Él es de los que huyen.
Ella, de las que se quedan.
En el medio, un hotel en bancarrota.
¿Cómo marcharte si quieres quedarte?
¿Cómo quedarte si debes marcharte?
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Estoy nervioso.
Esta es una mentira blanca, pero no como las que acostumbraba a hacer.
Esta no tendrá consecuencias nefastas como cuando oculté mi verdadera identidad o cuando guardé bajo siete llaves los motivos que arrastraron mi culo a Avon.
Los dos meses posteriores a mi alta médica fueron espantosos; Tori se había tomado demasiado a pecho el papel de hermana protectora y no he ido al baño solo ni por una puta vez sin tener su aliento en la nuca.
Me alegra haber dejado a los médicos atrás y portar mi licencia de conducir con orgullo.
―Yo que tú le avisaría ―insiste Victoria con las palmas en alto, de pie en la puerta de su casa.
―¿Y cuál sería la sorpresa, entonces?
―Buen punto ―se cuelga de mi cuello y sé que realmente la echaré de menos.
―Has sido un grano en el culo, pero te amo hermanita ―me he ganado un tirón - literal- de orejas.
―Eres un tonto.
―Echaré de menos tus batidos proteicos horrorosos y tus panqueques pastosos de avena.
―Ni que lo digas ―resopla con el labio inferior temblando. Ha sido una cuidadora estupenda pese a que sus desayunos sabían horribles.
Fuera de broma, ha estado atenta a cada uno de los especialistas que me acompañaron durante mi recuperación. No se le pasaba por alto ninguna terapia ni las medicinas por comprar.
Asesorada por una nutricionista experta, ella y la doctora diseñaron un plan de alimentación saludable y acorde a mi reducida movilidad.
He ganado unas libras, pero ahora no me preocupa. Sé que tendré tiempo de gastar calorías...y con quién y haciendo qué.
―Estas riéndote como un tontito enamorado ―me lee del derecho y del revés. Opto por decirle que sí y no que estaba pensando en el modo preciso de recuperar el tiempo perdido con Angie.
―No veo la hora de abrazar a mis chicas.
―Esa niña te tiene mal ―dice con acierto. Mi teléfono explota con videos y fotos de la pequeña, tan regordeta y alegre. Noche tras noche, Tori se hizo un festín con las imágenes de la niña y se clavaba el puñal de la infertilidad un poco más a fondo de lo necesario.
―Quiero que vengas a visitarme más a menudo ―le recuerdo.
―Lo haré. ¿Llevas todas tus cosas? ―apunta intencionalmente.
―Sí, por supuesto ―le respondo. La sortija de compromiso está guardada en mi mochila.
Nos damos un último abrazo y prometemos no perder contacto. Mi accidente y nuestro frente unido contra papá nos ha revinculado mucho más.