VIGÉSIMO QUINTO CAPÍTULO

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Sergio despertó sintiéndose extrañamente rejuvenecido, aunque algo agotado. Su cuerpo estaba cálido gracias al abrazo firme de Max, quien dormía profundamente a su lado. Por unos instantes, se permitió simplemente mirarlo. Había algo en la expresión tranquila de Max mientras dormía que lo llenaba de paz. Sin quererlo, su mente regresó a la primera vez que habían estado así y había huido de él. La sensación de querer escapar volvía un poco, pero ahora se daba cuenta de que lo manejaba mejor. Se quedó allí, contemplándolo, hasta que Max comenzó a despertarse poco a poco.

Los ojos de Max brillaron con calidez al encontrarse con los de Sergio, y le dio un beso suave antes de murmurar:

—Buenos días, amor.

—Buenos días —respondió Sergio con una sonrisa ligera, sintiéndose inesperadamente cómodo con la naturalidad de la escena.

Después de unos minutos de abrazos y besos, ambos decidieron que lo mejor era levantarse e irse a bañar. La ducha compartida fue ligera, llena de risas y pequeños besos, pero sin ir más allá de un jugueteo con el agua. Max, en algún momento, le salpicó la cara con intención, lo que llevó a una breve pelea de risas antes de que se calmaran y terminaran de vestirse.

—¿Qué tal si desayunamos juntos? —propuso Max mientras revisaba su teléfono.

Sergio, que también había encendido el suyo, notó que eran más de las 9:00 a. m. y se dio cuenta de que debía regresar al hotel. George probablemente se había quedado esperándolo, y la idea de haberlo preocupado le hizo fruncir el ceño.

—No creo que pueda, Max. George está en el hotel, y seguro me estuvo esperando —dijo mientras se colocaba la chaqueta.

Ambos bajaron juntos hacia el auto de Max, conversando sobre cosas triviales en el camino. Había un leve coqueteo entre ellos, gestos sutiles y miradas que parecían querer decir más de lo que las palabras permitían. Cuando llegaron al auto, Sergio revisó nuevamente su teléfono y encontró algunos mensajes de George, enviados durante la madrugada y en la mañana. En ellos, George mencionaba que lo esperaría en el restaurante del hotel si regresaba temprano.

—¿Quieres venir conmigo? —preguntó Sergio, aunque la propuesta le parecía un poco absurda dado que había sido él el que rechazó ir a desayunar juntos.

Antes de que Max pudiera responder, recibió un mensaje de su hermana pidiéndole que recogiera un encargo en Las Vegas. Sergio no pudo evitar reír ante la cara de Max al escuchar la solicitud.

—Bueno, creo que tendré que aplazar el desayuno con ustedes para ir a recoger las cosas de Victoria.

Cuando llegaron al hotel de Sergio, Max estacionó el auto en la entrada y se inclinó hacia él antes de despedirse.

—No olvides que tu apuesta aún no está pagada del todo —murmuró Max con una sonrisa traviesa antes de morder suavemente el labio inferior de Sergio.

El rostro de Sergio se tiñó de un rojo intenso, y en respuesta, lo besó con firmeza, susurrándole al oído:

—Pronto tendrás tu recompensa.

Con una última sonrisa cómplice, Sergio salió del auto y caminó hacia el hotel. En la entrada principal, notó a varios reporteros en el vestíbulo. No quiso arriesgarse a ser reconocido, así que dio un rodeo y entró por una de las puertas laterales que llevaban directamente al restaurante.

Al llegar, su mirada se posó en George, quien estaba sentado en una mesa junto a una ventana. Parecía totalmente relajado, sosteniendo una taza de té con una elegancia que solo podía describirse como puramente británica. Sergio no pudo evitar soltar una risa ligera al recordar cuánto George siempre había personificado ese estereotipo, incluso en su juventud.

ENTRE RIVALIDAD Y DESEODonde viven las historias. Descúbrelo ahora