XII

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Se aceleró el proceso...

Kara estaba teniendo momentos en los cuales su coma parecía estar a punto de desaparecer. Estando en esa camilla había tenido ataques en los cuales su corazón se había detenido por segundos y en todas aquellas veces estuve yo para hacerlo funcionar nuevamente.

Kara tenía momentos de lucidez en los cuales nuestra realidad podía detonar la suya. Entre tanto miedo y emociones su corazón se aceleraba al punto de que quedaba en ese limbo, en cada una de esas situaciones yo la sostuve.

Llevaba más de 1 semana sin despertar, desde el Hospital podía ver que Alex se encontraba abrazada al cuerpo de una chica de cabello castaño oscuro mientras lloraba y dejaba salir el dolor. Eliza se había ido del hospital
con una sola indicación : no volver.

En su realidad el coma de Kara era tan grave que podía pasar semanas, meses incluso años y no despertaría.

La luna entraba por mi ventanal, me encontraba sentada en el barandal de el. Mi vestido tocaba el suelo, negro seda con manchas de sangre. Mi mano, boca y parte de mis mejillas también. Todo estaba manchado a mi alrededor. Mis uñas largas teñidas de un rojo vino muerte se encontraban rotas. Dejé mi cuerpo caer hacia el vacío. Aún así, no caería.

Abracé la piedra que tenía sobre mis manos, un cristal energético. El bosque se encontraba más oscuro de lo normal. Las nubes grises lograban ocultar la luna llenando de oscuridad un paisaje, donde se encontraba completamente demacrado. Los cuerpos de personas que antes eran parte del pueblo se encontraban tirados, quebrados y alguno de ellos sin sus extremidades.

Veía las almas en pena llorando, rondando alrededor de mi. Escuchaba los gritos de lamento y de rabia. Una oportunidad de vivir en un cuerpo no era una oportunidad realmente. El infierno era así, almas en pena usadas para satisfacer la de los demonios. Usadas en dolor frustrado junto con angustia. Llenas de tanto y a la vez muertas y vacías. Esto era. Era un demonio
con sed de sangre y que podría acabar con este podrido mundo si así lo quisiera.

Ignorando las almas logre llegar al árbol más alto, donde solía esconderme para no ser molestada. Así como habían almas en pena también habían seres no naturales que se encontraban entre estas ramas, almas buenas que por alguna razón terminaron aquí. Los árboles eran los lugares donde solían estar, donde lo podrido no existía.

Lo único podrido que quedaba era yo. El cielo comenzaba a tornarse en un rojo oscuro. Alguien amigable estaba cerca. Sentí como un cuervo se posaba sobre mi hombro. Intenté estrangularlo con una de mis manos pero antes de poder rodear toda su pequeña e inútil cabeza ya estaba convertido en el demonio que era.

Su capa era aún más larga que mi vestido, rota y con agujeros. Su cuerpo se dejó caer sobre una rama grande.

— Malphas, no te extrañaba por aquí tan tranquilo que han estado mis días... — Sabía que estaba mirándome de manera no sensata.
— No eres tonta, sabes lo podrida que estás y lo miserable que eres

Su voz era grave, sumamente grave. Malphas un demonio importante al mando, engañaría a quien quisiera y como quisiera, manipulando las necesidades de quien lo necesitaba a él logrando por fin consumir cada átomo de quien intentara acercarse a él.

— Palabras consideras amigo mío...

De un momento a otro sentí como todo su peso estaba encima de mi, una de sus manos estaba convertida en una garra filosa que señalaba mi ojo, era como una aguja a punto de explotar un globo.

Pulso (Supercorp) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora