Silencios y Distancias

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El reloj del comedor marcaba las nueve de la mañana, pero en la casa de los Uchiha el tiempo parecía haberse detenido. Sasuke seguía sentado en el sillón, con la mirada perdida en el vacío. La taza de café frente a él se había enfriado hacía rato, igual que su respiración.
Sentía que su pecho pesaba, como si una mano invisible lo apretara por dentro.

No podía ordenar lo que sentía. Enojo, sí… pero también decepción, desconcierto, tristeza.
Y algo más, algo que no quería admitir ni siquiera frente a sí mismo: miedo.

—¿Quién eres realmente, Menma? —murmuró apenas, con un hilo de voz, sabiendo que ya ni siquiera podía llamarlo así.

Recordaba su rostro al quitarse la peluca, los ojos azules que antes eran grises, y la voz temblorosa con la que había intentado explicarse.
“No quería mentirte”, había dicho.
Pero ¿cómo no sentirse engañado? Todo ese tiempo, todas esas conversaciones, las risas, los silencios incómodos, los momentos en los que creyó que su corazón se aceleraba solo por amistad…
¿Había sido real? ¿O solo una mentira disfrazada de compañerismo?

Sasuke se levantó bruscamente del sillón. No podía seguir pensando en eso.
Tomó su mochila, salió sin desayunar, y el portazo resonó fuerte, rompiendo el aire cargado que había dejado la noche anterior.

Naruto, por su parte, caminaba sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera.
Había dormido poco.
Las palabras de Sasuke aún retumbaban en su cabeza: “¿Quién carajos eres?”
Cada vez que lo recordaba, sentía un nudo en la garganta.

Sabía que lo había hecho mal. Que debió confiar en él antes, que esconder su identidad había sido una estupidez… pero en su momento, todo le pareció lo correcto.
No quería que lo mirara diferente, no quería que lo rechazara por ser Naruto.

—Soy un idiota… —susurró mientras pateaba una piedrita en el camino.

A pesar de todo, lo que más dolía no era el enojo de Sasuke, sino su mirada.
Esa mezcla de sorpresa y herida que había visto cuando sus ojos se encontraron por última vez.
Naruto había esperado enojo, gritos, incluso insultos… pero no esa tristeza muda que le atravesó el alma.

La escuela no ayudó mucho.
Antes siempre se sentaban cerca, hacían comentarios, discutían por cosas pequeñas.
Ahora, Sasuke ni siquiera lo miraba.

Naruto tragó saliva y se acercó con cautela.
—Sasuke… —dijo en voz baja, intentando que sonara natural—, ¿podemos hablar?

Sasuke alzó la vista un instante. Sus ojos eran fríos, casi vacíos.
—No tengo nada que decirte.

Esa frase le cayó como un balde de agua helada.
Naruto intentó sonreír, inútilmente.
—Solo… quiero explicarte, por favor.

Pero Sasuke ya había tomado sus cosas, alejándose sin mirar atrás.

A lo largo del día, Naruto intentó varias veces acercarse: en el pasillo, en el receso, después de clases.
Pero cada vez era lo mismo.
Sasuke lo evitaba.
A veces fingía hablar con otros, otras simplemente se daba la vuelta.

Era frustrante, doloroso. Naruto sentía que el vacío entre ellos crecía a cada minuto.
Y lo peor era que no sabía cómo llenarlo.

Esa noche, Sasuke se dejó caer en su cama, mirando el techo.
No había podido concentrarse en nada.
Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro.
Ese rostro que ahora tenía nombre y pasado.
Naruto Uzumaki.

El mismo chico que lo hacía reír, que lo sacaba de quicio, que lo empujaba sin querer hacia algo que él creía imposible.
Y ahora…
ahora se sentía traicionado.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio? —susurró en la oscuridad—. ¿Por qué tuviste que hacer todo tan complicado?

Intentó convencerse de que estaba bien evitarlo. Que era lo correcto, que necesitaba espacio.
Pero en el fondo… lo extrañaba.
Extrañaba su voz, sus tonterías, su sonrisa.

Y ese era el problema.
Porque por más que quisiera odiarlo, no podía.

Mientras tanto, Naruto, sentado en el borde de su cama, observaba su celular.
La conversación con Sasuke seguía ahí, llena de mensajes sin responder.
Sus dedos temblaban sobre la pantalla.
“Lo siento, Sasuke.”
Lo había escrito cinco veces, y cinco veces lo había borrado.
Nada parecía suficiente.

Se pasó una mano por el rostro y suspiró.
—Te prometo que voy a arreglar esto… de alguna forma —dijo en voz baja, más para sí mismo que para nadie.

Porque aunque Sasuke lo evitara, aunque lo mirara con rabia o con dolor, Naruto sabía que no podía rendirse.
No después de todo lo que habían compartido.

Y mientras ambos se perdían en sus pensamientos, una misma pregunta los atormentaba en silencio:
¿Podría su amistad —o lo que fuera que tenían— sobrevivir a la verdad?

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