Es sorprendente como las personas aprendemos a vivir sin realmente hacerlo. Después de la muerte de mi papá, los días pasaron con una lentitud extraordinaria. Todo se había convertido en una rutina sin fin, las vacaciones no tardaron en llegar y fue en ese momento en el que mi mamá aprovecho para hablar con nosotros sobre la mudanza.
No quería tocar ese tema, no quería irme, pero cualquier argumento que pudiera dar dejo de ser válido. A mi mamá le habían dado la oportunidad de transferirse en el trabajo a otra ciudad, había encontrado una casa cerca del lugar y al parecer también estaba cerca de las escuelas donde Ryan y yo asistiríamos. Así que con esas dos cosas arregladas no había nada más que pudiera contradecir.
Al final termine aceptando y los días después de eso fueron dedicados a empacar todas nuestras pertenencias. La casa no se vendería, ni siquiera habíamos decidido que sería de ella. Las cosas que eran de papá se quedarían en el mismo sitio por lo pronto y me parecía que eso era lo más sensato.
Solo faltaba un día para dejar todo lo que siempre había conocido para empezar a vivir lo desconocido entre esas cosas estaban aprender a vivir con la ausencia del hombre que más amaba junto a Ryan.
Baje las escaleras de mi casa con la última caja llena de cosas que había decidido llevar de mi habitación, pero un ruido que venía del armario llamo mi atención.
Abrí la puerta sin avisar y encontré a Ryan sentado en el piso.
—¿Qué haces aquí? — pregunté sentándome a su lado.
—Sólo veo algunas fotografías—sonreí al ver que en sus manos tenía el álbum familiar—¿Recuerdas esta? —señaló una foto de cuando tenía cinco años, era halloween y mi mamá me había obligado a ir de princesa. Estaba muy pequeña y me veía muy graciosa con mi cara roja del enojo —Fue todo un reto sacarte esa foto—soltó una risita cargada de nostalgia—Hasta que papá te convenció con el chocolate.
—Oye no puedes culparme, fui obligada a vestir de princesa. Yo quería ser un zombi. — rodó los ojos.
—Pero yo ya era un zombi, a parte era demasiado tierna para ser uno.
—Oh cállate, estoy segura de que era lo suficientemente ruda para ser uno.
—Ah sí Maddie claro—dijo irónico—Esta es mucho mejor.
Lo golpee en el hombro al ver lo difícil que se le estaba haciendo no burlarse de mí. Pues en la foto salía con un sostén de mamá y sus zapatillas negras, una falda que me quedaba larguísima de color azul, lentes oscuros y un sombrero de playa amarillo. Recuerdo muy bien ese día, tenía siete años y mis papás me atraparon jugando a ser modelo. Yo me sentía la chica más cool del mundo con todo eso puesto, por eso deje que me tomaran todas las fotos que quisieran, pero ahora claro que me arrepiento. Siempre fui un motivo de burla con esas fotos.
—Deja de reírte, no es gracioso—mordí mi labio inferior para ocultar la sonrisa.
Ryan no aguantó más y estalló en risas—Te vez tan chistosa, siempre le agradeceré a papá por estas fotos, por eso y mil cosas más—suspiro nostálgico.
—Creo— aclare el nudo en mi garganta— creo que debemos terminar de empacar todo aquí.
—Si, vamos—guardó el álbum en su caja y me tendió su mano para ayudar a pararme.
Estábamos en camino a los Ángeles California, después de haber pasado los diecisiete años de mi vida en Oklahoma.
Al final ese era nuestro nuevo destino. Mamá aprovecho el viaje para contarnos acerca del lugar donde viviríamos ahora. Nunca habíamos visitado los Ángeles y creo que era algo obvio que ninguno de nosotros imagino que así sería nuestra primera vez en otra ciudad.
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Amores Que Curan
Ficção AdolescenteTras la muerte de su padre, la vida de Madison da un giro inesperado y se enfrenta a un montón de situaciones desconocidas, en donde el cambio parece ser su mayor temor. Pero el destino le enseña que no todo lo nuevo es malo y que para sanar también...
