Capitulo XI - La maldición de la bruja

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Regresaron al cabo de una hora. Nerys, Vidar, Leo, Goran y otro hombre a quien no conocía. Se acercaron a ella.

—¿Dónde está Liah? —fue lo primero que preguntó Nora al ver a Goran.

—Está a salvo —contestó él con una sonrisa.

Nora no pudo evitar correr hasta él y abrazarle. Se sentía tan agradecida por lo que había hecho por Liah que no sabía cómo pagárselo, así que se limitó a abrazarse a su cuello. El joven le devolvió el abrazo, aunque se notaba que estaba algo incómodo.

El gruñido de uno de los lobos se escuchó demasiado cerca y Nora, asustada, se separó un poco de Goran para ver de dónde había salido. Leo se encontraba a su lado.

—Que corra el aire entre vosotros dos —dijo el joven con los dientes apretados.

—¡Tú! ¡Vikingo traidor! ¿Cómo te atreves?

Nora estaba indignada. ¿Cómo se atrevía a decir aquello después de haberla abandonado a su suerte en aquella cueva? Estaba muy furiosa y necesitaba que la insultara o le dijese algo para poder pelear con él. Pero Leo se limitaba a mirarla con sus enormes ojos azules llenos de deseo y una pícara sonrisa en los labios.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó furiosa.

—Sí, que no vuelvas a abrazarte así a ningún hombre.

—¡Serás capullo! ¡No te importó cuando tu asqueroso hermano tomó mi cuerpo sin piedad! ¡Y tampoco te importó abandonarme después de aprovecharte de mí en aquella asquerosa celda! —sus palabras hicieron que Leo rugiera furioso.

Y sin poder reprimir más su ira, se abalanzó sobre él golpeándole el pecho con los puños, aunque si hubiese llegado a su cara se la habría golpeado igual, pero Leo era enorme.

—¿Has terminado? —preguntó el vikingo.

—¡No te soporto!

Pero lo cierto era que sí lo soportaba, que le gustaba insultarle y discutir con él, pero necesitaba entender por qué la había abandonado allí, por qué la había utilizado. En realidad, necesitaba entender muchas cosas. Como por qué se sentía así por él cuando no se conocían apenas. ¿Sería eso lo que la gente solía llamar un flechazo? ¿Podía gustarle realmente Leo a pesar de lo que le había hecho? No, no podía gustarle un tío que la había secuestrado para entregarla a un montón de lobos hambrientos. Tenía que obligarse a odiarle como fuera.

Leo soltó una carcajada y Nora se dio la vuelta, dispuesta a marcharse hecha una furia. Unas fuertes manos la agarraron por la cintura y Nora supo al instante que era él de nuevo. Nunca se cansaba de fastidiarla.

Leo la giró hasta que quedaron frente a frente e hizo lo que llevaba horas deseando repetir. Se apoderó de su boca con un deseo tan primitivo que incluso le cortaba la respiración. Al principio Nora se resistió e intentó apartarle, pero acabó cediendo y besándole con el mismo fervor. Si hubiesen estado solos, Leo no hubiese dudado en desnudarla y hacerla suya, pero los demás estaban allí mirando. Se separó de ella y antes de que pudiese darse cuenta, Nora le propinó un bofetón tan fuerte que incluso le volteó la cara. Eso no le gustó. No quería que le rechazara.

—No vuelvas a besarme nunca más, ¿lo has entendido?

Leo asintió con la mandíbula apretada. Sabía que a ella le había gustado el beso, pues el intenso aroma a chocolate fundido que desprendía cuando se excitaba había llegado hasta su nariz, pero podía entender que se sintiese confundida por su actitud. Él la había dejado allí desamparada y ella necesitaba saber por qué. Bien, se lo explicaría cuando tuviera la oportunidad. No quería que huyera de él cuando tanto la deseaba.

La maldición de la brujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora