Capítulo XII - La maldición de la bruja

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Cuando Nora se levantó a la mañana siguiente, la casa estaba en completo silencio. Todos estaban durmiendo, repartidos entre el salón y las habitaciones. Nadie se había atrevido a entrar en su dormitorio para compartir la cama, ni siquiera su propio hermano recién encontrado. Nora no le hubiese negado a nadie un trocito de su colchón.

Se metió en la cocina, se colocó los cascos de su iPod y le dio caña. La música de Bon Jovi resonaba en sus oídos mientras preparaba el desayuno.

Nunca había preparado comida para tanta gente, pero Nora quería ser una buena anfitriona. Quería que, a pesar de que tuviesen que dormir todos apretados, se sintiesen como en casa.

Preparó café, té, tostadas, huevos revueltos, beicon y zumo de naranja para todos.

Leo la observaba desde el vano de la puerta, hechizado por el suave contoneo de sus caderas desnudas. Llevaba puestos unos vaqueros de cintura baja y una camiseta de tirantes azul que dejaba a la vista su liso vientre. Iba descalza.

Bailaba al son de la música que sonaba por sus auriculares a la vez que cantaba la canción y preparaba un generoso desayuno. Leo podría haber pasado todo el día entero allí de pie, observando sus exóticos movimientos. La energía que aquella joven desprendía le llamaba igual que la luz a las polillas, y le hacía querer revolotear a su alrededor.

No sabía qué tenía aquella joven para atraerle de aquella forma, pero la verdad era que la deseaba. Le gustaba su pelo del color del atardecer, sus ojos dorados como el sol, sus voluptuosas curvas, su olor a chocolate fundido...

Tenía que parar de pensar en ella de esa forma o se lanzaría sobre ella y se postraría a sus pies pidiendo una sola caricia de sus generosos labios.

Leo había aceptado la regañina de Nora porque la joven estaba en todo su derecho de rechazarle y mandarle al cuerno. Él la había entregado a su manada para que la devoraran. Se había sentido confuso por sentir el torbellino de emociones que se había apoderado de él desde que la besó en España. Se creía hechizado al sentir todo aquello. Después de todo lo que había visto en sus cientos de años de vida, jamás hubiese pensado que verdaderamente, las brujas no fuesen las malas de la historia. Habían sido víctimas los unos de los otros, y en vez de ayudarse entre ellos, las dos razas se habían enzarzado en una lucha sin sentido que había provocado la desgracia de ambas. Pero no fue capaz de comprenderlo hasta que no vio a Nora herida y desmadejada en la cama de su hermano. Se había sentido tan furioso que, si no hubiera sido por el vínculo que les unía, le hubiera matado él mismo. Después de aquello, había estado tan necesitado de sus caricias y su perdón que había tenido que volver a la cueva a escondidas para poseerla.

Y ahora ahí estaba, mirando los movimientos hipnotizadores de la joven bruja mientras se excitaba sin remedio y sin consuelo. Porque después de todo, ella no se apiadaría de su alma para calmar su deseo de nuevo.

Nora giró sobre sí misma al son de la balada de rock Always. Le encantaba aquella canción.

No se dio cuenta de que la observaban hasta que, por el rabillo del ojo, detectó un leve movimiento en el umbral de la puerta de la cocina. Era Leo, que la miraba como si quisiera desayunársela a ella en vez del beicon y los huevos.

La joven se ruborizó al instante, su corazón comenzó a galopar enloquecido y sus piernas flaquearon. Nora estaba harta de sentir todo aquello cada vez que le veía, pero es que cuando Leo la miraba, ella se sentía atrapada en las profundidades azules de sus ojos.

Se sacó los auriculares de los oídos y le dio los buenos días sin mucho entusiasmo.

—Buenos días, heks —respondió él—. Huele bien aquí, ¿qué has preparado?

La maldición de la brujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora