Capítulo VIII - La maldición de la bruja

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Cuando Sten acabó con ella, Nora intentó levantarse de la cama, pero para sorpresa de la joven, Sten la agarró del pelo y la estrelló contra el suelo.

—Muy bien, heks, ahora vas a decirme dónde está mi hermano Leo.

—¿Qué? ¡¿Cómo voy a saberlo?!

Nora no entendía por qué le preguntaba aquello. Ella no tenía ningún tipo de relación con su hermano. Precisamente, había sido él quien la había entregado a aquel rey lunático.

—No te hagas la tonta conmigo, te pagó el billete de avión y una casa para que vinieras a vivir a Edimburgo. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—Te confundes de persona. Yo no me he venido a vivir aquí, además, la casa en la que me hospedo era de mi padre.

Sten le golpeó en la cara y la joven chocó contra la pared llevada por la inercia del bofetón.

Nora se llevó la mano a la boca. Le había roto el labio y estaba sangrando.

Se puso de pie con valentía y le miró a los ojos.

—No serías tan valiente si me deshiciera de este collar.

—Créeme, bruja estúpida, ni así podrías conmigo.

—¡Pues quítamelo! —le retó.

El rey la miraba furioso. Las aletas de su nariz se movían, nerviosas. Un aterrador gruñido salió de su garganta, pero Nora se mantuvo clavada donde estaba. No dejaría que la asustara.

Sten se giró y salió de la habitación. En aquel momento, la joven comprendió que el rey le temía incluso más que los demás lobos. ¿Por qué le temía a ella y no a las otras brujas? ¿Qué tenía ella de especial?

Nora calculó el tiempo que tardaban en entrar a buscarla mientras observaba la habitación. La estancia era bastante amplia. Las paredes eran rocosas, como el resto de la cueva. No había cuadros ni objetos personales salvo una cómoda de roble y la inmensa cama de forja con dosel cubierta por una colcha de color granate. Se acercó a la cómoda con cautela y abrió los cajones uno a uno para explorar su contenido.

Había ropa de cama en la mayoría de ellos. El último cajón estaba repleto de pertenencias femeninas. Ese cajón debía ser de la reina. Nora rebuscó entre todos los objetos. Collares, pendientes, pulseras, ropa interior, cepillos para el pelo, horquillas, pasadores...

Horquillas. Nora necesitaba esas horquillas, así que cogió unas pocas y se las echó al bolsillo de la túnica.

Quería seguir buscando, pero oyó cómo unas botas resonaban en el pasillo al caminar. Cerró los cajones y se colocó junto a la cama. Al instante la puerta se abrió y Nora suspiró aliviada por haber llegado a tiempo.

—Nos vamos —dijo Goran al abrir la puerta.

La joven caminó tras el lobo hasta llegar de nuevo a la mazmorra. Mientras se acercaban a la chirriante puerta, observó que había luz exterior al fondo de uno de los pasillos, así que supuso que ese sería el camino hacia su libertad. Pero no pensaba marcharse esa noche. Esperaría un día más, desactivaría ese maldito collar de perro que le oprimía el cuello y se vengaría de Sten.

Cuando Nora entró en su celda, vio una bandeja de comida sobre la cama, un barreño de agua caliente y ropa limpia. Goran encendió uno de los candiles de la mazmorra y Nora le miró sorprendida.

—¿Por qué haces todo esto? ¿Y de dónde has sacado mi ropa? —Los pantalones vaqueros y la camiseta amarilla de manga corta que habían sobre la cama eran prendas que ella misma había metido en la maleta que se encontraba en su casa de la calle Victoria.

La maldición de la brujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora