Latidos inciertos

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Los días comenzaron a transcurrir con una calma distinta, casi imperceptible, pero suficiente para que Sasuke notara que algo había cambiado. Naruto —o más bien Menma— ya no le resultaba una molestia insoportable. Sus bromas, antes irritantes, ahora le arrancaban sonrisas involuntarias. Sus ocurrencias, que solían parecerle infantiles, de pronto le parecían… encantadoras.

No sabía cuándo había ocurrido. Tal vez fue después de aquel día en la pista, cuando Naruto insistió en hablarle, preocupado. O quizá antes, en alguno de esos momentos en que lo veía reír con tanta sinceridad que su corazón latía más rápido sin razón alguna.
Sea como fuera, ahora la simple presencia del chico lo alteraba de formas que prefería no analizar.

Una mañana cualquiera, el aula estaba llena de murmullos y risas mientras los estudiantes esperaban al profesor. Naruto llegó corriendo, como siempre, con una sonrisa radiante y un trozo de pan aún en la boca.

—¡Sasuke! ¡Mira, traje desayuno extra! —dijo, extendiendo una bolsita—. Es pan dulce, te va a encantar.

Sasuke frunció el ceño, dispuesto a rechazarlo como siempre, pero el brillo en los ojos de Naruto lo detuvo.
Suspiró y tomó el pan, fingiendo resignación.

—Está bien, pero solo porque parece que no vas a dejarme en paz.
—¡Lo sabía! Sabía que te convencería —rió Naruto, sentándose a su lado.

Mientras lo veía comer feliz, Sasuke se sorprendió de lo natural que se sentía compartir pequeños momentos así. Y cuando Naruto sonrió satisfecho, con las mejillas manchadas de azúcar, sintió un impulso irracional de limpiarle el rostro con los dedos… o tal vez de acercarse más, demasiado más.
Sacudió la cabeza de inmediato.
¿Qué demonios estoy pensando?

Se concentró en su cuaderno, intentando ignorar el calor que le subía al rostro.

A lo largo de la semana, Naruto se encargó de acompañarlo en casi todo: le hablaba en los pasillos, lo esperaba después de clase, lo arrastraba a la cafetería para probar nuevos postres.
Cada gesto suyo era tan genuino que resultaba imposible enojarse con él.
Incluso cuando cometía torpezas, como derramar jugo en sus apuntes o tropezar con su mochila, Naruto siempre se reía y pedía disculpas con una mirada tan inocente que desarmaba cualquier reproche.

Una tarde, mientras caminaban juntos hacia la salida, Sasuke lo escuchaba hablar sin parar sobre una película nueva. No entendía por qué le fascinaba tanto escuchar esa voz.
De repente, Naruto tropezó y casi cae; Sasuke, por reflejo, lo sostuvo del brazo.
El contacto fue breve, pero suficiente para que el pulso se le acelerara.
La piel de Naruto era cálida… demasiado cálida.

Naruto se rió nervioso.
—Jajaja, qué torpe soy. Gracias, Sasuke.
—Ten más cuidado —respondió él con voz baja, intentando que su mano dejara de temblar.

Mientras lo veía alejarse unos pasos adelante, el pensamiento lo golpeó sin aviso:
¿Siempre ha sido así de… bonito?
Inmediatamente negó con la cabeza, sintiendo el calor subirle al cuello.
No, no podía pensar esas cosas. Era su amigo, solo eso. Y sin embargo, cada vez que reía, algo en su interior palpitaba con fuerza.

En clase de arte, Naruto insistió en sentarse a su lado. La actividad del día era dibujar un retrato rápido del compañero.
Naruto se colocó frente a él con una sonrisa traviesa.
—Te advierto que soy malísimo dibujando, pero voy a intentarlo.

Sasuke bufó.
—Mejor no lo hagas, seguro me haces ver ridículo.
—¡Hey! No seas así, te voy a dibujar guapo, como eres.

Las palabras salieron tan naturales que Sasuke se quedó quieto, sorprendido.
Naruto ni siquiera notó el impacto que causó; seguía concentrado, con la lengua entre los labios mientras trazaba líneas torcidas.
Sasuke lo observó de reojo: el ceño fruncido, la concentración en su rostro, la forma en que su cabello caía sobre la frente… y de pronto, un pensamiento fugaz lo golpeó.
¿Cómo sería besarlo cuando hace esa cara?

Su lápiz tembló y el trazo se torció.
Avergonzado, desvió la mirada y fingió revisar la hoja.
No podía seguir así. Cada día le resultaba más difícil fingir indiferencia.

Al final de la semana, mientras esperaban el autobús, Naruto hablaba animadamente de un nuevo videojuego, gesticulando con entusiasmo.
Sasuke lo escuchaba sin decir mucho, pero por dentro su mente era un caos.
No entendía cómo alguien tan diferente a él podía hacerle sentir tan vivo, tan en paz y tan nervioso al mismo tiempo.

Naruto lo miró y sonrió.
—Oye, Sasuke… me alegra que ahora seamos amigos. De verdad.

Sasuke lo observó en silencio unos segundos. Amigos.
Esa palabra dolía y reconfortaba a la vez. No sabía en qué momento había dejado de irritarle.
No sabía cuándo había comenzado a disfrutar tanto de su compañía.
Solo sabía que ahora su mundo era más cálido con Naruto en él.

Asintió suavemente.
—Sí… amigos —murmuró, sin poder evitar que su mirada se suavizara.

Naruto sonrió, sin notar el leve rubor que teñía las mejillas de Sasuke.
Para él, todo era simple: por fin había logrado su meta, Sasuke era su amigo.
No tenía idea de que, en el corazón del otro, esa amistad se mezclaba con sentimientos mucho más complejos, más intensos… y cada vez más difíciles de ignorar.

Esa noche, mientras Sasuke intentaba dormir, la imagen de Naruto riendo, hablando, sonriendo… lo mantenía despierto.
Y, por más que se repitiera que eran solo amigos, su corazón latía como si supiera que aquello ya no era solo eso.

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Naruto como siempre el más despistado
Los quierooo!!

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