Media hora más tarde, Silas ha arreglado el supuesto malentendido con Dimitri y éste me ha asignado una oficina en el mismo piso en el que estoy. Repito su ubicación en mi mente mientras me dirijo a ella. «Oficina ciento veintidós, ala norte». Dimitri aseguró que tendrán la placa con mi nombre lista para mañana colgarla sobre el muro de la misma. Por ahora, entonces, busco la única oficina que no lleva ninguna placa en ella.
Silas me abandona en medio del trayecto y, por ende, debo caminar entre las miles y miles de oficinas enfiladas sola. Dijo que debe ir a solucionar unos cuántos asuntos en él piso once y que luego debe ir a cumplir su horario en la secundaria. No sé como es capaz de mantener dos empleos a la vez. Yo siquiera sé si podré con este. Aún no entiendo cuál es su puesto aquí sinceramente. No creo que sea sólo un simple agente de viajes como yo. Um, qué raro se oye eso.
Mientras abro paso entre el gentío que se agolpa entre las oficinas sólo oigo fragmentos de las muchas conversaciones disueltas por el lugar. Parece como si cada uno de ellos viviera normalmente en otro mundo y creyeran que, aunque están incómodamente rodeados de personas, no lo hagan en realidad. Quedo pasmada ante tal naturalidad.
Hasta ahora no consigo ver ninguna oficina sin nombre. Me fijo en el número que figure sobre el número de alguna oficina. Alcanzo a distinguir el número «98» en una de las placas. Bueno, no estoy tan lejos. Sigo abriéndome paso hasta que por fin consigo ver un muro al desnudo, sin nada en él. Hago un amago de sonrisa y me encamino hacia él con alivio hasta que tropiezo inútilmente con algo que casi hace que pase mi primer vergüenza aquí y termine con mi rostro partido en dos en el suelo.
—¡Maldita sea! ¡Discúlpame, Candace! —exclama Phil por encima del conjunto de voces anudadas en todo el área. Se lanza al suelo y se dispone a juntar los papeles de una carpeta que, por lo que creo, se le ha caído y me tocó la mala suerte de tropezar con ella.
En cuanto quiero ayudarlo, se levanta del suelo con rapidez y me siento ridículamente mal al no hacerlo. No evito morderme el labio esta vez. Parece notarlo ya que se me queda mirando por un momento mientras sus manos juguetean con la carpeta desordenada. Abre la boca para decir algo pero no se ve muy decidido.
—Lo siento —se disculpa una vez más. Sonrío levemente y niego con la cabeza—. No, claro que sí. Casi te caes por mi culpa. Tienes derecho a una disculpa de mi parte —esta vez es él quien sonríe y sigue sin mostrar sus dientes al hacerlo.
—Está bien. Descuida, no ha pasado nada —sus penetrantes ojos color esmeralda parecen brillar ante la luz del sol que se filtra del gran cristal polarizado abierto en el ala norte. Su piel ligeramente bronceada parece increíblemente cuidada y sin un indicio de vello en ella.
Quedo pasmada al contemplarlo. Debo admitir mi superficialidad desde que persiste mi existencia en este mundo. Megan siempre dijo que yo era realmente exagerada y que debía aceptar que cualquier chico podría ser lindo lejos de mis expectativas pero, aún así, yo seguía siendo superficial. Digamos que yo tengo un modelo de chico el cual es único y es muy difícil poder cambiarlo. De hecho, jamás consideré cambiarlo. Mi modelo de chico ideal es algo... superficial, ese es el punto. Deben ser de tal manera como para que me gustasen. Si no es así, entonces no es para mí. Es duro, pero es así. El punto aquí es que los rubios no están admitidos en esa lista imaginaria que describe las características de un chico ideal para mí y, sin embargo, quedo estupefacta ante el increíble atractivo de Phil. Creo que hasta la mismísima Megan está tan sorprendida como yo desde donde quiera que esté.
—¿Cuál es tu oficina? —me regresa a la realidad en cuanto formula su pregunta. Parpadeo un par de veces antes de contestar.
—Es aquella —le señalo la oficina sin nombre a unos pocos metros de nosotros. Únicamente figura el número «122» en un papel parecido al de los recordatorios sobre el muro.
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Letras de suerte
Teen FictionNo es la típica historia de la mujer feliz ni la mujer suicida. Candie odia a ambos tipos de persona. Pero siendo la esperanza de un cambio de vida totalmente ajeno a la suya, se topa con un acontecimiento muy peculiar: ¿de quién pertenecerán esas m...