Capítulo Diecisiete

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Un tiempo después en Casa de Fernanda...

M: Hola, mami (saludó María, dejándose caer en el sofá al lado de su madre) Espero que te des cuenta de que estoy muerta de aburrimiento (añadió, con un profundo suspiro)
Fernanda estaba ocupada limpiando y no se detuvo a responder hasta que finalmente le pregunta:
F: ¿Por qué no haces tus deberes escolares?
M: Qué simpática eres, mami. Estamos en vacaciones de verano... no tengo deberes escolares.
F: Es cierto. Entonces llama a Paloma, estoy segura de que ella te ayudará a salir de tu aburrimiento (y podría dar a María alguna información sobre Hector, pensó)
Hector había salido con paso firme de la casa aquella noche y, aunque Fernanda pensó que se le rompería el corazón lo dejó ir. Desde entonces, había pensado las cosas. Se moría por saber algo de Hector. Cualquier cosa. Pero no sabía nada de él desde la noche de la fiesta, y cada día que pasaba le parecía una eternidad.
M: No tengo deseos de llamar a Paloma.
F: Podría sugerirte que limpies tu cuarto.
M: Eres muy graciosa, mamá. Muy graciosa.
F: Caray, soy simpática y graciosa en una sola noche. Qué suerte he tenido.
Sin replicar nada, María tomó una revista y la hojeó distraídamente, sin encontrar una sola ilustración del artículo que llamara su atención. Dejó a un lado la revista y tomó la otra. Cuando terminó de hojear las cuatro revistas que estaban en la mesita para el café, Fernanda estaba perdiendo la paciencia.
F: Llama a Paloma.
M: No puedo.
F: ¿Por qué no?
M: Porque no puedo.
Eso no tuvo sentido para Fernanda. Y el sugerir que María llamara a Paloma era otra señal de que quería solucionar la desavenencia con Hector. Hacía dias que no sabía nada de él. Diez interminables días y con cada uno que pasaba lo extrañaba más. Había dudado en llamarlo, presa de la indecisión, en lucha interna con su orgullo. Lo que ella le había dicho aquella noche era cierto, pero había reaccionado con exageración en la fiesta y ahora se sentía avergonzada y culpable. Cuando se fue de la casa, Hector le sugirió que lo llamara cuando entrara en razón. Bien, a la siguiente mañana ya estaba dispuesta a reconocer su culpa y su necesidad, pero el orgullo la retuvo. Y con cada día que pasaba, le resultaba más difícil tragarse su orgullo.
M: Sabes que no puedo llamar a Paloma (se quejó María)
F: ¿Por qué no? ¿Volvieron a disgustarse? (preguntó sin mirar a su hija)
Su mente estaba ocupada y divagaba en su relación con Hector.
M: Ya nunca peleamos o discutimos, pero Paloma está en Cancún.
Fernanda alzó la mirada.
F: ¿Sí? ¿Y qué hace allá?
M: Creo que fue a visitar a su abuela.
F: ¿Su abuela?
M: Si fue por una semana a visitarla ya que hacía varios meses que no la veía.
F: No, no lo sabía.
M: Sí lo sabías. Te dije que Paloma se iba el domingo pasado. ¿Recuerdas?
Vagamente, Fernanda recordó la conversación; ella había estado pelando patatas en la cocina, pero durante la semana anterior, cada vez que su hija mencionaba a Paloma o Hector, hacía un esfuerzo para no escuchar lo que decía. Ahora estaba hambrienta de información.
Su hija se irguió en su asiento y miró a su madre.
M: ¿No te dijo el señor Luis Castillo que Paloma se iría?
F: Pues... no.
María suspiró y se reclinó en el sofá.
M: Hace mucho que no lo ves, ¿verdad?
F: Pues... no.
María tomó la mano de su madre y la palmeó con suavidad.
M: ¿Discutieron?
F: No exactamente.
La mano de María continuó su acción apaciguadora.
M: Está bien, cuéntamelo todo. No te guardes nada; necesitas decirlo todo. Desnuda tu alma.
F: ¡María! (La miró con los ojos muy abiertos)
M: Mami, lo necesitas. Expresar tu enfado y tu frustración te ayudará. Tienes que desahogar tus inquietudes. Deja aflorar tu subconsciente.
F: ¿Desahogar mis inquietudes? ¿Aflorar el subconsciente? ¿De dónde has sacado tú ese lenguaje?
Maríaa parpadeó y ladeó la cabeza.
M: Una amiga me prestó un libro de psicología aplicada.
F: ¡Ah! Entiendo (murmuró y alzó los ojos al techo)
M: ¿Estás segura de que no me lo quieres contar todo?
F: No, no te contaré nada chamaquita... (Le dijo levantando una ceja y sonriéndose, su hija era el único ser capaz de subir su ánimo y hacerla reir hasta que le doliera la barriga con sus ocurrencias)
María soltó un suspiro y se alzó de hombros.
M: Eso supuse. Cuando se trata del papá de Paloma no quieres decir nada. Es como un oscuro secreto que quieres ocultar de Paloma y de mí. Bien, no importa, estamos haciendo lo mejor por entenderlos. Ustedes no quieren que nos hagamos ilusiones. Puedo entenderlo, aunque me parece muy injusto (la niña se puso de pie y miró a su madre con evidente anhelo, luego se palmeó los costados con las manos) Estoy contenta con seguir viviendo como vivimos... aunque sería muy lindo tener un hermanito, un bebé al cual cambiarle los pañales. Y tú sabes que siempre he querido tener un hermanito.
F: Ay María... (Se quejó la madre)
M: No, mami (María alzó una mano dramaticamente como para detener un tren en marcha de las palabras) De veras, comprendo. Tú y yo nos llevamos bien así solas y creo que no habría necesidad de complicar las cosas con Paloma y su papá. Eso podría causar verdaderos problemas.
Por primera vez María estaba hablando con sensatez.
M: Aunque sería muy muy muy padre sentirme parte de una verdadera familia, de veras.
F: María, ya es suficiente (exclamó, sacudiendo la cabeza. Su hija estaba provocándole tanta culpabilidad que ella comenzaba a escuchar violines de fondo) Tú y yo formamos una verdadera familia.
M: Sí, mami, pero podría ser mucho mejor (María volvió a sentarse al lado de su madre y cruzó las piernas)
Obviamente sus razonamientos habían sido preparados con bastante anticipación y, sin detenerse a respirar entre una frase y otra, procedió a enumerar las ventajas de unir las dos familias.
F: María...
Una vez más su hija la detuvo con una mano extendida cuando Fernanda inició su enumeración de las posibles desventajas. Fernanda poco pudo hacer para contener el bien planeado discurso de su hija. Con paciencia esperó a que María concluyera.
F: No quiero volver a hablar de Hector (dijo con firmeza) Ni una sola palabra ¿Entendido?
Maríaa miró a su madre con ojos tristes.
M: Está bien, si eso es lo que realmente quieres.
F: Lo es, María. No quiero que vuelvas a mencionar el nombre de Hector.
Prohibir el nombre de Hector de los labios de su hija y prohibirlo de su propia mente eran dos cosas diferentes, decidió Fernanda una hora después. Le tomó otra hora hacer acopio de valor para llamar por teléfono a Hector. Él contestó al segundo timbrazo.
F: Hola, Hector... habla Fernanda (incluso eso era casi más de lo que ella podía decir)
H: Fernanda (la forma como él dijo su nombre reveló su placer al escucharla)
Ella agradeció para sí que él no mencionara de inmediato la fiesta y la discusión subsecuente.
F: ¿Cómo has estado?
H: Bien. ¿Y tú?
F: Bien (contestó ella con cierta timidez. Se apoyó contra la pared, cruzando y descruzando los tobillos) Escucha, la razón por la que llamé es porque María me dijo que Paloma estaba con su abuela y pensé que estabas un bajoneado por la ausencia de tu hija y una charla entre padres solteros te vendría bien.
H: Lo que necesito en realidad es volver a verte (le dice Hector directamente) Cielos, mi amor, como que te llevó bastante tiempo para decidir llamarme. Pensé que me harías esperar por siempre. Diez días es como mucho tiempo, Mija. ¡Diez largos días!
F: Hector...
H: ¿Podemos vernos en alguna parte?
F: No estoy segura (la mente de Fernanda buscó una docena de excusas, pero no pudo negar lo solitaria y desdichada que se había sentido, cuanto necesitaba sentirse rodeada por los brazos de él) Tendría que buscar quién cuidara a María y eso podría ser difícil a esta hora.
H: Entonces yo iré a tu casa.
F: Está bien (murmuró ella)
Hubo un breve silencio. Cuando Hector volvió a hablar, su voz estaba enronquecida de emoción.
H: Me alegra que hayas hablado, Mija.
F: Yo también me alegro Mijo (repuso ella con voz trémula y nerviosa)
H: Estaré allá dentro de media hora.
F: Tendré café listo.
Cuando Fernanda colgó el receptor, la mano le temblaba y era como si tuviera otra vez veintiún años. El corazón le palpitaba con violencia sólo por haber escuchado la voz de Hector, y la cabeza le daba vueltas al pensar que dentro de poco lo vería. Qué equivocada había estado al creer que si lo alejaba de su vista y su mente también lo alejaría de su corazón. Qué tonta había sido al negar sus propios sentimientos y emociones. Lo amaba, mucho, y eso es lo único que le debía importar.
Apenas tuvo tiempo de darse unos toques de maquillaje y pasarse un cepillo por el pelo. María había estado en su cuarto durante la pasada hora sin hacer ningún ruido; Fernanda esperaba que estuviese dormida.
Apenas acababa de poner agua en la cafetera cuando sonó el timbre de la puerta.
La puerta del dormitorio se abrió de par en par y María apareció en pijama, completamente despierta.
M: Yo abro (gritó)
Fernanda quiso detenerla, pero fue demasiado tarde. Con un suspiro resignado, permaneció en segundo plano y esperó a que su hija recibiera a Hector.
María se volvió a mirar a su madre, mostrando una sonrisa tan ancha como el río Mississippi.
M: Es ese hombre cuyo nombre se supone no debo pronunciar.
F: Sí, lo sé.
M: ¿Lo sabes?
Fernanda asintió.
M: Bien. Resuelve las cosas con él, mami. Alíviate de toda esa presión interna. Líbrate de la turbulencia antes que te coma viva.
Victoria dirigió una lánguida sonrisa al recién llegado, luego volvió su atención a María.
F: Por lo visto también has estado leyendo novelas románticas. Bien, jovencita, ¿no es hora de que te vayas a acostar?
M: No.
F: Sí, es hora, señorita (Fernanda entrecerró los ojos)
M: Pero, mami, estamos en vacaciones de verano, así que puedo dormir hasta tarde mañana... ah, ya entiendo, quieres que me desaparezca.
F: Podrías leer en tu cuarto o escuchar música con tus audífonos.
María ofreció a su madre otra sonrisa luminosa.
M: Buenas noches, mami. Buenas... papá de Paloma.
H & F: Buenas noches (dijeron al unísono)

♡Cuando me enamoro♡Donde viven las historias. Descúbrelo ahora