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JK.

Raro.

Esa palabra me persiguió durante toda mi vida, como un eco constante que nunca desaparecía.

Solitario.

Esa fue la segunda palabra que adherí para mí. La elegí porque describía a la perfección lo que era mi día a día

Pasaba la mayor parte del tiempo solo en casa, rodeado de paredes frías y silencio. No había comida en la mesa, no había dinero para necesidades básicas, no había nada que me hiciera sentir que tenía un hogar. Y cuando, por alguna extraña casualidad, mis padres estaban presentes, lo único que hacían era discutir. No importaba la hora, el día o la situación; sus gritos eran el único sonido que llenaba la casa. Nunca se detuvieron a preguntarse si yo los escuchaba, si me afectaba, si tenía hambre o si me dolía el pecho cada vez que sus voces se alzaban como cuchillos desgarrando el aire.

Lo último era lo menos probable, porque no sentía nada, pero era lo que unos padres responsables se preguntarían.

Aprendí a comportarme, no porque me enseñaran con paciencia o afecto, sino porque cada error traía consigo un castigo cruel. No bastaba con una reprimenda o una mirada de desaprobación. No. Aprendí a la fuerza, con golpes, con heridas, y probablemente, si pudiera sentir, con dolor.

Si desobedecía, mi cuerpo lo pagaba. Cinturones, palos, cables, lo que encontrarán a su alcance servía como herramienta de corrección. Y si el castigo físico no era suficiente, simplemente me dejaban sin comer por días, encerrado en un sótano oscuro, donde el frío se colaba por cada rincón y la soledad se hacía insoportable.

Mi padre tenía un humor impredecible, una furia que ardía sin previo aviso. Si él llegaba a casa enojado y yo, o mi madre, nos cruzábamos en su camino, su respuesta era inmediata: cigarrillos apagándose sobre nuestra piel, pero nunca me dolió.

Pero, por mucho que intentara ser el hijo que mi padre exigía, hubo algo que se salió de mi control. Una noche, alguien me obligó a salir de casa.

No podía contarle a mi padre el motivo de mi ausencia nocturna. Si lo hacía, el castigo sería peor. Y aunque ya no me quedaban muchas cosas que perder, aún conservaba un instinto de supervivencia que me obligaba a callar.

El verdadero terror llegó el día en que el hermano de mi padre apareció en la puerta de casa.

Aquel hombre era diferente. Más violento. Más cruel. La locura brillaba en sus ojos cuando me miró y decidió que yo le sería útil.

"Si mi hijo me falla, tú lo reemplazarás", dijo con una sonrisa retorcida antes de sujetarme del brazo con una fuerza imposible de resistir.

No me dio opción. Me arrancó de un hogar que ya era un infierno solo para lanzarme a otro peor. Un lugar donde la violencia no era una excepción, sino la norma. Un sitio donde sobrevivir significaba volverse uno de ellos.

Tenía seis años cuando presencié mi primera tortura. Peleas clandestinas de gente que tenía problemas con la policía, e incluso fui testigos de muertes. Vi a hombres siendo golpeados hasta quedar irreconocibles, a otros suplicando por sus vidas mientras el filo de un cuchillo se deslizaba sobre su piel. Aprendí rápido que en ese mundo la compasión era un lujo que nadie podía permitirse.

En ese entonces conocí a mi primo, el hijo de mi tío. Me llevé bien con él, o al menos eso pensé. Quizás me agradaba porque, a diferencia de los demás, no me trataba con desprecio. Pero su afecto no era el que esperaba. No el que un niño debería recibir.

Los días en los que mi tío me secuestraba solían terminar igual. Me devolvían a casa a las tres de la mañana, destrozado, solo para encontrarme con el mismo castigo de siempre: el hambre. Mis padres no me preguntaban nada. Solo me dejaban encerrado en el sótano, en medio del invierno, temblando de frío y con el estómago vacío.

Falso Nerd || KookVDonde viven las historias. Descúbrelo ahora