Cuando llegué a casa, me recibieron con un sermón de órdago. Que quién me creía yo
para ir a la casa de desconocidos sin permiso, que en qué cabeza cabe, y otras
expresiones de las que caben en cualquier repertorio paternal.
Era la primera vez que me retaban y no me importaba mayormente, tal vez estaba
creciendo, tal vez me estaba haciendo inmune a los retos, no sé. Lo único seguro es
que estaba disfrutando a mi hermano y esta vez no pensaba dejar que me quitaran
ese placer.
Estaba dispuesto a mentir, a planificar mis actividades, para verlo contra viento y
marea.
Creo que esa fue la única, auténtica rebeldía que me permití en mi vida.
* * *
Me sumergí en la lectura de El señor de los anillos, que a pesar de tener alrededor de
500 páginas, leí en una semana. Era el primer libro largo que leía, después me prestó
el tomo II y el III. Los leí con igual voracidad.
Ezequiel era un gran lector, y me recomendaba libros con gran tino.
-No importa si los entendés, o no; si te gustan déjate llevar por las palabras, que
sean como música en tus oídos -me decía.
En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le
habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o
recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros
son las huellas del otro, del que me los alcanza.
Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba
un nuevo significado a nuestra relación.
* * *
Un sábado a la tarde estaba en mi cuarto leyendo Un mago de Terramar, uno de los
tantos libros que me prestaba Ezequiel. Lo recuerdo porque estaba anotando una
frase, en ese época tomé la costumbre de anotar las frases de los libros que me
gustan en una libreta, una frase que decía: "Para oír, hay que callar". No sé por qué
me gustó tanto. Aún hoy, que conservo la libreta, puedo leerla con mi letra
temblorosa de entonces.
A pesar de que tenía la puerta cerrada mi padre entró en la habitación.
-Últimamente estás muy lector, y hace mucho que no jugamos al ajedrez -no había
ningún reproche en su voz, era su forma de invitarme, yo lo sabía, él no podía de otra
manera.
Bajamos la escalera hasta su estudio. Cuando estaba sacando el tablero le pregunté:
-¿Tenés la Suite No. 1 de chelo, de Bach?
Me miró de arriba abajo sorprendido.
-Yo sabía que iba a lograr que te guste la buena música -y remarcó la palabra
buena. Me explicó orgulloso que tenía varias versiones, que podía elegir cuál quería
escuchar y que si yo tenía ganas podía explicar, mientras las escuchábamos las
diferencias entre ellas. Me propuso un montón de cosas más. Rezumaba erudición.
-Elegí la que más te guste a vos, y no digas nada -le dije. -Para oír, hay que callar.
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Los Ojos Del Perro Siberiano
РазноеAutor: Antonio Santa Ana La novela Los Ojos del Perro Siberiano es narrada por un joven que está por irse a Estados Unidos y del cual nunca se menciona el nombre. Este narrador es el protagonista de la historia en la que relata su juventud y adolesc...
