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ENZO.

Con dificultad enfrenté los últimos ejercicios de la sesión final. Los entrenamientos en el gimnasio se volvían aún más difíciles con el correr de los días, siendo los culpables de mi mal humor y hambre voraz cuando se acercaba el mediodía.

Tire las mancuernas cuando llegue a la estocada número veinte, recibiendo la mala mirada del personal trainer que me había sido asignado. Y, aunque de por sí estaba harto de caminar de esa manera tan ridícula, la verdadera razón de mi comportamiento fue un tirón fuerte en la parte de mi ingle. Decidí ignorarla, al igual que hice las dos semanas pasadas, rechazando la idea de ser sometido a estudios, médicos, entrenamiento específico y, probablemente, comer banco durante toda la temporada por una boludez.

Junte mis pertenencias para salir del lugar, emprendiendo un camino lento hacia el auto debido a la molestia del lugar. Los jugadores que se cruzaban conmigo lanzaban un saludo con cara fruncida y risas entre ellos, y no los culpaba, ya que daba la impresión de que rengueaba por otros motivos. Buenísimo. Lastimado y tachado de presunto puto. Lo que necesitaba para cerrar el mes.

Subí al auto y cerré de un portazo, aprovechando la soledad para estirar mi pierna derecha y masajear la zona que presentaba dolor, tratando que por arte de magia se esfume. Por esa misma acción, choque mi codo contra la manija del auto, lo que provocó una sensación parecida a un reinicio de Windows en mi cerebro. Pero la serie de cagadas no terminaba ahí porque, al tomar la parte para sobar y hacerme para delante, estrelló mi cabeza contra el volante.

Una mezcla de aflicción, bronca y frustración se instalaron en mi sistema cuando le pegué tres piñas al asiento del acompañante, con más fuerza de la necesaria. Acto seguido, suspire con cansancio y tiré todo el cuerpo hacia atrás, dejándome caer en el asiento.

Absolutamente nada estaba saliendo como quería. Ni siquiera podía recordar la última vez que había tenido tanta mala suerte en un periodo tan corto.

Para empezar, fue un rotundo fracaso el intento de intervención en la entrevista de Valentina. No se puede cancelar ni retrasar. También, muy a pesar de los casi ruegos de rodilla propios de Leonardo, se pactó otra con el programa LAM. O sea, iba a ser defenestrado por un grupo de desempleadas lideradas por un enano que tiraba la goma.

Justamente, para que nada se salga de control, pasábamos al segundo motivo de mis pensamientos suicidas; tenía que chuparle las medias a mi ex-mujer para que no me ensucie ante todo el mundo. Porque, aunque querían poner un mínimo de esperanza, sabía perfectamente que no tardaría ni un minuto en decir algo que, claramente, sería llevado a la especulación en mi contra. Por ende, me encontraba hace una semana charlando con Valentina sobre el tema, las consecuencias, cuál eran sus requisitos para solo dar la información adecuada. Una tortura, en todos los sentidos.

𝗔𝗕𝗢𝗚𝗔𝗗𝗔 | 𝗲𝗻𝘇𝗼 𝗳𝗲𝗿𝗻𝗮𝗻𝗱𝗲𝘇 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora