Jisung nunca planeó quedar embarazado y mucho menos del jefe de la mafia más peligrosa del país Lee Minho. Ahora atrapado en un mundo de sombras y violencia Jisung no solo debe protegerse a sí mismo sino también al los bebés que lleva dentro. Mientr...
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La muerte para algunos, un temor ineludible. Para otros, un escape. Para unos más, la condena de perder lo que más amaban. Para Minho, la muerte era una poesía escrita con sangre. Desde que tenía memoria, la vio deslizarse entre los suyos, arrebatar vidas como si nada. Sus abuelos murieron cuando él era demasiado pequeño para entender pero recordaba la diferencia en los rostros de quienes los rodeaban. Algunos estaban angustiados, otros parecían resignados… y luego estaba su padre, sereno, inmutable, casi victorioso.
Minho entendió entonces que la muerte no era más que otra pieza en el tablero de su familia. Un espectro inevitable, una sombra constante. Pero aunque la conocía, aunque la había visto tantas veces, jamás imaginó que se llevaría lo único que le importaba.
El día que su madre murió, algo dentro de él se quebró de un modo irreparable. Fue un dolor que se incrustó en su pecho como un cuchillo ardiente, un vacío que lo consumió desde adentro. La angustia se enredó en su garganta, su pequeño cuerpo tembló mientras su mente se negaba a aceptar la realidad. Quiso gritar pero no salía ningún sonido. Quiso correr hacia ella, sacudirla, suplicarle que despertara. Pero ella no se movió. No volvió a mirarlo. No volvió a decir su nombre con esa dulzura que solo ella tenía.
Se quedó solo. Sin la única persona que lo miraba con amor y no con expectativas. Sin la única que veía en él a un niño y no a un heredero. En su mundo, donde todo era estrategia y poder, su madre había sido su único refugio. Y la muerte se la arrebató.
Minho apenas tuvo tiempo de llorarla. Apenas tuvo tiempo de sentir el dolor antes de que su padre arrebatara lo poco que quedaba de su infancia y lo moldeara a su voluntad. "Los Lee no pueden permitirse debilidades" le dijeron. "Tienes un destino que cumplir."
Y él siempre lo supo. Desde que tuvo conciencia, entendió que su vida estaba escrita mucho antes de su primer aliento. No había escapatoria. No había opción. Su camino estaba trazado y él nunca lo cuestionó.
Pero entonces su madre murió.
Y con su muerte, algo dentro de él se quebró.
¿Cómo se supone que aceptara su futuro cuando la única persona en la que confiaba, la única que le hacía sentir que no era solo una pieza más en ese juego, ya no estaba? Siempre creyó que ella estaría a su lado, que enfrentaría ese destino con su apoyo, con su amor. Pero ahora, estaba solo. Solo con su dolor. Solo con un legado que debía continuar
Lloró en silencio, en la oscuridad de su habitación, donde nadie podía verlo. Se aferró al recuerdo de su madre, al calor de sus abrazos, a la voz que ya no volvería a escuchar. Pero llorar no cambiaba nada. Solo podía aceptar la realidad y convertirse en lo que esperaban de él.
Porque esa era la realidad. No había escapatoria para un niño como él, no cuando su destino había sido trazado antes incluso de que tomara su primer aliento. Secó sus lágrimas, guardó su dolor en lo más profundo de su pecho, allí donde nadie pudiera alcanzarlo, pero nunca dejó ir el amor que sentía por su madre. Nunca dejó de serle leal.