22| Todo lo que perdí

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02/10/99

Estoy caminando bajo la fría lluvia, entre la espesa niebla, mis rodillas y codos están raspados, pero no siento el ardor... Es más de media noche, estoy segura, todo esto es real: no dejo de recordar mientras cargo a Claire sobre mi espalda.

«Tengo frío»

Temblando, llorando, ¿sabes por qué no me gusta la lluvia? Porque, no importa cuánto llore conmigo, jamás me comprenderá, y por eso no me consuela.

Estoy segura de que mis ojos están hinchados, me arden. Yo... de verdad pensé que él no se iría nunca.

Llegué justo frente a mi casa con las piernas temblorosas por el peso de mi amiga. Las luces están encendidas y mamá busca con la mirada.

—¡Macky! ¡Mi hija, mi niña! Ay, no, ¿a dónde fueron? ¿Están bien? —casi como un reclamo, mamá expresó su preocupación. Le dije que sí, me dio un beso. Me liberó de Claire y se la llevó adentro.

Papá salió corriendo, iba cargando una mochila de emergencias y llevaba puesto un impermeable, estaba a punto de ir a buscarme. Corrió hacia mí, se quitó el impermeable, se quitó su chamarra y me la colocó encima. No me dijo nada, tampoco esperó a que yo dijera algo. Sentí su calma después de una terrible desesperación.

La culpa me carcomía por preocuparlos, no merecía tener padres tan buenos que me amaran tanto.

Me di un baño pero ya era tarde, el dolor de garganta me estaba matando. Y al día siguiente desperté agripada.

Fiebre, y dolor corporal, mala combinación. Abrí los ojos y vi a mi madre dormida, recargada en mi cama; el reloj del buró marcaba las 5:07 PM.

Me senté en la cama, un paño frío cayó en mis piernas. Por supuesto, Clarie ya no estaba, se había llevado su mochila, su ropa y la ropa seca que le presté al llegar de la lluvia. Regado por todas partes había una botella con agua, una charola con agua y hielos, más toallas limpias, papel, una caja de cápsulas antigripales. Trasnochó cuidándome.

—Mamá... —sobé su espalda, ni siquiera lo sintió.

Parecía cansada, ver a mi madre cerca de mí, tan relajada, me hacía sentir segura. Me decidí a levantarme, no sin antes colocar sobre su espalda una manta para que no le diese frío. Mis pies tocaron el suelo gélido y duro. Todavía me sentía débil.

Fui a detenerme frente al espejo para verme completamente, despeinada y con ojeras, la pijama que usaba ahora parecía quedarme un poco grande, yo me hice más pequeña. Un rechinido le estorbó a mis oídos, giré para enterarme, era la puerta de aquella jaula vacía que se balanceaba de un lado a otro, otra vez la gran ventana estaba abierta, las cortinas blandían con furia cerrando la puerta de la jaula. Mientras dormía, entre sueños, le rogué a mamá que no cerrara la ventana. Él podría volver... Él podría... Pero no. Aún me faltaba. Shiro también faltaba.

Hay un diario que guardo en el desperfecto de la pared, detrás del espejo. El espejo es la puerta de un mueble grande y pesado, lo conseguí hace pocos años, y allí guardé mi diario, decidí que lo dejaría allí para recordar a mi amigo si alguna vez se iba. Para tener cada detalle suyo. Tenía un candado y él sabía la contraseña, porque era un diario que escribíamos juntos.

Ya estaba sonriendo al mismo tiempo que lloraba. Recorrí el mueble, así de pesado lo recordaba. Traté de hacer el mínimo ruido para no despertar a mamá.

El desperfecto de la pared era más bien un hueco tan grande para albergar un libro y allí estaba, tal como lo dejé, dentro de una bolsa que lo mantenía intacto.

Lo saqué de ahí, me senté en el suelo y acaricié la cubierta. Parecía libro de película, en eso estuvimos de acuerdo, ¿no, chico tonto?

Tomé el candado entre mis dedos, la combinación de cuatro números. Tu cumpleaños y el mío, porque nacimos al mismo tiempo. Eso me dijiste tú hace mucho tiempo.

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