Capítulo 6.

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Llegué a casa por fin y subí las escaleras hacia mi habitación. Me quité el vestido lo más rápido que pude y usé de pijama la camiseta más ancha que tenía. Justo en el momento en el que me metí en la cama, volví a  pensar una vez más en todos los hechos del día que acababa de vivir. Mi mirada estaba fija en el techo, y la habitación parecía dar vueltas. En un movimiento rápido, puse mi cara contra la almohada y dejé escapar un grito ahogado. Sería por la rabia, por el miedo o simplemente por pura indignación, pero necesitaba hacerlo. Cogí el móvil para mirar la hora. Eran las 6:45. Con suerte, podría dormir un par de horas, y justo como estaba, me dormí.

                                                                     * * * 

La odiosa vibración de mi móvil retumbaba contra la madera de la mesita de noche, acompañada de mi canción favorita.

-Pero por Dios, Santana, ¿qué hora es? –dije con la típica voz de mañana.

-Las 12. ¿Se puede saber dónde estás? –gritó Santana contra el teléfono.

-En mi cama.

-O sea, en tu casa. ¿Es que no piensas abrirme?

-¿Qué? ¿Cómo que abrirte?

-Llevo 30 minutos aporreando la puerta y no haces caso.

-Estaba dormida. –contesté con un tono seco.

-Bueno, está bien. Pero ahora estás despierta, así que, aunque te cueste, haz un esfuerzo por moverte y ábreme de una vez.

Me puse unos pantalones cortos y una chaqueta lo más rápido que pude y bajé las escaleras.

-¡Hombre, por fin! –exclamó Santana antes de darme un largo abrazo. –¿Has desayunado?

-La verdad es que no. Me ha faltado tiempo para bajar las escaleras, así que no me he atrevido a comer nada por culpa de tu ‘’paciencia’’.

-Cómo me conoces… Bueno, el caso es que me alegro que no lo hayas hecho, porque mira lo que he traído. No tienes que agradecérmelo.

Santana puso a la altura de mi mirada una bolsa blanca con un olor muy conocido. Había traído un par de dulces y café. Sabe que es mi desayuno favorito.

-Esto es un ‘’disculpa por haberte dejado tirada en la fiesta’’, ¿verdad?

-¿Es que no puedo traerle a mi mejor amiga su desayuno favorito un día cualquiera?

-Santana…

-Está bien. –suspiró. –Lo siento, ¿vale? De verdad que no quise dejarte sola. Estuve toda la noche preocupada por ti.

-Oh, claro. Seguro que era en mí en quien pensabas.

-¡JANE! Sabes que no miento. Te mandé un mensaje, ¿lo leíste?

-Sí, sí lo leí.

-Lo siento.

-Eso ya lo has dicho. Pero qué le voy a hacer, si sé que no puedo pasar más de 5 minutos enfadada contigo.

La dulce sonrisa de Santana rebotó contra la mía antes de darnos un fuerte abrazo. La verdad es que siempre estamos discutiendo, pero no la cambiaría por nada del mundo.

-Voy a llevarme este perfecto desayuno arriba. Sube.

Abrí la ventana de mi habitación y coloqué los dulces en la mesita de noche.

-Y bueno, cuéntame, ¿cómo se llama ese chico? –le pregunté a Santana mientras me servía el café.

-Darren. Es un chico encantador. –contestó Santana al mismo tiempo que cogía uno de los dulces. –Estuve contigo dando vueltas por toda la casa como media hora, y tuve que ir corriendo al servicio cuando me echaste la copa encima. Entonces, cuando salí…

-¿Qué? Espera. –interrumpí. -¿Te eché la copa encima? Pero, ¿cómo?

-Sí. –dijo Santana entre risas. –Tropezaste con tu propio pie y la bebida fue directa a mí, en vez de al suelo. Mi vestido pasó de ser blanco a ser la bandera de Japón.

-¡Santana! –contesté entre varias risas con tono de culpabilidad. –Pero… No recuerdo nada. Solo me acuerdo de estar andando y cuando me di cuenta ya no estabas a mi lado.

-Claro, te dije que esperases un momento cuando entré en el baño porque había demasiada gente. Pero cuando salí ya no estabas. Entonces, volviendo a la parte donde me he quedado, empecé a buscarte por todos los alrededores, pero no hubo rastro de ti. Empecé a sentirme agobiada pensando que te había pasado algo, hasta que me choqué con él.

-Vaya… Eso me suena.

-¿De qué? –preguntó Santana con cierto asombro.

-Nada, nada… De haberlo visto en alguna peli, supongo. –contesté notando cómo el nerviosismo recorría mis venas.

-Bueno, el caso es que estuvimos un buen rato pidiéndonos disculpas mutuamente hasta que nos dimos cuenta que teníamos que saber cómo nos llamábamos para alargar un poco más la conversación. Así que, después de haber estado charlando un poco, me pidió que le acompañase al otro lado de la casa, ya que sus amigos estaban allí. Y cuando pasaron unos minutos, llegaste tú. Fue la última vez que te vi por allí.

-¿Y lo de acabar en su casa? Me pareció un tanto extraño viniendo de tu parte.

-Lo sé, lo sé. Pero no fue por nada en especial. Cuando mi móvil empezó a sonar me alerté por si eras tú, pero resultó ser los de la compañía telefónica, y cuando lo guardé me di cuenta que no tenía llaves. Me las había dejado en casa, así que Darren me ofreció una pequeña estancia en la suya hasta que al menos supiera algo de ti, pero nada. Tu móvil seguía apagado o fuera de cobertura. –resopló cuando terminó de hablar. –Y bueno, ¿a qué hora te fuiste de allí? –preguntó seguidamente.

-No sé, pero a 7 menos algo llegué a mi casa.

-¿A LAS SIETE DE LA MAÑANA? Pero Jane, ¿qué demonios hiciste?

Tomé un sorbo de café y pellizqué un trozo de dulce. Los ojos de Santana parecían salirse de sus órbitas esperando impacientes a mi respuesta.

-Pues verás… No sé por dónde empezar, pero…

-Pero empieza de una vez. –añadió Santana más nerviosa que yo.

-Ayer, cuando iba hacia tu casa, me choqué con alguien. Conociéndome, puedes imaginar mi reacción, pero cuando alcé la mirada…

 El fuerte sonido de la melodía de mi móvil hizo que rebotase sobre la cama. Tras pedir disculpas a Santana por la interrupción, descolgué el teléfono.

-Lo siento. –dijo una voz grave al otro lado del móvil. –Necesito hablar contigo. Te veo a las 6 de la tarde en el bar Madison. –Y colgó.

-¿Quién era, Jane?

-Era él.

-¿Él, quién? ¿Jane? ¿ÉL QUIÉN? –preguntó impacientemente.

-Zayn.

Sweet Obsession.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora