⇢ 8.2 Episodio 8

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Dong-eun observaba desde el otro lado de la calle, medio oculta en las sombras de un callejón estrecho. Frente a ella, el espectáculo de luces, risas y opulencia se desplegaba como una escena arrancada de un sueño que nunca fue suyo. La nueva tienda de lujo de Nari, Siesta, había transformado la esquina en un imán de atención. Un enorme letrero dorado brillaba sobre la entrada principal, donde una alfombra roja recibía a los invitados.

Los flashes de las cámaras chispeaban como estrellas caídas, capturando cada detalle: el vestido impecable de Nari, diseñado para acaparar miradas; el grupo de invitados selectos que rodeaban a la anfitriona, cada uno más presuntuoso que el anterior; y, por supuesto, el círculo más íntimo de Nari, los mismos rostros que habían formado parte del infierno personal de Dong-eun años atrás.

Allí estaban todos. Sonriendo. Riéndose. Como si sus pecados jamás hubieran existido.

Dong-eun dejó que su mirada vagara por el grupo, cada rostro evocando un recuerdo amargo. Jae-jun, arrogante como siempre, sosteniendo una copa de champán y haciendo algún comentario presuntuoso que provocaba carcajadas a su alrededor. Hye-jeong y Myeong-o fingiendo mientras una presumía sus joyas, el otro calculaba cada movimiento para atraer la atención. Sarah, con su risa aguda y exagerada, tan superficial como siempre. En el centro, Nari, la reina de la noche, envuelta en destellos y sonrisas calculadas, como si cada mirada que atraía reafirmara su trono imaginario. Y, por último, Yeon-Jin, impecable como siempre, su sonrisa apenas un velo que cubría la crueldad en su mirada. Cada gesto, cada palabra, parecía diseñado para recordarle a Dong-eun quién tenía el control, o al menos quién solía tenerlo.

Dong-eun apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. Desde lejos, su expresión era impasible, pero en su interior, cada risa que escuchaba era un recordatorio de las cicatrices que ellos le habían dejado.

El discurso de Nari comenzó, amplificado por los altavoces colocados estratégicamente en la entrada.

—Hoy celebramos no solo la apertura de Siesta, sino el éxito, la perseverancia y la capacidad de reinventarnos. Esta tienda representa un sueño hecho realidad, un espacio donde todos puedan encontrar lujo y paz.

La multitud aplaudió, y Nari levantó su copa, radiante. Dong-eun tragó el sabor amargo de la ironía. Paz. Esa palabra resonaba en su mente como una burla.

Se quedó allí unos minutos más, inmóvil, dejando que la escena se grabara en su memoria. No era una simple inauguración; era un símbolo. Una proclamación de que Nari y su círculo no solo habían salido indemnes, sino que prosperaban. Como si nunca hubieran tenido que pagar por nada.

Pero Dong-eun sabía algo que ellos no. Este no era el final de la historia. Era solo un capítulo más, una pequeña tregua antes de que todo comenzara a desmoronarse. Porque las sombras eran pacientes, y ella había aprendido a esperar el momento justo.

Cuando Nari levantó los brazos para agradecer los aplausos, Dong-eun dio media vuelta y se alejó, desapareciendo en el anonimato de la ciudad.

—Disfrútalo mientras puedas, Nari —susurró para sí misma mientras la sonrisa más fría curvaba sus labios—. La caída será mucho más dura desde ahí arriba.

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Dong-eun se encontraba en el centro comercial más exclusivo de la ciudad, observando desde una terraza elevada. Su mirada fija estaba dirigida hacia un restaurante de lujo que parecía flotar entre las nubes por su diseño moderno y minimalista. Entre el bullicio de risas y tintineo de copas, divisó a Nari y Jae-jun cenando con amigos, un retrato de glamour y éxito.

𝐓𝐇𝐄 𝐆𝐋𝐎𝐑𝐘Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora