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Al saber que no tenía preparadas las maletas, su padre no había tardado en reclamarle por su irresponsabilidad. Sin embargo, su cabeza no era capaz de escuchar tales palabras, pues toda su atención se encontraba sobre el muchacho de cabelleras acarameladas, quien no apartaba la vista sobre él.

Sus miradas se encontraron en algún punto, siendo unidas por algo enigmático, tan cautivador como nostálgico. Aquellos ojos marrones, tan cálidos y con un brillo positivo, ahora únicamente reflejaban confusión, teniendo un leve brillo de tristeza.

—Te esperamos en el coche —le indicó su padre—. Tienes una hora como máximo para hacer tus maletas.

Su falta de respuesta provocó que ellos se retiraran, dejándolos en un abismal silencio. Intentó decir algo, hacer alguna acción, pero fue cruelmente interrumpido por Dan.

—¿Sabías esto? —un murmuró apenas entendible salió de los labios contrarios— ¿Sabías que pronto te irías?

La incredulidad era muy notoria en su rostro, dejándolo apreciar la sorpresa que había experimentando ante la repentina noticia.

—Yo... —no podía mentir, no era capaz de hacerlo—. Si, lo sabía desde hace una semana.

Los ojos de Dan se cerraron ante su comentario, haciendo que volteara levemente su cabeza en un intento de esconderse. Notó como intentaba hablar, pero las palabras no fluían de su boca. Al final, Dan terminó cubriéndola por los intentos fallidos.

—Se que no deseabas quedarte —la voz contraria empezaba a quebrarse—. Pero me hubiera gustado saber esto desde antes.

Cuando caminó hasta él, Dan retrocedió para imponer distancia, extendiendo su brazo para asegurarse de tenerlo lejos. Aquel muchacho ya no era capaz de mirarlo fijamente a los ojos, por lo que mantenía la vista fija en un punto indefinido del horizonte.

—Lo siento —fue lo único que respondió.

Nuevamente el silencio inundó cada rincón del espacio, dejando que los sentimientos de cada uno se intensificarán.

—Tienes que hacer tus maletas —dijo de repente el castaño, dándole la espalda mientras caminaba en dirección a la casa.

Lo siguió en silencio, temiendo que cualquier cosa que dijera provocará un dilema. Con mucha atención apreciaba cada factor de la espalda ajena, notando detalles como sus hombros tensos o sus manos cerradas en puños.

Cuando llegaron al interior del edificio, ambos se dirigieron a la habitación dónde se hospedaba. Lentamente empezó a hacer sus maletas, siendo acompañado por Dan, quien se encontraba recargado en el marco de la puerta.

—Odio el silencio —en algún momento de su estadía Dan le había compartido ese dato suyo.

Pero ahora, justo en el momento que cerró su última maleta, aquel que siempre se encontraba hablando y bromeando, ahora únicamente lo veía en ese torturoso silencio, esperando el más odiado momento.

¿Pero que podía hacer?

¿Quedarse allí y dejar atrás su vida entera?

La realidad estaba muy presente, aún si era dolorosa. Él no pertenecía a ese lugar, nunca lo haría. Y a pesar de haberse acostumbrado, él tenía un camino brillante por delante.

Y Dan lo sabía.

Ambos lo hacían.

—Perdón por todo lo anterior, pero... —Dan parecía aún afectado por la noticia—. Las despedidas me resultan difíciles.

—Esto no tiene que ser un adiós —respondió—. Podemos seguir en contacto.

Se acercó lo suficiente para tomarlo de las mejillas, obligándolo a verse fijamente. En ese momento, todo gracias a la cercanía, ambos se acercaron mucho más de lo esperado, volviendo a unirse en un apasionado beso.

Bajo el cielo de Texas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora