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Entro a la habitación y el olor a desinfectante ya no es el mismo

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Entro a la habitación y el olor a desinfectante ya no es el mismo. O quizás eso sea así porque entro con otras expectativas y nada parece tan lúgubre.

Spencer está con los ojos cerrados, descansando serenamente. En esta oportunidad está ligeramente inclinado sobre el respaldo móvil de la cama, sobre varias almohadas que permiten una posición más cómoda para su torso.

Dejo mi bolso en la mesa auxiliar y rodeo la cama.

Mis hombros caen y mis ojos comienzan a ver borroso a causa del suave llanto que me acucia.

―Tu hermana me ha dicho que despertaste. No tienes idea cuánto he rezado por eso ―arrastro las lágrimas que caen sobre mis mejillas ―. Bella estaba pletórica. Sí, ella es muy sensible a pesar de su corta edad. Y te echa de menos ―suspiro, me acerco y le tomo la mano derecha entre mis palmas ―, yo también lo hago ―confieso, esperando que esté escuchándome.

Muerdo mi labio, esperando por que reaccione.

¿Es un castigo por haberlo echado del hotel?

Hace tanto tiempo de eso que me duele recordarlo.

―Nuestra niña ha crecido mucho en estas semanas. La he llevado a su cita pediátrica el miércoles. Está saludable. Y sus rizos siguen igual de indomables ―digo, sorbiendo una lágrima sobre mi labio superior ―. Te necesito, Spencer. Tus palabras, tus caricias, tus besos, tu compañía y a tus bromas. Me he sentido muy miserable sin ti, lo cual me preocupaba porque siempre estuve segura de que no necesitaba de un hombre para ser feliz. Es cierto ―meneo la cabeza, sin que nadie me vea ―, no necesitaba a un hombre. Necesitaba a hombre. Al único que me importa. Te necesitaba a ti. ―me lamento y el lloriqueo no se detiene.

Pasan algunos minutos en silencio y lamento que mi tiempo se agote; en breve tendrá que pasar Victoria y yo debo regresar a Avon.

Acaricio la piel pálida de sus mejillas con el dorso de mi mano y muero por besarlo. Ya no posee la mascarilla de oxígeno, lo cual me permite ver sus labios delgados, su mandíbula fuerte y su nariz magullada pero intacta.

Inclino mi torso sobre el suyo y me quito las ganas por besarlo; apoyo mi boca sobre la suya y espero como si yo fuera el príncipe y él, la bella damisela dormida. Me sonrío ante mis absurdos pensamientos, los cuales se evaporan cuando noto un insistente pestañeo de su parte.

Me pongo de pie corriendo la silla hacia atrás, esperando el momento exacto en que despierte y me vea.

Finalmente, sus ojos se abren con lentitud. Mi corazón estalla de alegría y contengo un grito de euforia.

―Hola ―dice, pero su mirada es ceñuda.

Bueno, no es así como imaginaba nuestro reencuentro.

―Hola Spencer...¿có-como te sientes? ―formulo la pregunta más fácil que sale de mi boca. Ciertamente, estoy desconcertada por su falta de respuesta.

Joya del mar - CompletaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora