Javier

1 0 0
                                        

Javier

Desde hace varios días, algo en mí ha estado cambiando, algo que no sé cómo explicar. Como si hubiera una nueva conciencia de mis pensamientos, de mis emociones. Pero hoy, al despertar en casa de David, siento que ese cambio ya no puede ignorarse.

Me desperezo y abro los ojos, y ahí está él, dormido en el sofá, a solo unos centímetros de mí. Aún tiene el cabello revuelto y una expresión tranquila en el rostro. Lo observo por un instante más de lo que debería, casi como si estuviera tratando de memorizar ese momento.

Nunca me había detenido a pensar en cuánto valoro nuestra amistad. Siempre he sido el tipo de persona que encaja fácilmente, que se lleva bien con los demás. Pero David es diferente. Desde que llegó, he sentido una conexión con él que no sé bien cómo describir, y esa cercanía ha crecido hasta volverse esencial, como una especie de refugio.

Sin embargo, ahora me doy cuenta de que no puedo simplemente encajar estos sentimientos en la categoría de "amistad." Hay algo más, algo que va más allá de lo que había experimentado antes. No puedo dejar de sentir que quiero estar cerca de él, no solo como compañero de equipo o amigo, sino de una forma más profunda. Y eso me confunde.

Me levanto con cuidado para no despertarlo y me dirijo a la cocina, intentando calmar mis pensamientos. Miro por la ventana hacia el amanecer, preguntándome si él siente lo mismo, si también ha notado esta tensión entre nosotros. Pero una parte de mí duda en preguntárselo. David es tan importante para mí que me aterra arruinar todo con una sola palabra o gesto mal interpretado.

Mientras estoy preparando café, escucho pasos suaves detrás de mí. Giro la cabeza y ahí está David, todavía adormilado, pero con esa sonrisa tranquila que siempre tiene al despertar.

—¿Madrugaste? —me pregunta, recostándose contra el marco de la puerta de la cocina.

—Sí... no pude dormir mucho —le contesto, intentando sonar despreocupado.

Se sienta en la mesa, estirando la pierna con cuidado por la lesión, y noto cómo aprieta los labios al hacerlo. Se ve vulnerable, pero con una determinación en sus ojos que me hace admirarlo aún más. Esa mezcla de fuerza y fragilidad es una de las cosas que me atraen de él, aunque no sé si él lo nota.

—¿Cómo va la pierna? —le pregunto, rompiendo el silencio.

—Mejor... aunque duele un poco —responde, mirándome de forma que me hace sentir como si pudiera ver más allá de las palabras. Nos quedamos en silencio, y me doy cuenta de que estamos en uno de esos momentos incómodos en los que ninguno de los dos sabe qué decir.

Decido cambiar de tema para romper la tensión.

—Oye, cuando te recuperes, ¿qué te parece que vayamos a explorar la montaña? Ya te dije que tengo ese lugar en la mira desde hace tiempo.

David asiente, y la sonrisa en su rostro me da un alivio inesperado. A veces, hablar de cosas simples es la mejor manera de evitar lo que no puedo decir en voz alta. No quiero que él se dé cuenta de lo que me pasa, al menos no hasta que yo mismo pueda entenderlo.

Terminamos el café en silencio, y cuando nos sentamos en la sala, de alguna manera volvemos a esa calma que siempre compartimos, una calma que, sin embargo, empieza a sentirse un poco más cargada, más llena de cosas no dichas. Me encuentro mirando la forma en que se ríe o cómo sus ojos brillan cuando se concentra en algo. Estoy atrapado en este nuevo sentimiento, y aunque aún no sé cómo llamarlo, sé que es real.

Mientras el día avanza, decidimos salir a dar una vuelta. Le ayudo a caminar, sosteniéndolo mientras él intenta no apoyarse demasiado en mí. A medida que avanzamos, siento que mi mente no puede dejar de pensar en lo que podría decirle. Tal vez debería contarle cómo me siento, tal vez debería ser honesto con él. Pero, ¿y si eso lo asusta o lo aleja?

Bajo la luz del faroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora