XXIX

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Mientras iba en ese auto negro, en el asiento trasero y entre dos chicos con la cara cubierta, iba pensando en cuanto extrañaba a Sarah e imaginaba como sería la vida con ella en casa, y no en el hospital, a punto de morir.
Miraba por la ventanilla, vi como salíamos de la ciudad y como mis ojos se humedecieron con lágrimas.
De todas maneras, no podía culparme por todo, ella también sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien.
Recuerdo perfectamente como comenzaba el cántico que recitaba, pero lamentablemente no dejé que terminara.
Sus ojos se tornaron rojos y nunca pude saber porqué. Fue ahí cuando hice lo inimaginable, tomé el palo de amasar de mi madre... Y lo hice.

Annelise vio que estaba llorando e hizo que me callara.
-Deja de llorar. Tendrás tiempo para eso luego.

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