Nada cambiaría.

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Ella estaba en una mezcla de emociones; ella estaba enojada con quien era y en lo que se había convertido. Estaba deprimida por todo lo que fue y lo que siempre va a recordar. Estaba rota por todas las veces que la habían lastimado. Pero más que nada, ella estaba enojada. Y ya no podía contener su ira. Era tan abrumadora que no podía sentarse allí y hacer nada. Así que empezó con su librero; rompiendo todos sus libros y tirándolos al suelo. Los diarios fueron después, rasgando todas las páginas donde había documentado una penosa excusa para su vida. Y por cada página que rasgaba, su odio y dolor aumenta de poco a poco. Fue entonces cuando el llanto comenzó. Su corazón se rompía, se desagarraba a sollozos silenciosos, sus manos temblaban y sus débiles piernas la delataban. Cayó en un sonido sordo contra el suelo. Los sollozos dejaron de ser y fueron gritos de un dolor que se había acumulado por un tiempo. Y aún así nadie se daba cuenta que su mundo se desmoronaba a pedazos. Cuando su garganta le dolía tanto de gritar y sus párpados pesaban como toneladas de haber llorado tanto, se levantó del suelo, puso sus libros de nuevo en el librero, y comenzó a coser las páginas de sus diarios. Porque llorar y destrozarlo todo no iba a cambiar quién era ella. Nada lo haría.

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