Capítulo IX - La maldición de la bruja

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Caminaba por su celda sin poder pegar ojo cuando oyó unas voces discutir en la puerta de la mazmorra.

—Ella solo predice, no puede ver lo que tú quieras que vea.

—¡Lo hará! ¡Verá lo que yo le pida o será la siguiente en quemarse en la hoguera!

El molesto rechinar de la puerta le puso los pelos de punta. Sten entró seguido de sus gorilas Bard y Kyle. Nora creyó que iban a por ella, pero pasaron de largo sin prestarle atención.

—¡Ábrela! —ordenó Sten a Kyle.

El moreno hizo lo que le decía y abrió la puerta que retenía a Liah.

—¡Traedla al salón!

Sus dos súbditos entraron en el mugriento cubículo y sacaron a la joven por los brazos.

—¡No! ¡No, por favor! ¡No me llevéis con él, por favor! ¡Ayudadme, por favor, ayudadme! —sollozaba Liah muerta de miedo, mirando a las brujas encarceladas. Ellas, impotentes, volvían la cabeza para no mirarla.

—¿Qué vais a hacer con ella? ¡Soltadla! —gritó Nora furiosa golpeando los barrotes de su celda.

El rey se detuvo y la miró con una ceja alzada.

—¡Qué sorpresa! Tenemos una rebelde con nosotros... —Se mofó Sten—. Que baje Kilian y la traiga también. Le enseñaremos modales.

Los tres hombres desaparecieron por la puerta y al cabo de un minuto, Kilian y Bard entraron a por ella.

Nora no mostró resistencia y, a pesar de que aquellos dos lobos la empujaban a cada paso y la zarandeaban intentando asustarla, Nora no les mostró ni una pizca de miedo.

La llevaron al mismo salón en el que estuvo el primer día que llegó allí. No todos los lobos estaban presentes, pues no se encontraban ni Leo, ni Vidar, ni tampoco Goran.

Liah estaba arrodillada en el suelo frente a Sten y Caitlin. La joven sangraba por la boca, le habían roto el labio de un golpe.

Sten centró su atención en Nora al verla entrar en la sala con paso decidido.

—¡Atadla! —ordenó a los dos hombres que la custodiaban.

Ella no se resistió. La llevaron hasta la pared izquierda y ataron sus manos a las argollas metálicas que colgaban de ella.

El rey se acercó a Liah y le tiró del pelo mientras la joven gritaba del dolor.

—Dime, monstruo, ¿dónde están los dos lobos que me faltan?

—¡No lo sé, mi señor...! —sollozó la bruja.

La pobre muchacha lloraba sin parar. Estaba aterrada y Nora quiso calmarla.

Divisó algo metálico en la mano del rey antes de que golpeara la mejilla izquierda de Liah. La pobre gritaba del dolor mientras la herida se abría en su rostro y comenzaba a sangrar profusamente.

—¡Déjala en paz, lobo sarnoso! —Nora no pudo contenerse.

No podía seguir viendo sufrir a aquella joven.

El rey se giró hacia ella con la mandíbula apretada.

—¿Cómo has dicho?

—He dicho que la dejes en paz.

Sten comenzó a reír a carcajadas y al instante, todos los allí presentes le siguieron.

—O eres tonta o tienes muchas agallas, pelirroja. ¡Ese insulto te costará caro!

La maldición de la brujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora