20| El más feliz

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27/08/99

2:22 a.m.

Me desperté por la madrugada porque un peso movió mi colchón y un fuego azul me deslumbró. At se había metido en las sábanas conmigo, abrí los ojos y lo miré recostado a mi lado, apoyado sobre su codo.

—Hola —me saludó con la dulzura de su voz.

—At, ¿qué pasa? ¿No puedes dormir? —mis preguntas sonaban suaves debido a lo adormilada que estaba.

Sólo sonrió. El color de nuestros ojos se mezcló por mirarnos largo rato y después él volvió a hablar.

—Macky, ¿cuánto tiempo me esperarías si me voy de repente? ¿En cuánto tiempo me superarías?

Ahora sé que lo decía en serio, pero en ese momento no quise tomarlo así, creí que era otra de sus bromas sobre la situación que estábamos atravesando, así que cerré los ojos y le respondí: —Te esperaría toda la vida, At...

Siguió demorándose en responder, entre más lo veía, más parecía un sueño, un sueño azul hermoso.

Y nunca te superaría —respondí su segunda pregunta.

—Si no eres sincera, me quedaré con tu alma —advirtió sin dejar de sonreír; pero yo ya me quedaba dormida otra vez. Creo que le dije que estaba bien. Porque estaba bien, él podía tener lo que sea que yo tuviera, y en ese momento lo sabía. Siempre lo supe.

3:33 a.m.

Me desperté llorando, con la sensación de soledad y abandono.

Ni el viento helado que entraba por la ventana ni los aleteos desesperados de Shiro me sacaron de mi trance. Giré al lugar a mi lado, apenas una hora antes él estaba recostado junto a mí y me miraba como si fuese yo la cosa más exquisita que había visto en su vida, ¿o era yo quien lo miraba de esa forma?

Salí de la cama y caminé hacia la jaula para liberar a la paloma, ella voló y salió por la ventana abierta tan rápido como pudo.

—También te vas... —murmuré. Shiro ni siquiera se despidió, le urgía dejarme. Por fin me habían dejado sola.

Una ráfaga helada me sacudió la bata para dormir, me alborotó el cabello, unas nubes nublaron la intensa luz de luna por unos instantes. El clima se volvió violento, como sufrimiento su partida tanto como yo, al menos los cielos sí lo expresaban. Yo, en cambio, apenas lo pude asimilar, y cuando lo hice... Salí del shock y me puse los primeros zapatos que encontré.

Bajé las escaleras, salí por la puerta trasera como había hecho antes con At. El duro viento repentino me dificultaba la caminata, mis pies amenazaban con tropezar. Los tenis me raspaban los pies por no haberme puesto calcetines y, sin embargo, eso tampoco importaba ahora.

Apenas llegué a nuestro lugar, esa pequeña cabaña abandonada, alejada de las casas, entre los árboles.

—¡At! ¿Estás ahí? —grité a los alrededores, me odié por no entender las palabras que At me dijo. Se estaba despidiendo, ¿y me preguntó en cuánto tiempo lo superaría? Jamás... ¡Dios!

—¡¿Esa fue tu manera de despedirte, At?! —pregunté al viento—. ¡Qué tontería! ¡Ya...! —en este momento ya me estaba fallando la respiración—. Ya no juegues... —susurré. El frío me estaba venciendo.

Inhalaba y exhalaba, una y otra vez para recuperar el aliento. Mis palabras se quedaron en el aire. Las escaleras de la casita se veían peligrosas en ese momento, solo tocadas por la luz nocturna, en otras circunstancias no habría reunido el valor suficiente para subirlas.

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