La posible idea de que mi padre sea quien esté llamando me golpea tan fuerte como también me parece dar esperanzas. Debo dejar de lado mis dramas personales. Me obligo a hacerlo temporalmente. De esa forma quizá consiga encontrar a Alex mucho más rápido.
—¡Ya voy!
Dejo mi puesto en la mesa y casi corro escaleras arriba evitando tropezar y romper mis recién estrenados y dolorosos tacones negros. «Debería haberme vestido luego. Maldita sea».
Llego a la habitación de Pam con el corazón en la garganta. Sus muecas no me ayudan a calmarme: permanece seria, sus labios se convierten en una fina línea y su mirada es expectante. Sostiene el móvil en alto esperando a que lo tome. Juguetea con el extremo de uno mechones rubios enroscándoselo en el dedo índice de su otra mano. Y sé que está nerviosa. Trago saliva sonoramente y siento que no podré modular en cuanto quiera soltar alguna palabra. Pero hago el intento.
Tomo el móvil y acerco el auricular a mi oído.
—¿Sí? —suelto en un tono bastante débil. Tal vez patético.
—Señorita Van Grownin, siguen esperándola en la oficina principal del inspector Thomson. ¿Se encuentra usted bien?
Mi pecho deja de inflamarse y una parte de mí quiere suspirar de alivio pero, por otro lado, sufro el hecho de que la llamada no sea relevante a la búsqueda de Alex. Me aclaro la voz, ahora más despreocupada. Aunque no mucho.
—Oh, sí, lo siento. He tenido que... um, eh... —Pam me mira con los ojos fuera de sus órbitas. Me muerdo el labio hasta que invento una posible excusa— He estado hablando con la oficial Ayalah sobre el caso de mi hermano. Dijo que era urgente y que no podía esperar. Mándele mis disculpas —ahora Pam me observa sin tensión y eso me hace tranquilizar. ¿Por qué su familia causa ese efecto en mí?—. Ahora mismo iré para allá.
Cuelgo lo más pronto que puedo y suspiro llevándome las manos a la cara. Pam no emite palabra alguna. Sabe que estoy frustrada. Desearía que mi mentira haya sido totalmente real y que esto acabe de una vez. Y por esto en realidad hablo de la desaparición de mi hermano. Aunque lo desee sin siquiera haber acudido a él ni tan solo un segundo, el trabajo es algo a lo que no renunciaré hasta... Quizá no lo deba hacer nunca si es que eso me mantendrá lejos de mi casa.
Miro una vez más por el retrovisor y saco una mano sacudiéndola de lado a lado para saludar a Pam y a Rina antes de poner en marcha el motor. Una vez hecho, me coloco el cinturón y selecciono alguno de los CD's guardados en una caja negra llena de brillantina de colores que siempre llevo conmigo cuando salgo con Herbie. Él es con quien puedo contar en mis tardes más deprimentes; las cuales transcurren muy seguido y mucho más en estos tiempos. Aquellas tardes en las que prefiero salir a dar un paseo que quedarme en mi cama llorando como una imbécil pareciendo mucho menor de edad. Pero, al fin y al cabo, Herbie es sólo un pedazo de chatarra que pude conseguir en una reventa y me valió unos trescientos dólares a pesar de que su estado no sea para nada deplorable. Jamás será Megan. Y no creo que alguien más pueda serlo porque, sinceramente, ¿quién en este mundo se asemejaría a Megan en lo que sea?
Aparto ese tema de mi mente. Por el bien de mi salud, mi no tan buena coordinación al deprimirme y conducir al mismo tiempo y por no estrellarme contra un maldito árbol o con alguna persona igual de idiota que yo como para no darse cuenta de que un auto viene de frente, dejo a Megan apartada de mis pensamientos una vez más. No es el día, ni la hora, ni el afortunado momento para pensar en ella. Así que decido ocuparme en otras cosas.
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Letras de suerte
Teen FictionNo es la típica historia de la mujer feliz ni la mujer suicida. Candie odia a ambos tipos de persona. Pero siendo la esperanza de un cambio de vida totalmente ajeno a la suya, se topa con un acontecimiento muy peculiar: ¿de quién pertenecerán esas m...