En lo único que pienso

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Hace unos pocos días que habían empezado sus vacaciones. Tenía un mes entero para él. Planeó ir a distintos sitios, practicar un deporte y tal vez visitar a su familia; hace mucho no la veía. Algunos de sus amigos estaban igual de disponibles que él, por lo que las salidas a cualquier sitio para distraerse no faltarían. Se sentía como un adolescente luego de un año entero de estrés y exámenes.

Ese día se levantó temprano para darse una ducha y arreglarse. Aun cuando no fuera a ninguna parte no le gustaba parecer un vagabundo; sólo se lo permitía cuando estaba enfermo.

Akira aún iba al trabajo, por lo que en las mañanas la pasaba solo en el departamento haciendo una y otra tarea, y a veces nada. Compró varias cosas para cocinar un estofado por la mañana. Hace tanto que no estaba en la cocina haciendo comida de verdad que esa sensación la extrañaba. Alimentarse de comida rápida o congelada no era lo mejor para él. Imaginaba que si Akira quisiera matarlo le haría consumir pizzas y hamburguesas todos los días hasta hacerle reventar.

—Seguro tú sobrevivirías solo de eso —discutía él solo en la cocina, encargándose de mezclar todo dentro de ese sartén.

Tuvo que dejar de hacer su grandióso platillo cuando escuchó el timbre de la puerta. Caminó con rapidez a la misma para poder abrirla, encontrándose con su compañero de piso.

—Olvidé mis llaves —explicó ante la sonrisa del más alto que volvió de inmediato a lo suyo.

— ¿Saliste más temprano? —No hizo más preguntas luego de su afirmación pues estaba ocupado.

Terminó la comida y se dispuso a acomodar la mesa para ambos. Reita seguro ya estaba en su habitación tirado o en el baño, pero no necesitaba su ayuda. Le había perdido de vista y por el momento no se preocuparía por buscarlo. Kouyou se creía el más responsable de los dos y el que no dejaba que el departamento fuera un basurero. Akira, por su parte, sólo intentaba no hacer muchos destrozos. Ninguno era muy maduro para ponerse a gritar al otro cuando descuidaba de alguna forma el lugar donde vivían juntos. Aunque a veces, cuando a alguno se le olvidaba dejar su parte para pagar la renta.

Mientras servía el contenido del sartén en cada plato hondo, cuidando no manchar la barra de la cocina y tener que limpiar, volvió a escuchar el timbre de la puerta.

— ¿Invitaste a alguien? —gritó para ser escuchado por su amigo. No recibió respuesta así que tan sólo fue hasta la puerta para abrir.

Simplemente había tirado del pomo luego de rodarlo y sentía como si hubiera encontrado la puerta a un universo nuevo. De sus labios sólo salió su nombre al mismo tiempo que sus ojos intentaban convencerse de que eso era real. Debieron pasar varios segundos porque el mayor empezó a sentirse incómodo al parecer y fue el primero en saludar. Pero Takashima seguía incrédulo, preguntándose si sería muy extraño picarlo para comprobarlo.

— ¿Qué haces aquí? —Sus ojos ni siquiera habían notado la presencia de otra persona, quien lucía igual de incómodo por su extraña primera reacción.

—Tú me invitaste —masculló, entrecerrando los ojos y carraspeando al poco tiempo —. Él es un amigo.

— ¿Yo lo hice? —Continuaba divagando. Al mayor pareció no importarle y terminó haciéndose a un lado para que saludara al chico que lo acompañaba —. Ah, hola. ¿Hablas japonés?

—Lo hago, un poco. Soy Franco Zarada. Es un gusto.

Ese chico era casi de su altura, tal vez un poco más alto. Su voz hablando su lengua le causó bastante gracia, pero no hizo comentario al respecto, seguro él hablaría pésimo el idioma natal del ajeno. Tenía los cabellos cortos y de color oscuro, llevaba lentes y sus rasgos eran notablemente distintos a los que veía todos los días. Estrechó su mano pues la del adverso fue tendida en su dirección, y al final de eso les dio paso al interior de su departamento.

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