Fin

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Los rayos del sol empezaron a filtrarse por su ventana, golpeando directamente a sus ojos y obligandolo a despertar. Al sentarse sobre su cama, el cansancio no tardó en invadirlo, haciéndolo desear unos minutos más para descansar. Sin embargo, sabía perfectamente que debía de empezar con su rutina.

Levantarse temprano, bañarse, vestirse, desayunar e ir a la escuela.

Algo tan básico que le resultaba estúpidamente aburrido. ¿Cómo estaba acostumbrado a tal rutina en el pasado? No tenía la menor idea.

Cuando llegó a su destino, lo primero que vio fue la instalación donde estudiaba. Un fuerte suspiro salió de sus labios, pues aquel plantel contaba con varios pisos y lugares a dónde dirigirse, arruinando más su estado de ánimo ante la idea de tener que llevar un día agitado.

Definitivamente no estaba para esas cosas.

Se mantuvo bastante neutral la mayor parte del tiempo, tomando apuntes cuando era necesario e ignorando las cosas que le sucedían a los demás.

En una clase —en la cual el profesor había faltado—, él y el resto de sus compañeros se dirigieron hasta una de las canchas deportivas que se encontraban al aire libre.

Los demás chicos no tardaron en empezar un partido de básquet, al cual lo habían invitado. Sin embargo, él los rechazó de manera amable, dirigiéndose a una zona un poco apartada del lugar.

Al estar fuera de los ojos intrusos su preocupación fue más notoria, mientras que su cuerpo caía sin piedad alguna en una banca cercana.

¡Dan seguía sin hablarle!

Dos semanas habían pasado desde que aquel chico se había dignado en empezar a ignorarlo, rompiendole el corazón de la forma más cruel y torturosa.

¿Era por qué no le había pedido ser su pareja? ¡Podría ir hasta allá y hacerlo si era lo que quería!

En su mente un complejo plan de declaración se estaba formando, teniendo las ideas más alocadas para poder recuperar el amor de Dan.

¡Haría lo que fuera para tenerlo a su lado!

Si Dan se lo pidiera, él sería capaz de abandonar ahora mismo la ciudad e ir a trabajar al rancho. Sería capaz de soportar nuevamente la suciedad y los estruendosos cantos de un gallo si ese era el precio de estar a su lado.

¿Estaba exagerando? Lo más probable.

Pero la idea estaba tan sumergida en su cabeza que lo único capaz de detenerla fueron las manos que se posicionaron sobre sus ojos, cubriendo de esa manera su sentido de la vista.

—¿Pero que carajos? —murmuró por lo bajo, siendo más para él mismo que para la persona ajena—. No sé quién está cometiendo este error, pero te advierto que me sueltes lo más pronto posible si no quieres terminar en el suelo con varios moretones encima.

Su amenaza salió llena de agresividad, transmitiendo que aquello no eran palabras vacías. No obstante, la persona que estaba detrás suyo nunca retrocedió, soltando incluso una ligera risa ante su comportamiento.

—Puede que te suelte, pero primero dime ¿Ya le contaste a tus amigos sobre la vez que te peleaste con un gallo?

Aquella voz...

Las manos que lo cubrían bajaron hasta su pecho, entrelazandose en esa zona. Al voltear ligeramente hacia atrás, aquellos orbes marrones se encontraban allí, manteniendo su brillo tan especial que los volvían inconfundibles.

—Dan...

Su corazón dió un vuelco al tenerlo allí, tan cerca suyo mientras le sonreía de esa forma encantadora. Sin pensarlo dos veces, él se levantó velozmente, provocando que Dan se apartará.

Bajo el cielo de Texas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora