—Estaba delicioso —agradeció Conrad llevando su plato a la cocina, evitándome por completo. —
—¿Estas cansado? —pregunte mirando mi reloj que marcaba las 10 en punto—
—¿A que se debe tu pregunta? —respondió desde allá y rodé los ojos llevando mi plato a la cocina también, dejándolo en el fregadero.—
—¿quieres tostadas para mañana? ¿O prefieres leche y avena?
—¿Tostadas? —respondió poco convencido, lleno de curiosidad.— ¿por qué?
—Bien, ve a dormir primero— dije intentando hablar en un tono amable para acto seguido dejar un beso en su frente—
—¿por que no podemos subir juntos? —reclamó haciendo un puchero y sacándome una sonrisa—
—dejare la masa del pan lista para mañana, así solo la dejo en el horno antes de que despiertes. —respondí tomandolo de sus hombros y asintió—
—Bien.. te esperaré en la cama. —murmuro dejando un beso en mi mejilla para luego subir las escaleras sin quitar sus ojos de mi hasta que la escalera lo permitió — te adoro..
—ídem..
Aparte el cabello de mi rostro y amase la masa de pan para integrar todos los ingredientes. La cocina se veía oscura, y no me molestaba, amaba la oscuridad.. sin embargo Colette no. Recuerdos vagos inundaban mi cabeza, me recordaban lo que es sentirse lleno de vida cuando estaba tan muerto.
Deje la masa dentro de un bowl con un mantel encima y salí de la cocina. Las llamas de la chimenea amenazaban con apagarse, sin embargo yo no quería que eso ocurriese. Mire mi reloj, marcaba ya casi las 11 de la noche, le puse más leña al fuego y sonreí con el corazón ciertamente roto.
Abrí uno de los gabinetes de Colette, uno donde guardaba su reserva especial de vino. Una copa fue suficiente, algo que solíamos hacer cuando aún era algo pequeño. Se sentaba frente al fuego en su sillón de tapiz antiguo, admirabamos el fuego y tomaba vino.
Guíe mis piernas a su sofá favorito, dejándome apreciar el fuego con una copa de vino, apareciendo parte de sus costumbres.
Cálido y dulce
Así se sentía su cariño, único y especial. Yo realmente la extraño.
Tome mi violín y salí de la cabaña, guíe mis pasos por el puente de madera en el que pescábamos, me pare al final de este y aprecie como la Luna brillaba en el cielo. Luna llena..
Toque una serenata, una tras otra quizás, y el tiempo se marcho volando, la luna bajaba, mis dedos se unían con las cuerdas , se adherían a estas después de tantas melodías y temblores. El arco no dejaba de subir y bajar, no se detenía, emitía melodías preciosas dignas de su luz natural y gigante en el cielo.
Mire mis manos con los dedos rojizos, con las cuerdas finas del violín marcadas en estos. Me incline a modo de reverencia a la luna y me devolví dentro. Nuevamente el fuego estaba en sus cenizas, pero yo solo dejé un pequeño tronco dentro, siendo consumido por el calor de sus brasas en poco tiempo. Nuevamente había fuego, el tocadiscos reproducía música clásica, violines y violonchelos, la botella de vino había bajado a la mitad y yo solo sonreía feliz frente al fuego flameante y despierto.
—¿zeta? —pregunto Conrad con su voz dulce atrás de mi—
—Lo siento, ya iba a dormir —respondí pero aquel se acercó a mi con curiosidad—
—creí que no te gustaba el alcohol..
—Nadie se niega a una copa de vino. —sonreí viéndolo frente a mi, dejándome apreciar su silueta por la luz del fuego en la oscuridad de la cabaña.—
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Metanoia. (Completa)
Romance"A nada te acostumbres para que nada te haga falta" ese es el lema de Azora Holmelund, cuya visión del romance carece de interés por todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Conrad Miller, un hombre dulce, cálido y amable llegará a poner en du...
