. “CONSECUENCIAS PARA EL DRAGÓN”
Hermione estaba que no se lo creía. Se había librado por los pelos de sufrir una agonía terrible por deseos de la perra arrastrada que era Ginevra Weasley.
-Y la muy puta se llenaba la boca con palabras de amistad –rezongó lo suficientemente bajo para que nadie pudiese oirla.
Allí estaba, en un lateral del Gran Comedor, observando la monumental rabieta que estaba teniendo la pelirroja. Algo en su interior se inflamó por la satisfacción. A ver si en uno de esos arranques tenía la suerte de que le diera un jamacuco a la enana esa y se libraban de ella. Luna, a su lado, hacía unos esfuerzos terribles por no soltar la carcajada ante aquel lamentable espectáculo. Voldemort miraba a su prometida con desgana, como si dudara entre permitirle aquel arranque o lanzarla un Avada y terminar por fin con aquel suplicio de aullidos.
Hermione buscó a Malfoy hijo entre todos aquellos seres que tanta repulsa le causaban. Fue facil encontrarlo. Su cabellera platinada, junto a la de su padre, resaltaba como un faro en la noche. Por la expresión de su rostro, se le veía más que molesto por la pelirroja. Y el tener que estar hablando con los Weasley terminaba de rematarlo. Luna siguió su mirada y sonrió de lado.
-Me apuesto todo el oro de mi adorado prometido a que en estos momentos, el hurón ha ideado mil y una maneras de torturar de la forma más dolorosa a la tribu pelirroja.
-¿Tu qué? –se giró hacia su amiga. Luna continuaba con aquella sonrisa suya inamovible.
-Prometido. A pesar de ser una “rebelde” pro-Potter, como soy sangre pura, me tengo que casar con un mortífago asignado por Voldemort en persona. –Luna señaló con la cabeza el rincón opuesto al de Malfoy. Un chico de su edad, de piel morena e impresionantes ojos verdes charlaba animadamente con Pansy.- Blaise Zabinni, mejor amigo de Malfoy y uno de los más leales servidores a la causa mortífaga.
-Y lo dices así, tan tranquila.
-Le conozco desde el colegio. Era uno de los pocos Slytherin que me ayudó de vez en cuando. Siempre a escondidas. –Luna miro fijamente a su prometido- A veces pienso que casi todos los mortífagos de nuestra generación lo son porque les obligan.
-Nadie te puede obligar a convertirte en un asesino, Luna –Hermione intentó tranquilizarse. Si levantaba la voz siquiera una milésima, atraería la atención de todos los mortífagos allí reunidos. Y siendo ella quien era, y siendo lo que era, era de todo menos bueno.
-Piénsalo bien, Herms. Si naces en una familia de sangre pura cuyos ideales son mantener dicha pureza cueste lo que cueste. Si oyes día a día desde que naces esas palabras y ves esos actos… ¿Qué crees que harás tú cuando te den la oportunidad de continuar con aquello que empezaron tus ancestros?
-Seguiría sin dudarlo. Pero resulta tan atroz….
Draco mantuvo la boca cerrada toda la conversación. Su padre había insistido en entablar una animada charla con la familia pelirroja. Ahora que la menor era la futura esposa del Señor Tenebroso tendrían que estar a buenas con aquellos arribistas. Y el patriarca de los Weasley, a pesar de su odio legendario hacia los Malfoy, sabía que tendría que mantener las formas con el patriarca de la familia sangre pura más antigua de toda Europa. Solo por si las moscas. Por suerte para su salud mental, el imbécil retardado de Ronald estaba muy entretenido con la comida. ¡Por Merlín bendito! Vale que antes de su sonada traición no tenían ni dónde caerse muertos, pero ahora… joder, gozaban de la protección personal del mismísimo Señor Tenebroso. Por lo menos debería mantener las apariencias ante el resto de mortífagos.
-Se te ve muy tranquilo, joven Malfoy –Arthur Weasley le miró con algo parecido al asco.- ¿No temes perder el favor de nuestro señor a manos de alguno de mis vástagos?
-Ni viviendo mil vidas, señor Weasley –Draco le sonrió como un tiburón puede sonreirle a su presa.
-Demasiado orgullo, me parece a mí –Arthur sonrió también con malicia. No le había costado nada seguir a sus hijos menores tras la traición al Niño que Vivió. Como buen patriarca, supo ver todas las ventajas que aquello traería a su familia.
-El joven Draco puede sentirse orgulloso de ser quién es y de estar en la posición en la que está –Voldemort se situó junto al joven platinado- Desde que entró a mi servicio ha sido un éxito tras otro. Ni una sola decepción. Ante nosotros tenemos el prototipo de mortífago perfecto: capaz de bailar la más bella danza en un salón y matar sin piedad a su acompañante al segundo siguiente.
-Mi señor, desearía retirarme. Aún arrastro el cansancio de estos últimos días.
Voldemort asintió en silencio. Le encantaba la eficiencia de aquel chico de helada mirada y alma negra. Draco, aprovechando que tenía permiso de su señor, caminó hacia el rincón donde la sangre sucia y su amiga la lunática conversaban y la agarró de la muñeca con fuerza. Sin hablar, la sacó casi a rastras de allí. Cogió también a Luna del brazo y se la llevó con ellos.
Caminaron en silencio hacia las mazmorras. Una vez ante la pared que cubría el acceso a la antigua casa de Slytherin, escupió entre dientes la contraseña y cedió el paso a ambas brujas. Una vez en lo que fue la sala común de las serpientes, se giró y permaneció en silencio, observándolas fíjamente, esperando una explicación a lo ocurrido horas antes. Luna ignoró olímpicamente su cara de enfado y se dejó caer sobre un sillón, durmiéndose inmediatamente.
-La pobre está agotada. Llevábamos huyendo desde que la lucha….
-No te he dado permiso para hablar, sang… impura –por alguna razón, no podía llamarla sangre sucia, lo que hizo aumentar los niveles de ira que llevaba acumulando desde que se despertó en aquel cuartucho en compañía de aquellas dos- No sé que cojones me habéis hecho, pero no creas que te va a salir bien la cosa. Mientras estés conmigo harás todo lo que yo te ordene. No te quiero oir hablar, ni repirar….
-Te lo tienes muy creido, huroncito –Hermione se acercó al chico y pegó su pecho al del mortífago.
Malfoy la agarró del cuello demasiado rápido para que ella hubiese tenido tiempo de protegerse e intentó estrangularla. La chica intentaba zafarse de su agarre de hierro mientras comenzaba a perder el conocimiento. Malfoy estaba disfrutando de la sensación, pero un dolor lacerante le traspasó la cabeza de lado a lado. Soltó a Hermione y gritó con todas sus fuerzas, despertando a Luna. Hermione, boqueando, se arrastró hasta su amiga, mientras el mortífago se retorcía en el suelo.
-¿Qué está pasando, Luna?
-Si te ha intentado dañar, la maldición se habrá activado –ambas miraron al rubio, que se había aovillado en el sitio donde había caído. Mantenía la cara oculta entre los brazos y los alaridos habían dado paso a quedos gemidos.
-Esto no está bien. Puede que sea un desgraciado mortífago, pero no me gusta verlo asi.
Se acercó al rubio y lo giró hasta que quedó boca arriba. Ahogó un grito. Su rostro estaba cubierto por la sangre que manaba de su nariz. Cogió la varita del chico y transformó una de sus zapatillas en un cuenco. Lo llenó con un aguamenti y utilizando un trozo de su camisa milagrosamente limpio, comenzó a retirar la sangre de aquel rostro que, pese al sufrimiento, se mantenía hermoso.
-¿Qué voy a hacer contigo, Malfoy?
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