7. Frío como la nieve

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Nunca me había gustado la sensación de que alguien estuviera vigilándome. Notar como un par de ojos se fijaban en mí, me ponía nerviosa. Pero hoy todo era distinto. Sabía perfectamente de quien eran esos ojos y por el contrario, no me ponían nerviosa si no que me hacían sentir bien, protegida. Como si alguien velara mis sueños.

No quería abrir los ojos por miedo a que todo aquello no fuera real. A que fuera una simple imaginación mía y que todo se acabara en cualquier momento. Pero una risita tonta se escapó de mis labios y me delató, rebelándole a Mark que ya estaba despierta. Empezó a acariciarme los párpados y las sienes, cosa que lo único que conseguía era relajarme más. Poco a poco empezó a llamarme por mi nombre, hasta que no me quedó más remedio que aceptar que teníamos que levantarnos en algún momento de la cama. Al abrir los ojos me encontré su rostro a escasos centímetros del mío. Estaba apoyado sobre una mano, mientras con la otra continuaba acariciándome. Sonreía para mí. Me dio un beso de buenos días y me estiré perezosa. Volvía a desear que aquel momento no se acabara pero sabía que no podía ser así. Otras siete personas esperaban por nosotros para empezar por fin nuestro fin de semana a la aventura.

Anoche nos habíamos quedado hasta pasadas las doce hablando, regalándonos algún que otro beso y alguna que otra caricia. Me reí mucho y disfrute como una enana. Al final, no resultó ser una situación tan incómoda, él tenía ese don de darme tranquilidad. Aunque continué haciéndome la remolona un buen rato más, optó finalmente por recurrir a las cosquillas, y terminamos haciendo una pelea de almohadas. No le quedó otra opción más que rendirse, ya que le estaba pegando una paliza impresionante. De forma ñoña, su castigo fue correspondido con besos y más besos.

Cuando miré el reloj descubrí que todavía eran las ocho. Bien. Todavía podíamos continuar un rato más juntos. Me levanté para asomarme por la ventana con la intención de respirar aire fresco, y mi asombro fue mayúsculo cuando vi que fuera, estaba nevando. ¡Nevando! En realidad, no era algo tan extraño, al estar prácticamente en la sierra y por aquellas fechas, muchas veces nevaba. Pero fue tan repentino. Ni siquiera llevaba ropa por si nevaba y me atrevía a decir que ningún se lo habría imaginado. Mark se acercó hasta mí y se agarró a mi cintura, apoyando la barbilla en mi hombro para contemplar aquel panorama. Era precioso, hacía años que no veía nieve y la verdad, no la recordaba así, tan hermosa.

- Definitivamente hace un día para quedarse en la cama, en buena compañía y arropado con una mantita. ¿No crees?- Me susurró al oído.

- Estoy totalmente de acuerdo con usted señor Mestre. ¿Y qué propone? ¿Decir que se encuentra indispuesto o directamente que pasa del mundo?- Le respondí de forma sutil.

- Pues algo más simple. Estar solo contigo. Fuera hace demasiado frío, y ¿Por qué pasar frío cuando puedes compartir calor corporal con otra persona?- Empecé a destornillarme de la risa. A veces tenía unas ocurrencias.

- Y eso, ¿A cuántas personas más se lo has dicho? Porque dudo que tenga el honor de ser la primera.

- En ese tono solo se lo he dicho a una persona. Y con el corazón en un puño también.- Dijo agachando la cabeza, como temiendo sus palabras.

- ¿Y a quién? Si puede saberse.- Dije mientras se formaba un nudo en mi garganta.

- ¡A ti, tonta!- Confesó entre risas, aunque no sabía si creérmelo u omitirlo.

- ¿Con cuántas chicas has estado?- Me giré para contemplar su gesto al hacerle esa pregunta, sabía que no imaginaba que fuera a preguntarle algo así, aunque probablemente tendría asumido que esa conversación tarde o temprano iba a surgir. Quizá no de forma tan directa.- Lo digo porque anoche fue a la inversa, te conté lo de David, si es que esa vez cuenta.

Nos conocemos de memoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora