lo hacía apestando a alcohol y perfume barato; mamá lo esperaba perturbadoramente, día tras día, y cuando él por fin regresaba, discutían.
Y también tenían sexo.
Recuerdo cubrirme las orejas con mi almohada para no escuchar sus gritos impúdicos, sus palabras soeces ni el rechinar de la vieja cama.
Trago el disgusto que me provoca ese pasaje de mi vida.
Los buenos recuerdos se reducen al momento en que me regalaron mi primera y única Barbie. También, cuando fuimos al zoo de Carolina del Norte y cuando viajamos en una VAN durante un mes desde Wilmington hasta Nueva Jersey.
Cada fotografía cuenta una historia.
Beso la imagen de mamá, mirándome con ternura mientras yo soplaba las velas en mi pastel de cumpleaños. Cumplía solo cinco y papá no había llegado de su gira por Canadá. Mis abuelos habían viajado desde Avon y me habían sorprendido, haciendo que el dolor por la ausencia de mi padre no pesara tanto.