La maldición de la bruja - Capítulo XIV

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—¿Qué era eso tan urgente que no podía esperar? —peguntó Leo.
—Tenemos que marcharnos a Calton Hill, Sten va a quemar esta noche a otra bruja. No podemos permitirlo.
—¿Qué… qué estás diciendo? ¿Cómo que a otra bruja? ¿A quién han quemado? —Nora miraba a Leo y a Duncan confusa.
—¿No se lo has dicho? —recriminó su hermano al vikingo.
Leo apretaba los puños y la mandíbula. Nora no podía creer que hubiesen permitido que quemasen a ninguna bruja. Leo creía en su causa, no haría una cosa así, no cuando había luchado contra los suyos por salvarlas a Liah y a ella. Esa verdad le golpeó con fuerza. Leo había peleado contra los demás lobos por ella cuando llevaba años persiguiendo a su raza. ¿Por qué lo había hecho? ¿Sería posible que el vikingo sintiese algo por ella?
—Ella no necesita más sufrimiento —contestó mostrando sus dientes a Duncan.
—¡Contestadme!, ¿qué ha pasado? Leo, por favor —le pidió. El rehuyó su mirada y Nora supo que no se lo iba a contar, así que optó por su hermano—. Duncan.
—Anoche quemaron a una bruja. Están amenazándonos. Es una clara advertencia de que quemarán a todas las brujas si no nos apartamos de su camino y te entregamos.
—¿Entregarme?
Leo soltó un rugido aterrador y se interpuso entre Duncan y Nora.
—¡Nadie la va a entregar!
—Tranquilo, lobo, jamás la entregaría de verdad, pero podríamos utilizarla de cebo. Si la llevamos con nosotros a Calton Hill, los distraeríamos mientras liberamos a la bruja. Podemos aprovechar su despiste para atacar.
Nora apartó a Leo para ver a su hermano.
—¿A quién quemaron ayer?
—A una tal Beth. No sé a quién le tocará esta noche.
—Iré con vosotros —afirmó con decisión.
—¡No irás a ninguna parte! —Leo la apartó sujetándola del brazo.
—¡Suéltame, bruto! Iré y no puedes hacer nada para impedirlo.
Se mantuvieron las miradas, amenazantes, durante un largo minuto en el que ninguno de los dos cedió, aunque Leo sabía que aquella batalla la tenía perdida. Nora era una mujer muy testaruda. Pero si los suyos la veían allí, no pararían hasta llevarla con ellos, y él no estaba dispuesto a dejarla en manos de su tarado hermano de nuevo.
—Está bien —aceptó—. Prométeme que te esconderás y te mantendrás apartada cuando empiece la lucha.
¿Eso que Nora veía en sus ojos era preocupación?
—Lo prometo.
Aunque dudaba que pudiera mantenerse al margen si veía en peligro a alguno de los suyos. Pero no quería preocupar más a Leo. Sin entender cómo ni por qué, Nora se sentía inmensamente atraída por Leo y tenía la necesidad de protegerle. Pero, ¿quién entendía los sentimientos? Aparecían sin avisar y no necesitaban razones para ello. No podías resistirte a la fuerza con la que te arrollaban y te llevaban sin permiso por una montaña rusa de sensaciones y emociones que no se dejaban controlar. ¿Por qué no disfrutar mientras durara?
De camino a Calton Hill, Nora se preguntaba quién sería la bruja a la que pretendían quemar. Eran muchas las que tenían encerradas en la vieja mazmorra. Pensó en Beth, y se apenó por ella. Lo cierto era, que la bruja de ojos burdeos no le había caído muy bien, pues era malvada de verdad, pero nadie debería morir de esa forma tan cruel. Lo más probable era que Beth tuviese sus motivos para pensar y actuar del modo en que lo hacía, sin ser del todo consciente de las consecuencias de sus actos, pero no merecía que la quemaran viva. Si la hubiesen dejado marchar a casa en vez de encerrarla en la cueva, seguramente Beth no se hubiese metido con ellos, pero eso no había ocurrido así y ella se había marchado para siempre.
—Vuelve a casa, Beth —la despidió.
—¿Cómo dices? —preguntó Leo.
Pero Nora no contestó, derramó sus lágrimas en silencio mientras caminaba bajo la constante vigilancia del vikingo, al que Nora no le permitió que viera su pesar. 
Subieron por el camino que llevaba a la colina. Ya podía divisar al fondo el monumento conocido como «la Deshonra de Edimburgo». El monumento  debería haber sido una réplica del panteón griego, pero por falta de fondos, detuvieron su construcción y, lo que actualmente había, eran doce de las columnas que hubieran formado el panteón. A pesar de su nombre, a Nora le gustaba mucho ese lugar y el monumento era parte de él. En la colina también se encontraban el observatorio de la ciudad, el National Monument, el Dugald Steward Monument y la torre del Nelson Monument. Desde allí se podía contemplar Holyrood Park y el resto de la ciudad.
Cuando era pequeña, adoraba pasar el día en Calton Hill con sus padres, corriendo y jugando entre las magníficas construcciones. Pero desde que su madre murió, no había vuelto allí.
Entre las columnas del panteón y el observatorio, Nora pudo ver a Sten seguido de sus secuaces, rodeando a alguien.
Los escucharon llegar y se volvieron para encararlos, dejándoles ver a la bruja que tenían atada a un poste de madera. Alison tenía la cabeza baja y de su pelo y su rostro goteaba un líquido brillante y espeso. Bajo los pies de la mujer había ramitas de árboles y paja, también empapados.
«Es gasolina», pensó Nora, aterrada.
—Alison…
A Nora se le paró el corazón al ver a la mujer que tanto la había ayudado allí atada. ¿De verdad iban a quemarla sin más? ¿No se les removía la conciencia? Eran seres sin escrúpulos. ¿Y ellos tachaban a las brujas de malvadas? ¡No tenían derecho!
Leo le acariciaba la espalda intentando calmarla, pero ella no podía estar tranquila mientras Alison estuviera allí atada.
—Tenemos que soltarla. —Nora miró a Leo suplicante.
El ruego que el vikingo vio en sus ojos tristes lo desarmó. Comprendió que haría cualquier cosa que ella le pidiese. Aunque no llegara a perdonarle nunca por el daño que, con su ceguera, le había causado, le haría ver que estaba arrepentido y que por ella bajaría al mismísimo infierno.
—Tranquila, gatita, no dejaremos que le ocurra nada.
Los lobos de Sten dieron un paso hacia ellos e, inmediatamente, los suyos la cobijaron de sus miradas.
—Entregadnos a la pelirroja —ordenó el rey.
—¡Jamás! —bufó Leo.
Sten le miró con incredulidad.
—¿Qué te ha hecho esa bruja, hermano? ¿No ves que te ha embrujado?
—Nadie me ha embrujado, estoy muy cuerdo.
Su hermano rió con sorna.
—Hablas como todos los lobos hechizados. ¡Mírala, es el vivo retrato de la bruja que mató a nuestra madre! Has caído bajo sus garras como padre cayó en las de Nimue. Estás defendiendo a nuestra peor enemiga.
—Ella no es Nimue. No es culpable de los actos de sus antepasados.
Sten avanzó unos pasos hacia ellos cargado de ira. Leo mantuvo a Nora tras él mientras los demás cerraban el círculo. Ella quería verlos, pero los cuerpos de los lobos eran tan enormes que no conseguía ver nada.
—¡Es una bruja! ¡Una maldita y asquerosa bruja!
—¡No hables así de ella! —dijo adelantando un paso.
—¡No me lo puedo creer! ¡¿Te has acostado con ella?! —preguntó espantado—. ¡Jodido capullo! ¡Esa puta te ha sorbido el cerebro! ¿No lo ves?
El cuerpo de Leo estaba convulsionando entre pequeñas descargas de ira. Sus ojos se estaban ensangrentando y un hocico feroz comenzaba a aparecer en su rostro. Solo podía pensar en derramar la sangre de su hermano.
—No puedes tocarme, hermanito, tenemos un vínculo —le recordó Sten—. Si me matas, tú también morirás.
—No me importa si así te aparto de ella.
La mera idea de ver morir a Leo heló la sangre de Nora en sus venas. No dejaría que la dejara sin más, ¡aún le debía muchas explicaciones! La joven le agarró del brazo, pero él se soltó de forma brusca antes de que su cuerpo convulsionara con violencia para dejar paso al lobo que vivía en su interior. El enorme lobo grisáceo apareció en el lugar que, un segundo antes, ocupaba Leo. Enseñaba sus fauces entre gruñidos salvajes.
Sten también se transformó, mostrando el aspecto de otra fiera del mismo color.
Leo saltó sobre su hermano y la lucha se desencadenó ante sus ojos, y donde antes había hombres corpulentos, ahora se encontraban aquellos lobos enormes y salvajes. Era imposible diferenciarlos en su forma animal, pues los ojos de ambos estaban inyectados en sangre.
Mientras los lobos se atacaban unos a otros entre zarpazos y mordiscos, Nora corrió hasta donde estaba Alison, pero antes de que pudiese llegar, Caitlin apareció con una antorcha y le prendió fuego.
—¡NOOOO! —gritó Nora presa del terror.
Las llamas se alzaron al instante y Alison empezó a retorcerse entre gritos de dolor. Nora corrió hasta ella tan rápido como pudo. La loba, al verla, huyó despavorida.
¿Cómo apagaría el fuego sin agua? ¡No había extintores, no había nada con lo que aplacar las llamas!
—¡Alison! ¡Aguanta por favor! —sollozó Nora. —¡Alison!
Nora se esforzó por apagar el fuego con su magia, pero nada sucedía. Las llamas no cesaban y el agua no aparecía. Nora gritó de impotencia al ver como su amiga se quemaba ante sus ojos sin poder ayudarla.
Duncan apareció con las ropas rotas por la transformación portando un extintor en las manos. Cuando consiguió apagar las llamas, la cabeza sin vida de Alison caía sobre sus hombros carbonizados.
Nora la desató con rapidez y la acunó con cuidado, pero su amiga ya estaba muerta. El dolor que sintió en el pecho le desgarró el corazón y los pulmones impidiéndole respirar. Y aulló de dolor entre lágrimas. Las ventanas de los edificios que había alrededor estallaron en miles de pedazos.
—Nora —la llamó Duncan, pero ella no le hizo caso.
No iba a dejar que aquello quedara así. Depositó a Alison sobre el suelo con delicadeza y corrió colina abajo tras el rastro de la loba.
—¡Nora! —Duncan la llamaba entre el bullicio de los guerreros que seguían peleando.
El aullido de un lobo sonó a sus espaldas y Nora supo que era su vikingo. No sabía cómo, pero tenía la certeza de que era él.
Vio la melena rubia de Caitlin al final del camino; la loba había corrido hasta la calle Waterloo Place, aminorando el paso sin saber que Nora iba tras ella.
La rubia se adentró en el cementerio intentando esconderse pero, al subir los escalones, Nora se abalanzó sobre ella. Rodaron por el húmedo suelo del cementerio. Nora la agarraba del cuello intentando estrangularla, pero la loba le arañó el hombro desgarrando su piel y tuvo que soltarla.
—¡Maldita perra! —bramó Nora.
Caitlin intentó escapar de nuevo, pero Nora era más rápida y la tiró al suelo otra vez. Cayeron sobre el césped, entre las tumbas. Caitlin le golpeó en la cara haciéndole sangrar la nariz y la boca, y Nora, poseída por el dolor de la perdida y la locura, la agarró del cuello y le golpeó la cabeza contra una fría lápida.
Caitlin quedó inmóvil. Ella no fue capaz de comprobar si la había matado o seguía viva. Había vengado a su amiga, pero eso no hizo que se sintiera mejor.
—¡Nora!
La voz de Leo se oía con claridad en el silencioso cementerio. Nora se levantó del suelo y su mirada se encontró con la del vikingo, que corrió hasta ella desesperado.
Cuando Leo vio la sangre que manchaba el rostro de la bruja y su ropa, la furia volvió a hervir en su interior.
—¿Qué te ha hecho? ¿Estás bien?
Nora afirmó con leves movimientos de cabeza.
Leo descubrió a la loba tirada en el suelo con un charco de sangre a su alrededor y se acercó para comprobar si estaba viva, pero el pulso no latía en sus venas. Se apenó por ella, pues era otra víctima del desalmado de su hermano, pero se alegró de que no fuera Nora la que perdiera la vida.
Sin poder aguantar más, la bruja rompió a llorar desconsolada. Leo la envolvió en un consolador abrazo.
—Tranquila, Nora, ya ha pasado. Te llevaré a casa. 

La maldición de la brujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora