Capítulo 8

471 190 9
                                        



Sus rostros tomaron un color pálido, acompañado de una mirada llena de sorpresa y un toque de temor.

Máximo retrocedió unos pasos al momento que giraba su vista para buscar a la dueña de la voz.

—Micsia.—deja salir Hazael, en un suspiro.

Su expresión resultaba tranquila, puesto que no le sorprendía encontrarlos en su territorio.

—Se tomaron su tiempo en encontrarme.— sonaba dulce a pesar de las circunstancias.

Su melena morada se agitó cuando dio media vuelta; el pasillo por el que se encaminó era largo, con ventanas del mismo tamaño.

Intercambiaron miradas y sin esperar explicaciones, le siguieron su suave andar. Ésta los condujo a un cuarto alejado de la entrada del recinto.

Al llegar, Micsia se reclinó en el borde principal de la mesa, esperando a que los demás la alcanzaran.

Dudosos le observaron, preguntándose quién debía hablar primero.

—¿Y bien?—cuestiona mientras aferra sus manos al borde.—¿Qué necesitan de mí?

—Hay un trabajo—.comienza Steven, dando unos pasos para estar delante de sus compañeros—.Incluye mucho dinero.

—Es un golpe fácil—.Santana asegura con firmeza—para nosotros

—Podemos hacerlo solos pero existe un margen de error—. Terció el más torpe de todos—.Y creemos que contigo podemos lograrlo.

Micsia los observaba alternamente en silencio.

¿Robar? ¿A quién?

—Escucha, al tipo no le hará falta el dinero—. Explica Steven—Maneja una red de drogas, tiene prostíbulos y además una trata de personas.

—¿ Y creen que meterse con alguien así, es algo sencillo?.—cuestiona la chica, alzando la voz.

—Lo que tú haces tampoco lo es—.Trata de defender Hazael.

—Yo investigo, no robo.—La rudeza se ve reflejada en su rostro, en el preciso instante en que voltea para mirarlo directamente.

Estaba claro que necesitarían trabajar en ello para que aceptara ser parte del juego, después de todo la necesitaban.

Santana se aclara la garganta y habla:

—De manera formal, te pedimos que te unas a nuestro equipo.

Micsia echa un vistazo a su reloj de pulsera y una expresión de disgusto toma posesión de sus facciones. Comienza a caminar en dirección a la ventana, dando la espalda a sus visitantes; el clima frío y sombrío de la madrugada parece tranquilo.

—Debo confesar que los creía más capaces—.Habla con la vista fija en el exterior— . Aún así, pensaré en su propuesta.

Su cuerpo se despega de la ventana y dirige sus pasos hacia la salida, apenas regalando un leve asentimiento a los cuatro hombres junto a ella.

— ¿Cómo sabremos tu respuesta?—pregunta Steven.

La chica voltea, con una suave sonrisa en sus labios:

—Ya los encontraré.

Sin más, sale de la habitación.

Una vez afuera y perdiendo de vista el lugar, empieza a correr directo a la ciudad.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

~*~

Se ha sentado en el fondo de la clase; no quiere que alguien vea en su rostro las consecuencias de no dormir y de una carrera nocturna de 3 horas.

Sus piernas se acalambran con el mínimo movimiento que haga.

Apenas ha tomado apuntes; su mente no para de procesar la reunión que tuvo hace poco menos de 5 horas.

¿Valdrá la pena arriesgarse?

Antes de que pueda darse cuenta, ya está caminando de regreso a su departamento; las clases avanzaron de manera veloz y a pesar de eso, la pregunta sigue rondando su cabeza.

En cuanto llega, tira su mochila y se dirige al cuarto de baño por una bien merecida ducha caliente, para luego comer algo y tratar de estar en la cama lo más pronto posible. Una vez limpia y con ropa cómoda, se dispone a preparar algo para merendar, pero su alacena se encuentra vacía.

Suspirando sale de su edificio.

Las calles estás frías; el aliento que sale de su boca se hace visible. A pesar de la hora, el cielo se cubre de un manto oscuro por lo que hay pocas personas caminando junto a ella. Sus botas y tejido apenas le permiten evadir el clima helado que reina en el exterior.

El supermercado está totalmente iluminado, con letras rojas en el punto más alto de éste. Aún hay personas dentro.

Con el carrito siendo empujado por su cuerpo, comienza a moverse con naturalidad por los blancos pasillos, tomando provisiones para lo que resta de la semana.

Té verde, pastas, cereales, cocoa.

En la sección natural ha tomado varias zanahorias y bastantes manzanas.

Ahora se encuentra en la parte fría del supermercado, tratando de decidir qué empaque de leche llevar.

En el momento justo en que extiende su brazo para abrir el refrigerador, se escucha a lo lejos, múltiples golpes secos y después un quejido. Asoma la cabeza a uno de los pasillos vecinos, dándose cuenta de que el lugar está solo, a excepción del montón de cajas de galletas y chocolates que han sepultado a una persona.

Ladeando la cabeza curiosa, comienza a quitar las golosinas de su cuerpo.

A medida que su figura va quedando a la vista, su intención de ayudarle aumenta un poco más.

Cuando la última caja de su cuerpo fue retirada, se da cuenta de que se trata de un chico; sus ojos rasgados dan a conocer que es descendiente de asiáticos. Los golpes le han dejado leves moretones en su cara y una pequeña cortada en el extremo de sus labios.

—Oye—.Pica con el dedo índice su costado, como si de un animal peligroso se tratase.

No hay respuesta.

— ¿Estás bien? —. Nuevo intento.

Nada.

Por Dios, no puede estar muerto ¿o sí?

Sus ojos se abren de manera exagerada y comienza a dar suaves palmadas en su mejilla.

¡Una caja de galletas no te puede matar!

Pequeños quejidos salen de su boca y ella aprovecha para propinar una bofetada más fuerte, ocasionando que éste abra los ojos y se queje en voz alta.

—Lo siento. — se disculpa apresurada, cubriéndose el rostro con ambas manos.

— ¿Tú me ayudaste? — pregunta mirando el desastre a su alrededor.

—Sí, ¿Te encuentras bien? —vuelve a intentar.

Asiente con la cabeza.

—Bien.—se levanta y sigue con su compra, sin esperar respuesta.

Su carrito sigue junto al pasillo de refrigeradores por lo que toma dos envases cualesquiera de leche y se gira a las cajas registradoras, donde sólo se encuentra una pareja de ancianos pagando un cartón de huevos.

El clima afuera sigue helado y su caminar se ha vuelto lento por las bolsas plásticas que lo entorpecen.

—¡Hey!

El chico corre hasta donde se encuentra con algo amarillo en su cabello. Cuando la alcanza, toma aire y se quita el gorro de color chillante de su cabeza para ponérselo a ella, cubriéndole los ojos.

—Gracias de nuevo .—agacha un poco su cuerpo para depositar un corto beso en su mejilla.

Cuando trata de quitarse el tejido, éste comienza a alejarse no sin antes volver a bajarlo.

Un suave latido cruza su viejo corazón; un latido que le hace sentir.

MICSIA [CANCELADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora