Capítulo 11

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Su rostro causa que mi cuerpo tiemble con terror y se llene de escalofríos. En cuanto crucé la puerta del edificio supe que tenía que confrontar a este sujeto sin posibilidad de que saliese victoriosa.

El frío y las gotas de lluvia me golpean el rostro, tomo un suspiro que me llena de una falsa relajación en el preciso instante en el que su mano se apodera de mi cuello y mantiene mi cabeza baja mientras nos dirige al costado del recinto donde nos mantiene lejos de las miradas curiosas. Por primera vez desde el fraude, desde la traición que cometí, estoy paralizada; me encuentro totalmente aterrada.

Todo su peso me oprime contra el muro y un crujido se desata en la parte trasera de mi cráneo; su rostro y el mío se encuentran al mismo nivel.

- ¿Realmente creíste que no te encontraríamos? -Habla con completa satisfacción.

Su puño se estampa en el lado derecho de mi rostro y me arroja al suelo; el dolor lo abarca todo. El sabor metálico de la sangre está en mi paladar.

Apenas tengo tiempo de tomar un poco de aire cuando me toma del cabello, obligando a levantarme. Un segundo golpe en el centro de mi cara hace que mi vista se nuble y solo sea capaz de sentir la sangre brotar de la nariz.

De pronto, aparece ante mí: la hoja de una cuchilla. Sé que volverá a marcarme. Su rodilla se levanta y se oprime con fuerza en la boca de mi estómago, provocando que me sofoque.

Se abalanza sobre mí a tal velocidad que pierdo de vista el arma que sostenía en su mano y vuelvo a encontrarla al sentir el metal hundiéndose en carne. El momento para gritar nunca llega; el dorso de su mano ya se ha hecho cargo de eso al estamparse contra mi rostro. Puedo sentir que inclina su cuerpo y susurra cerca de mis labios antes de marcharse.

-El señor Donato te envía sus saludos.

Me he quedado tirada aun temblando del terror que ha causado, esperando a que estuviese demasiado oscuro para poder salir sin tener que responder por mis heridas. Un trozo de tela va amarrado alrededor del corte en la piel, haciendo que la hemorragia parase. El frío de la noche me cala en los huesos y a pesar del dolor que cargo, me obligo a seguir andando.

Un coche pasa provocando un gran estruendo al final de la cuadra, risas y discusiones se cuelan por las ventanas de los edificios; pocas personas caminan por las calles, todas dedicando miradas atónitas, pero nadie ofrece ayuda. Lo cual no importa, nunca aceptaría ayuda de un extraño.

La mierda que he formado es solo mía, nadie tiene que cargar mis errores. Es pesada y puedo con ella. Debo hacerlo.

La ropa llena de sangre y suciedad del callejón se queda a medio camino de la habitación. En el baño, las gotas granate de mi pierna van deslizándose por la porcelana del inodoro; otro corte más y seré capaz de portar la marca de Donato.

Solo hace falta una curva para construirla. Lágrimas de dolor y frustración se mezclan, no he dejado de temblar. Froto las palmas contra mi rostro y dejo escapar sollozos cuando oprimo las zonas mallugadas.

El antiséptico se cuela por la carne viva provocando escozor. Me tomo unos segundos para observar con detenimiento la cicatriz que se encuentra cerca de la herida; todavía puedo saborear el momento en el que sucedió la primera.

Entonces, se enciende en mi mente.

Una alarma.

Una advertencia.

Un miedo.

Él sabe que sigo por aquí y si fue capaz de encontrarme una vez, está claro que lo volverá a hacer. Y no solo va a enviar personas a darme una paliza, va a matarme.

Va a matarme.

No hay donde esconderse. No existe lugar en la tierra donde él no pueda encontrarme. Está jugando al gato y al ratón; me ha perseguido y me ha encontrado, estoy herida. Me reprocho el haber pensado que traicionarlo había sido buena idea. ¿Cuándo he creído que trabajar para alguien así de poderoso me traería solo consecuencias buenas?

¿Cuándo creí que la traición sería una salida?

Me arrastro directo a la cama, donde me arropo hasta la barbilla y reanudo mi llanto. El terror hace que mi estómago se revuelva provocando arcadas que me recuerda el dolor de la fuerte patada que me ha atestado.

El fin de semana pasa entre dolores con cada movimiento y despertando constantemente con ruidos imaginarios. No salí en ningún momento, ni siquiera para conseguir las provisiones de la semana; me mantuve a base de aspirinas para el dolor y té verde. Le he dado vueltas a esto durante las últimas horas y finalmente he tomado una decisión. Ruedo lentamente por las sábanas blancas y alcanzo el móvil que reposa en el buró. Con dedos temblorosos oprimo los dígitos del teléfono.

-Cariño, ¿Qué sucede?

-Hola, Lia. Quería avisarte que voy a salir de la ciudad. - No es una completa mentira. - He tenido una emergencia.

- ¿Estás bien? - Dice apenas le he soltado lo que haré. -¿Necesitas algo?

El corazón se me calienta.

-Estoy muy bien, Lia. -Miento. -No sé cuánto tiempo tardaré, no quiero que te preocupes.

La conversación se termina. Me levanto y comienzo a rebuscar ropa limpia en los cajones. Las manchas de hace unos días se disuelven con el agua; el espejo se ha cubierto de vapor, pero todavía me deja vislumbrar el rostro lleno de moretones. No me ocupo de las heridas de la cara, solo me dedico a dibujar el pequeño lunar cerca del rabillo del ojo y esconder los verdaderos con un poco de maquillaje. Regreso a la habitación buscando calzado y tomo un bolso el cual lleno de ropa, cosméticos y armas, ignorando los aullidos de dolor que todo mi cuerpo exclama.

La capucha negra me espera en la entrada del apartamento, el bolso va colgando de mi hombro y antes de salir, tomo un pequeño cuchillo para guardarlo en la parte lateral de la bota. La siguiente ocasión, estaré preparada. Afuera, la luz de luna ilumina todo y hace resaltar mi melena violeta que va cubriendo gran parte delantera del torso.

Vuelvo a tomar el celular, los timbres van sonando de uno en uno. Se detienen y antes de que Hazael pueda responder, suelto:

-Estoy dentro.

MICSIA [CANCELADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora