Él es de los que huyen.
Ella, de las que se quedan.
En el medio, un hotel en bancarrota.
¿Cómo marcharte si quieres quedarte?
¿Cómo quedarte si debes marcharte?
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Esa misma tarde voy a una cafetería en el centro de Charlotte a esperar por Jenny Lange, una vieja amiga de mi madre que no dudó en encontrarse conmigo cuando le dije que debíamos hablar sobre ella.
Luce coqueta y vestida como la abogada exitosa y sofisticada que es.
―Spencer, querido ―me abraza. Su aspecto parece el de una mujer de mucha menos edad de la que tiene; en parte, esto se debe a los múltiples tratamientos de belleza - bótox incluido - a los que se somete. No la juzgo, continúa siendo hermosa, pero no tanto como cuando venía los domingos a almorzar con su difunto esposo Gary.
Gary era el mejor tipo del mundo. Divertido, siempre con una sonrisa en su rostro y dispuesto a enseñarme cuanto deporte yo quería practicar.
El destino no había querido que tuvieran hijos propios y tanto a Tori como a mi nos trataban como a unos; vaya paradoja, mi padre no soportaba al hombre de la pareja y no era muy disimulado al respecto.
A mi mente viene la última vez que vinieron a la mansión: acabábamos de cumplir doce y vi a los hombres discutiendo acaloradamente junto a la piscina. Mi madre estaba con las mejillas rojas y Jenny lloraba a mares desde su tumbona.
A escondidas, yo miraba la escena mientras escuchaba fragmentos del enfrentamiento.
"Ese no era el trato".
"Tu no debías verte con él a mis espaldas".
"Se trataba de nosotros cuatro".
A esa edad, solo pensaba que era una simple discusión de adultos ya que mi cabeza no era capaz de procesar que eran dos parejas swingers que habían roto sus propios códigos.
Nunca más los vimos en nuestra casa ni se volvió a hablar de ellos.
No más vacaciones juntos, ni partidos de beisbol con Gary. Tampoco noches de acampe en el enorme parque de su vivienda en Los Hamptons.
Con el paso del tiempo, todo fue claro para mí: papá y mamá se "compartían" con Gary y Jenny y dos salieron del pacto a escondidas.
Dos semanas después de aquel entredicho que me tuvo de testigo involuntario, Gary sufrió un infarto con consecuencias nefastas. Jenny no volvió a vernos, aunque me consta que se reunía con mi madre en una cafetería alejada del centro cuando volaba desde Nueva York. Obviamente, sin que mi padre estuviera al tanto.
―Me alegra mucho que me hayas llamado―su tono es maternal. Acaricia mis nudillos con sus pulgares y mira mi rostro adulto ―. Mírate, eres todo un hombre, Spencer.
―Encontré tu número en una vieja agenda de mamá ―le confieso. Aprovechando una ducha tardía de mi madre, yo había revuelto los cajones de su nuevo dormitorio en busca de algo con lo que pudiera incriminar a mi padre. Lo único que conseguí fue el contacto de la abogada entre papeles desordenados y fotos viejas.